La senda de La Tatuana

Semuc–Champey, Lanquín, Guatemala.

Llegamos a Cobán, pueblo distante cinco horas de Ciudad de Guatemala, atraídos por algunas ofertas turísticas que informaban que allí se puede visitar un biotopo en el que habita el quetzal, ave que por su bello colorido forma parte de la mitología mesoamericana, pues su plumaje es el de Quetzalcóatl, el dios de los mayas. Tener la posibilidad de ver sus colores y apreciar su vuelo legendario, es un honor, una gloria y una emoción para cualquiera. Teníamos muy pocas referencias del lugar, nuestra imaginación volaba más alto que el quetzal, pensábamos dormir aquella noche en el pueblo, pasear por sus calles y plazas. El bus se detuvo en una calle enfangada. La llovizna hacía gélido el ambiente, el cielo era más oscuro de lo esperado para las cinco de la tarde. Cuando nos dijeron: «¡Aquí es Cobán!» no pudimos disimular nuestra decepción. Ni sombra de lo que esperábamos ver allí. Qué falta de ganas y de fuerzas para quedarnos.

El azar, siempre presente en las rutas inciertas, tomó el cuerpo de un muchacho con rastas, quien venía con su novia en el mismo bus desde la capital. Nos preguntó si también íbamos hacia Lanquín, pues a media cuadra salía el transporte que nos llevaría a ese sitio. Sin saber de qué lugar nos estaba hablando, dijimos que sí. Fuimos detrás de ellos hacia un garaje en donde había un microbús a punto de partir. Ellos lo abordaron a toda prisa, pero nosotros decidimos esperar el siguiente vehículo, como si adivináramos que nuestro destino dependía de Checha, el conductor del próximo micro. Ahí se inició la aventura.

«¿Así que quieren ver el quetzal? Ese es un plan para engañar turistas, miren, nosotros somos de aquí, tenemos muchos años y nunca hemos podido ver un quetzal. ¡Ese pájaro nunca se deja ver!» «¿Usted ha visto un quetzal?», le preguntó Checha a un hombre mayor que estaba sentado cerca de nosotros y que escuchaba atentamente la conversación, mientras exhibía una sonrisa socarrona. No, nunca había visto un quetzal, lo dijo sin hablar, sacudiendo la cabeza varias veces y riéndose ahora con más ganas ante la pregunta.

«¡No sabemos cómo es un quetzal!», seguía ironizando el conductor. Claro, pensaba yo, ahora lo entiendo, ese pájaro es una deidad maya. Estar frente a un quetzal debe ser como encontrarse de pronto con la serpiente emplumada o con el ave fénix. «¡Nunca hemos visto un quetzal!», seguía haciendo énfasis. «Dicen que en el biotopo cada año aparece, pero para verlo hay que tener suerte y los ojos bien abiertos, porque de pronto se percibe un vuelo en lo alto y cuando uno mira hacia allá, ya se ha ido. Entonces le dicen que ese era el quetzal y habrá que esperar al otro año para poder verlo. ¡Créanme que así es! ¡Ustedes no van a ver nada en Cobán!» Quedamos aburridos con las palabras de este hombre de ojos negros y brillantes, que agitaba en su mano unas láminas, mientras nosotros en ese movimiento veíamos irse el vuelo del quetzal.

«En cambio, ¡este sí es un paraíso!», continuó diciendo Checha, enseñándonos el catálogo con fotos de pozos verdes y transparentes. «¡Lanquín es el lugar más lindo de la tierra! Miren, ustedes pueden bañarse en estos pozos naturales que están en Semuc–Champey. Pueden ir a las cuevas en las que viven millones de murciélagos, la población de murciélagos más grande del mundo. Miles de turistas vienen a ver ese espectáculo. Hacia allá puedo llevarlos en diez minutos».

¡Así que nos proponía cambiar quetzales por murciélagos! Nos mirábamos sin saber qué decir. La lluvia seguía enfriando la atmósfera. Lo que habíamos visto de Cobán eran unas callecitas feas y sin rastro de hospitalidad. Queríamos cerrar los ojos y hallarnos de repente en el «lugar más lindo de la tierra». Los abrimos para aceptar la propuesta de Checha y en la silla delantera del micro nos fuimos conversando con él sobre Lanquín, lugar prometido al que arribaríamos en tres horas.

Viajamos por una carretera con un largo trecho destapado, una vía angosta y en tinieblas. A lado y lado, piedras pintadas de blanco semejando fantasmas que guardaban la carretera, bultos amortajados regados por el camino, o qué se yo. Entre brincos y presentimientos escuchaba al hombre que no paró de hablar durante todo el recorrido, contándonos historias sobre los guatemaltecos:

«Que la selección de fútbol de Guatemala no clasificó para el Mundial, igualito que le pasó a Colombia, por eso aquí ni queremos ver la selección, nada queremos con ellos. ¿Cómo es eso de que en Colombia lavan dólares? ¡Yo no entiendo qué quiere decir eso! No me imagino cómo se lava el dinero, explíquenme eso… Claro, ahora lo entiendo mejor, dicen que allá lavan mucho dinero, yo lo veo en la televisión, siempre van diciendo lo peor de los colombianos. ¡Ah!, pero allá se puede vivir tranquilo y salir a la esquina. ¡No es que haya guerra en todos lados! Ahora lo entiendo. ¡No se van a arrepentir de haber venido!» Y dale con las historias sobre las rivalidades entre los pueblos de Centroamérica: «A los salvadoreños les decimos guanacos, a los hondureños catrachos, los nicas son los de Nicaragua y los ticos de Costa Rica… a nosotros nos dicen chapines. ¿Que cómo les decimos a los de México? ¡Pinches mexicanos cabrones! ¡Aquí no queremos a los mexicanos!»

Y así, entre curvas, parloteo y oscuridades, Checha nos dejó a la entrada de Lanquín, en un hotel que se encontraba en tinieblas porque el pueblo se había quedado sin luz. No era posible ver el sitio en donde nos encontrábamos. A ojo cerrado habíamos caído en el embrujo de Semuc–Champey.

En la mañana nos informaron que el único medio disponible para viajar era el camión rural, que resultó ser un arca de Noé. Dentro de la carrocería del vehículo íbamos de pie y tuvimos que apretujarnos unas a otros, compartir la experiencia con los animales y las canastas llenas de alimentos, el papel higiénico, los platones, el pan, los helados, mientras el camión se balanceaba del abismo derecho al barranco izquierdo de la carretera. Mi mano se lastimaba contra la varilla de la carrocería, tratando de aferrarse para ayudarme a guardar el equilibrio. Se me cruzaban pensamientos funestos sobre la posibilidad de que el vehículo se volcara, imaginaba la montaña de colores y olores confundidos, un solo grito retorcido y nuestro anonimato sepultado y vuelto a sepultar.

Mientras tanto, unos ocupantes del vehículo iban trepados a lado y lado sobre las barandas, parecían volar sobre el camión, flotando en sus pensamientos. Otros lucían divertidos en sus conversaciones en lengua quiché, muertos de la risa, mirándonos con curiosidad como a extraños invasores, bichos raros y feos, con olor a desodorante, ropa de ciudad y cara de sobresalto. Ni siquiera cuando una llanta se pinchó hicieron un gesto de molestia, se rieron todavía más y siguieron charlando. Mientras esperábamos que el conductor y su ayudante reemplazaran la llanta, los hombres colaboraron bajando alguna carga pesada del vehículo, las mujeres abrieron sus bolsas y repartieron pan y frutas a sus hijos, otra amamantaba su bebé, las más viejas se sentaron en el piso del camión, desparramando sus faldas.

Cuando la llanta estuvo montada, los hombres subieron y se acomodaron otra vez en las barandas, siempre con la sonrisa, como si nada hubiera pasado. Me preguntaba por qué nuestra costumbre de fruncir el ceño ante el más mínimo contratiempo, por qué la manía del miedo, de estar temiendo que pase lo peor, que el bus se desbarranque, que no podamos llegar, que no alcance el tiempo, que salgan mal las cosas. Es claro que las preocupaciones de ellos son otras, los imprevistos no dañan nada, no hay ningún apremio de tiempo, la vida fluye mientras se fluye con ella, la tensión está fuera de lugar.

Semuc–Champey quiere decir sumidero, el sitio en donde el río se esconde bajo la tierra, en lengua Q´eqchi. El río Cahabón se interna en una cueva natural y el agua de la superficie forma una escalera de pozos y cascadas que en su conjunto componen el paraíso prometido por Checha. Cuando el escenario natural se abrió, tuvimos la certeza de que todo lo vivido hasta el momento había sido el preludio de esta emoción, de esta sensación de plenitud. Es un paisaje de aguas transparentes, tibias, color esmeralda. Los pequeños peces nos hacen cosquillas en las piernas, nos invitan a nadar con ellos. Entonces experimentamos un miedo más dulce. Somos niños temblorosos que se toman de la mano para avanzar en el pozo. Somos sapos que van de piedra en piedra y extienden su cuerpo bajo los rayos del sol. Podemos ver el fondo del pozo perfectamente y sin embargo tenemos miedo de nadar. Así somos: pobres habitantes de ciudad, la belleza nos paraliza.

Todavía nos faltaba otro asombro, más allá de esta maravilla lacustre. Extrañas y bonitas esculturas formadas por estalactitas y estalagmitas. Torres, águilas, altares, jaguares, fantasmas, todo tipo de formaciones. Son las gigantescas grutas de Lanquín. En ellas todo crece hacia abajo, como las gotas de agua en su caída que van creando su obra de arte. Dicen que a esta gruta no se le ha encontrado fondo. Huele a tierra, a barro, a prehistoria, a sal, a humedad, a planeta, a misterio. Por momentos falta el aire. Subir y bajar, perderse en los laberintos, encontrarse de frente con cualquier animal mitológico. Las sombras nos confunden. Por un momento y desde alguna distancia estuve hablando con una estalagmita, diciéndole que viniera ya, que era hora de regresar, sin entender por qué no se movía.

En la boca de la gruta esperamos el vuelo de los murciélagos. Antes de las seis comenzaron su desfile. La oscuridad los arrebata. Nuestra presencia era ignorada por completo. Salieron por miles, por millones, hacia el monte, hacia el río, hacia el sueño de los animales y los humanos. Oscuro vuelo de pequeños vampiros, templadas sus alas frente a los destellos de las cámaras, rojizos sus ojos y siniestra su imagen al ampliar la fotografía. Son la sombra de los pájaros y la vergüenza de los mamíferos, la noche los ampara del espanto que provoca su visión. Pero hicimos una calle de ojos para escoltar el vuelo de los ciegos. ¡Sí! En lugar de un quetzal vimos millones de murciélagos.

¿POR QUÉ HAY TANTOS (C)OLORES?

El relato exige un alto en el camino para hablar de aromas. La cosmética moderna ha envasado los olores bajo sellos comerciales y nos enseñó a enmascararlos, a uniformarnos con unos cuantos. Lo poco que queda del aroma de cada uno sólo se percibe en la intimidad, si es que nuestra vergüenza aprendida lo permite. Se diría que nos obsesionamos por rechazar lo auténtico de los humores. No es el caso de la Guatemala que conocimos. En la ruta que va de Antigua, a Chimaltenango, de Tecpan a Párramos, de Chichicastenango a Solola, a Panajachel, a Lanquín y Semuc–Champey, de Cobán a Flores, en cada trayecto chocamos, siempre de narices, con el peculiar almizcle del paisano, con la fragancia del pasto y la fruta recién cortados y el vaho de los caminos. Tal vez no lo saben los indígenas y campesinos que conocimos, pero ellos, de manera explícita, diríase descarada, explayaban su exhibicionismo oloroso ante nosotros, los de fuera. Y esa franqueza de su cuerpo resultaba estimulante, aunque no siempre fuera agradable.

¿Qué olores nos enseñó el viaje? una mezcla de ajos y picantes, el recuerdo de tortillas, enjundias y sales, fundido con lo frutal y lo herbal, que se adhiere a la lana y los hilos de sus trajes. El punzante tufo del alcohol, el penetrante sebo, las guindillas y el churre sobre más picantes, el tabaco, la boñiga de vaca, el café recién molido, el aliento ácido de una risa genuina, el olor del ciprés, el humo del carbón mientras se cuecen las confidencias de las mujeres; el hedor de aquellos hombres, que permanece como una sombra perturbadora cuando ya se han alejado; el olor único, irrepetible, imposible de traducir en palabras, el que se queda en la memoria y florece.

El de los aromas es otro viaje. Lo han dicho filósofos y escritores en las más bellas y variadas formas, nuestra aproximación al mundo es cuestión de olfato. El olfato es un órgano del recuerdo. Un olor es capaz de revivir el universo de la infancia. Al captar las esencias se accede a lo profundo. El aroma es seducción, conquista, territorio. «Se pueden cerrar los ojos, sí, pero no es posible escapar al olor». Esa orgía odorífera asalta la memoria y me traslada en el acto a un bus intermunicipal, rumbo al colorido mercado de artesanías de Chichicastenango.

En Bogotá vestimos de gris, café, azul, negro… pero sobre todo de disimulo. Los colores oscuros son más elegantes, más sobrios, más respetables, nos decimos. Es que el clima nos obliga a retener la luz, eso creemos. No soportamos que en la calle aparezca una falda de un verde que llamamos chillón, nos molesta el amarillo reflejando la claridad en los ojos. «¡Qué oso ─dicen los rolos─ un vestido solferino en plena cita nocturna!», o uno blanco que salga corriendo del hospital. Los bogotanos, de nacimiento o adopción, paulatinamente nos vamos volviendo opacos, como si quisiéramos ser invisibles. En la «tierra caliente» resplandecen los tonos claros y el calor del naranja se siente en la piel. Al llegar a Bogotá se ve uno casi forzado a abandonar estas ropas para uniformarse con el color de las nubes plomizas. Si alguien atraviesa una calle gris con un traje de colores fosforescentes, todas las miradas se concentran en esa figura, que parece extraña, que hace escapar la risa, a veces la burla. La vista se acostumbra a tener mínimos sobresaltos, a no tolerar más colores que los de los semáforos. Por eso las vacaciones son también una forma de reconciliarnos con las gamas del arco iris, de regalarle una caricia a la mirada.

En contraste, es imposible decir Guatemala sin que se desborden los colores. Basta nombrarla para que la tierra, el agua, la historia y el paisaje humano nos incendien los ojos. Nunca veremos tal explosión de tonalidades como en el mercado de Chichicastenango, al que cariñosamente le dicen «Chichi», donde mora el mágico pueblo Quiché. Allí los colores se visten, se comen, se tocan, se sienten, se rezan, se ríen, se revuelcan, se venden, se roban, se transforman.

Las mujeres llevan flores en sus huipiles, en los tzutes en los que transportan los hijos, en las fajas, en las cintas y tocados con que adornan su cabello. Hay tantos matices en sus ropas que nunca vi dos trajes idénticos. Ellas bordan con celo y coquetería. Ese arte milenario lo han aprendido de Ixchel, la Diosa de la Luna. Las tejedoras son únicas en su apariencia, aunque todas usen una falda de corte oscuro y recto que esconde sus formas. Quizá este tono es la celada perfecta porque inmediatamente hace desviar la mirada hacia el pecho, justamente el lugar en el que exhiben un jardín. Sobre su cabeza viajan mil colores. Cargan un envoltorio cubierto con una manta en la que guardan las prendas que ofrecerán en el mercado, en cualquier esquina. Cuando despliegan la manta surge un tesoro, una retahíla de bordados, tejidos, muñecos, cinturones, tapices, un carrusel de niños tomados de la mano, los perros, los patos, el quetzal, más flores, lagos, frutas, una explosión de soles.

El mercado artesanal de Chichi es una hipérbole del arco iris y del paisaje: verdes, rosados, manteles, naranjas, máscaras, violetas, globos, plumas, tortillas, amatistas, frijoles, mandarinas, cubrecamas, azules, pinturas, rojos, gallinas, collares, tallas de madera, tazas, espejos, canutillos, blancos, lunas, santos que fuman, peces que sonríen, semillas, adornos, pájaros, bolsos, uvas, flautas, ángeles, bananos, vírgenes, guirnaldas, cilantro, canastos, aretes, papayas, pelotas, tigres, más soles, y todo lo anterior nuevamente en otro orden y desorden, en mil combinaciones, en cascadas, en pirámides y en montañas sucesivas, en manojos de manos y de chicos que exhiben su sonrisa. Y están las mazorcas con sus cuatro colores que contienen la simbología maya del universo: rojo al oriente por la salida del sol, negro cuando la luz se oculta y llega el descanso, el norte blanco como sabiduría, el amarillo de las cosechas que se ubica al sur.

Es domingo en la mañana y en el atrio de la iglesia de Santo Tomás se inicia el desfile de hombres con indumentarias rituales. Ellos amarran su cabeza con tocados y con mantas multicolores que caen en la espalda y terminan en borlas o cadejos de lanas. Llevan bastones en forma de custodias o soles con la imagen del Santo, cargan en hombros magníficos y gigantescos altares coronados de plumas con todos los colores imaginables. Flores, espejos, ángeles y frutas, en una gran cópula entre lo divino y lo terrenal, mientras la música de las flautas y tambores y el estallido de la pólvora acompañan su marcha. Es al mismo tiempo ritual y fiesta, culto católico y espíritu maya, la presencia imborrable de Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, junto a la Virgen María.

Tal abundancia visual asalta y despierta. Hay formas y mezclas inesperadas, mixturas insólitas, superficies en las que se multiplica Kinich Ahau, el Dios del Sol, patrón de la música y de la poesía. Todo es posible en esa miscelánea en la que nada está quieto. Las calles estrechas y atiborradas de gentes, animales y cosas, obligan a caminar hacia distintos lados. Dan ganas de recorrer una y muchas veces los laberintos de artesanías. Se olvidan el hambre y el cansancio porque el estómago y los pies de pronto se ausentan. Nos convertimos en ojos gigantescos que ruedan y se extravían en esta fiesta de luz. Y estamos felices de integrarnos a un carrusel de personas diminutas que se toman de la mano para danzar, salidas de la manta que recién compramos.

Quauhtlemallan, «donde abundan los árboles», es la intensidad de los reflejos ancestrales. La plenitud de un cielo que sirve de escenario al espectáculo protagonizado por los volcanes que custodian y rodean la serenidad de lagos prodigiosos, que reinventan la gama del azul: Azul turquesa, azul celeste, azul petróleo, azul índigo, azul pie de luna, noche sobre azul, azul intenso, azul lago que sueña mientras lava los pies de cráteres dormidos. Estamos en San Pedro, Santiago y San Antonio. Desde el puerto de Panajachel navegamos sobre el brillo de los azules, en medio de los volcanes San Pedro, Atitlán, Tolima y Cerro de Oro. Las calles ascienden por sus faldas. Allí también los indígenas despliegan sus textiles y reparten su sonrisa, su forma más dulce de encantar. Uno termina enredado en sus telas y tortas de zanahoria, en sus guacamayas y sapos de chaquiras: «Cómpreme, señorita, yo hago esto en telar para comer, cómpreme, señor, un dólar, cómpreme, recuerdo de San Antonio».

Una mujer con un niño en brazos deja caer unas granadas que ruedan a sus pies. La fruta estalla en rosados y blancos. No deslumbra su sabor, un tanto seco y amargo; embelesa la acuarela que alberga su corazón, el detalle de sus semillas como pequeños dientes, como granos blancos de maíz. Es el granate, ese color que se come con los ojos y luego se disuelve en la boca. Granate, sonido sonrosado que revienta en el paladar.

En el lago Petén Itzá dormita una acuarela de aguas que mece a Flores, la acogedora isla en la que pasamos la navidad. Son las cinco de la mañana. El sueño me expulsa hacia la terraza en la que intento despertar a la visión de un lago que aún no acabo de descubrir. En la penumbra hay señales de pescadores, las luces van y vienen, ondean en las aguas oscuras. Está a punto de develarse un misterio. La brisa roza mi curiosidad. La paciencia es un animal que se despereza. De pronto, un leve ocre en la lejanía deja traslucir una herida que apenas se insinúa, una cortina se abre para mostrar un arriba y un abajo, una sugerencia de cielo y lago, un divorcio de firmamento y agua que luego se acentúa. El malva lentamente gana su firmeza, surge un leve brillo, una línea de oro pinta el horizonte, los pliegues de luz toman nombres, franjas de azules surgen de la nada, blanco plateado que asoma, amarillos que brotan y se extienden a lo alto y a lo ancho para manchar el agua.

Contemplo el nacimiento de los colores. Surgen caminos en el cielo inflamado. No tiene piedad el sol, hace doler la retina. Las aguas se hieren de rojos y amarillos, las nubes son bolas de fuego y en medio de ellas arden las siluetas de los pájaros. Petén entero se enciende desde el cielo hasta su lecho. Ahora el dorado se extiende sobre el escarlata y surge del agua el perfil del sol, mitad blanco, mitad encarnado, como una granada que en este momento flota sobre el negro de las montañas, o sobre el relieve gris que corona las colinas en la distancia. Luego un aguijón de luz se clava en el centro del lago y torna naranja los cielos. ¡Escándalo! Lentamente un blanco que viene del corazón mismo de la luz empieza su batalla por apagar el fuego. El dorado intenso se resiste, hasta que suavemente la blancura da paso a los tímidos azules, a la gama de grises que parecen ser la ceniza del paisaje. Una lancha surca el contorno del lago. El blanco abre el camino a los matices, los celestes despiertan y toman su lugar. El cuerpo del lago se descubre. Como si me encontrara en un gran cuarto oscuro, se ha revelado ante mí una fotografía. Amanecer sobre el lago Petén, titularía Van Gogh este lienzo en el que su pincel rebasaría el milagro del cielo.

LOS SONIDOS DEL VIAJE

Los viajes turísticos están diseñados especialmente para los ojos: «allí podrán ver, usted verá, aquí se puede ver…» Son las expresiones con las que se invita a conocer un lugar. Desde nuestra carencia sensitiva nos preguntamos qué puede conocer un viajero ciego, qué le mostrarán, cómo hace para ver los lugares. En el Museo de Armas de Antigua encontramos un muchacho ciego que recorría las salas mientras extendía sus manos como buceando en el vacío y permanecía atento al más mínimo sonido. ¿Qué estaría viendo? Seguramente percibía el tiempo y la historia con sus antenas maravillosas.

Solo por un instante me propongo prescindir de los ojos para contar sobre otras formas del viaje. En la plaza de Chichicastenango vibramos con el sonido de los árboles hechos marimbas. Son los golpes de las baquetas sobre tablillas que retumban estremeciendo no solo el aire sino las fibras del ánimo y del corazón. Es la sinfonía que brota de la madera del hormigo, del cedro y el ciprés, cuando es golpeada por los brazos del huitzitzil y la savia del caucho. Allí también sonaron los ancestrales tambores, las flautas y la pólvora que acompaña las procesiones. El jolgorio y la algarabía de vendedores y compradores es otro concierto en los días de mercado. La competencia es fuerte y el arte de convencer y de alabar los productos es fundamental. Imagino el silencio del pueblo tras un día de agitación. Tal vez lo único que se escuche sea la impasible risa de los lugareños y las campanas de la iglesia de Santo Tomás.

Los guatemaltecos que conocimos reían permanentemente, su conversación se cortaba por intervalos de risa. A veces nos miraban y reían, nos revisábamos la ropa o el rostro tratando de buscar la razón. Teníamos la sensación de que se burlaban de nosotros, aunque su expresión era dulce. Reían como pájaros «¡ji, ji, ji!», transmitiendo una sensación de contento, de juego, de no saber qué decir, de libertad. Todavía los escucho: «¡ji, ji, ji!»

Volvamos a Cobán, lugar que fue negado a nuestros ojos por la fugacidad del recorrido, aunque resultó exquisito para el oído. Por ser un pueblo de paso obligado para distintos destinos, allí se vive la agitación, se escuchan las cornetas de los buses, los pitos de los carros y los anuncios de los hombres que viajan con medio cuerpo dentro del bus y la otra mitad como una bandera que invita al transeúnte a subir para llegar a cualquier lado. Los destinos tienen nombres impronunciables para el extranjero. En la terminal de transporte a la que llegamos después de haber sido desorientados por las indicaciones de los paisanos, había una agitación parecida a una fiesta. Tan pronto se detuvo el vehículo que nos condujo al lugar, cayeron en estampida muchos hombres pronunciando extraños nombres de pueblos en forma de pregunta y al mismo tiempo de afirmación, ante lo cual respondíamos con una muda indiferencia que tal vez los hizo pensar que no hablábamos su idioma.

Ciertamente, la población indígena y campesina, además de comunicarse en una de las versiones de la lengua maya quiché, habla un castellano que nos resulta difícil de comprender. Las palabras suenan igual pero el significado y la connotación que tienen son distintos. Si les preguntamos cuánto tiempo falta para llegar a Chichicastenango, ellos pueden respondernos que en un momento llegaremos, lo que no coincide exactamente con nuestra percepción del tiempo, pues más de media hora después no hay señales del pueblo. Si queremos que nos orienten sobre una ruta, dirán que sigamos derecho y agregarán algo que incluso puede hacernos cambiar la dirección.

Desde nuestro punto de vista no hay certezas. Sin embargo, todo tiene su curso, todo pasa sin necesidad de que alguien dé razón de esto o pueda explicar aquello. Nos dicen que un bus saldrá hacia el destino que necesitamos, pero no está claro de dónde sale ni a qué horas. Hay que acomodarse a las circunstancias y planear distintos escenarios posibles, sin otorgar especial certeza a ninguno.

Esta situación me hace pensar en Ryszard Kapuściński cuando dice que «el europeo y el africano tienen un sentido del tiempo completamente diferente; lo perciben de maneras dispares y sus actitudes son también distintas […] Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y lineables». En cambio, dice el reportero polaco, para los africanos «el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta, elástica y subjetiva […] el africano que sube a un autobús nunca pregunta cuándo arrancará, sino que entra, se acomoda en un asiento libre y se sume en el estado en que pasa gran parte de su vida: en el estado de inerte espera». Aquí no se trata del contraste entre la visión europea y la africana pero la descripción se ajusta de manera sorprendente.

Eran las once de la mañana y la demora en la terminal de Cobán se tornó angustiante, no solo por la incierta hora de arribo de algún bus que nos llevaría hacia la isla de Flores, sino por la duda de que tal bus existiera. Fueron más de dos horas de espera y el bus llegó por fin, para nuestro regocijo. Pero la incertidumbre continuaría dentro del vehículo, pues a pesar de haber preguntado varias veces para reconfirmar que sí era el bus de las doce del día, aunque hubiese llegado a la una de la tarde, seguíamos dudando. Repetían que saldría «en un momento» y que el destino era Petén. ¿Pero se referían al mismo lago de Petén Itzá al que queríamos llegar? El conductor se echó en su silla dispuesto a darse una siesta, mientras los demás pasajeros aguardaban con calma. Nosotros estábamos preocupados por el reloj, sentíamos que nos robaban el tiempo. ¿Por qué teníamos prisa? Por esa costumbre de tener prisa. Era nuestra absurda angustia la que nos robaba la posibilidad de escuchar. Lo mejor era relajarse y contemplar el desfile de vendedores que subían y bajaban del bus. Muchos eran niños. Si cerramos los ojos podremos escuchar sus voces:

Chicles dulces, dulces chicles… aguas, aguas, aguas… pollo a cinco, a cinco el pollo… diario, diario… aguas, aguas… agua pura, agua pura… comida por cinco, a cinco la comida… a quetzal el chicle, la menta, a quetzal… conos, radios, baterías, radios, calculadoras, llaveros, corta uñas, llaveros, tijeras. ¡A ver jefe! ¡A Flores Petén! dulces, chicles… diario… chicles… a cincuenta el chocolate… un Sony, jefe, hay calculadoras… helados, helados… los sánduches, hay sánduches…hay aguas de a tres, hay aguas…. para dolores musculares, calambres, dolor de muela… diario, diario, diario… sí hay comida a cinco, a cinco la porción de pollo con puré de papa, pollito compre a cinco, a cinco, a cinco la comida…. dulces, chicles, chicles… aguas, hay aguas a tres quetzales hay aguas, hay aguas de a tres, hay aguas… Tayuyos de chicharrón y de frijol, tayuyos de chicharrón y de frijol…. hay aguas de a tres… sánduches, sánduches de jamón y de pasta de pollo… el pañuelo de la virgen de Guadalupe… ¿No va a querer tayuyos?… pegamento… agüitas…. el pañuelo, reinita… ¿me da permiso? sanduchitos, sánduches… para barros, para la gastritis, para la úlcera, para el dolor de muela… las agüitas, mantelitos… las últimas…. jamón, jamón, las aguas…. permiso, permiso… sanduchito…. hay aguas…

Y esos personajes ocuparon nuestro tiempo, calmaron nuestra ansiedad. A la una y treinta el conductor empezó a desperezarse. Al fin encendió el motor e iniciamos un viaje de siete horas atravesando verdes paisajes por una carretera casi desolada, sacudidos por la velocidad y la emoción, al saber que llegaríamos a la ínsula prometida, en donde pasaríamos la nochebuena. Entre tanto, nos aturdía el ruido del motor, mezclado con la música del radio. Shakira y Juanes alternaban con nostálgicas marimbas.

En Flores nos aguardaba una celebración ruidosa: pólvora, pitos, chillidos, metralla y chispún. En todo el país se acostumbran las posadas, esas procesiones que representan la peregrinación de María y José. Chicos y grandes desfilan por las calles cantando, llevando las imágenes de la sagrada familia, velas, flores, palmas. Finalizan en una casa o en un lugar público para rezar la novena de aguinaldos. Y así los sonidos, la música, el estruendo de Guatemala en la memoria.

TOCAR Y SER TOCADO

En los rincones del viaje hay que tocar y ser tocados. En el viaje hay que untarse, restregarse y palpar, porque el verbo conocer también se conjuga con las manos y el cuerpo. Nuestra experiencia del tocar en Guatemala se dio en los medios de transporte público, conocidos como los chickenbuses, los micros, las camionetas o camiones en los que se transporta el pueblo. Para quienes venimos de una ciudad grande y acostumbramos a movernos en carros particulares, en taxis, o en vehículos públicos en donde la paranoia viaja al cien por mil, quizá no es fácil entrar en contacto con gente de un país desconocido, que además tiene fama de inseguro y violento: «Hay maras que matan por un reloj, hay violadores, no viajen con joyas, escondan el dinero», nos repetían en el hotel. En palabras nuestras, el conocido axioma: «no dar papaya». Cumplimos el abecé. En Colombia estamos armados de antenas para detectar ladrones o para esquivar calles inseguras. Pero fuera del país no creemos necesitarlas y en Guatemala estábamos desprevenidos y nos preparamos a vivir nuestra primera aventura de Antigua a Chichicastenango.

Lo primero que nos causa curiosidad es el diseño interior del bus. Los asientos de la fila que está detrás del conductor son para tres pasajeros. La otra fila tiene sillas para dos personas. El pasillo es angosto. Nuestra primera conjetura es que el bus está diseñado pensando en la comodidad, pues la mayoría de pasajeros van a viajar sentados. Después tendremos que tragarnos nuestras palabras y sorprendernos ante el incumplimiento de las leyes de la física. Las bancas se fueron llenando, rápidamente se transgredió el primer cálculo: en los puestos de tres se sentaron cuatro y cinco personas, mientras que en los de dos se acomodaron tres y cuatro, según fueran llegando, cada uno con su carga y con sus animales. Nuestra teoría se acabó de rebatir cuando el pasillo se fue llenando. Entraba más y más gente. Cuando parecía imposible que subieran más personas, el bus seguía recogiendo.

¿Qué pasaba? ¿Qué hacía posible este fenómeno? ¿Era que el bus tenía la propiedad de desdoblarse? La clave la tenía el ayudante del conductor. Lo había visto venir desde atrás, deslizándose entre los cuerpos mientras cobraba, pedía permiso para pasar sobre las sillas, abría con habilidad el espacio para luego empujar suavemente a la gente mientras repetía: «Córrase mamaíta, por favor, caballero, córrase hacia atrás, gracias mamaíta, por favor, señor, córrase un poco más…» Ante su pedido todos nos movíamos sin chistar palabra, poniendo los pies sobre un bulto o sobre otro pie, sintiendo que las convexidades y concavidades de los cuerpos terminarían encajando por inercia, o por una suerte de cálculo visceral. Era posible estar con los ojos cerrados, sostenidos por un pie y una mano ajenas, oteando para agarrarse de algo, con la certeza de no caer. Unos cuerpos servían de contención o como punto de equilibrio para otros, de modo que se desvirtuaba la ley, según la cual, dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio y desaparecía la frontera entre mi cuerpo y el del vecino.

El avance del ayudante desde la parte trasera hacia el frente del bus fue lógico la primera vez. Pero se trataba de un circuito continuo, sin volver de adelante hacia atrás. Lo repitió una y otra vez durante todo el viaje. Cada cierto trayecto el cobrador actuaba como un eficiente acomodador. Saltaba entre niños, señoras, canastos y gallinas, mientras repetía su estribillo y empujaba con sutileza a todos los paisanos. Nunca identifiqué una puerta trasera, por tanto, nadie podía descender por atrás. Quizás el auxiliar se trepaba por la bodega. El hecho es que inicié el recorrido atascada justo detrás del chofer y al final del viaje, cuando todos desalojaron el vehículo, me vi en el fondo del bus. ¿Surrealismo o una experiencia real maravillosa?

El resultado era una tocadera sin fin: yo te toco, tú me pisas, yo te empujo, tú me restriegas, yo te invado, tú me sudas, yo te embisto, tú me hueles, yo te respiro, tú me halas, yo te peso, tú me quemas, yo me abalanzo, el bus se menea, todos nos estrujamos, el bus se vuelca, todos morimos. Las sensaciones también se zarandeaban del absurdo, al miedo, a la risa. Pero los pasajeros viajaban plácidamente, muchos soñaban y roncaban de pie, recostados sobre los demás, unos sueños encajados dentro de los otros.

COLOFÓN

Al partir se produce un desprendimiento, una sensación de nunca más. Este relato termina en el misterio. El Museo de Armas de Antigua fue un sitio de reclusión en tiempos de conquista. En una de sus celdas conocí la leyenda de La Tatuana. Esa asombrosa mujer vivió en tiempos cercanos a la conquista, hacia principios de mil seiscientos. Por su belleza y sus costumbres generó un revuelo en la comunidad, que la consideraba contraria a la moral. Hacía fiestas, recibía en su casa a hombres que departían con ella hasta avanzadas horas de la noche. Tenía costumbres bohemias como escuchar música y esto rayaba con los hábitos de Santiago de los Caballeros, nombre de la población colonial que hoy se conoce como Antigua Guatemala. Una gran incógnita rodeaba a La Tatuana y era haber llegado al reino de Guatemala en un barco que no arribó a ninguna de sus playas. Como sucedía con las mujeres bellas, sabias, audaces, en tiempos de tinieblas, fue denunciada a la «Santa» Inquisición y fue puesta presa en una de las celdas del palacio de armas, lugar en el que estuvo incomunicada por mucho tiempo, atada de pies y manos. Finalmente fue condenada a muerte.

La noche anterior a su ejecución fue visitada por un sacerdote, quien en cumplimiento de su misericordia cristiana, le concedió su último deseo. La mujer, con entereza, pidió un carboncillo. Ante tan extraño y cándido deseo le fue entregado de inmediato lo solicitado. La mujer se dedicó toda aquella noche a la tarea de dibujar en la pared de su celda un barco al que le pintó hasta el más mínimo detalle. Al otro día, cuando fueron a su celda para llevarla al patíbulo, La Tatuana había desaparecido. Dicen que subió al barco y se fugó para siempre, sin dejar rastros en toda Guatemala, salvo sus trazos de carbón. El relato de su vida ha de ser otra embarcación que nos permita retornar al país mitológico que convive con el actual, entre picantes, colores y malas noticias.

Proemio

Al ángel de la memoria que todavía habita la antigua escuela derribada. 

A quienes no borraron esa muda lección.

***

Los niños son anarquistas
que huyen del presidio escolar
cuando suena la campana.
Los adultos lo advierten
y entre tibias caricias
deciden enjaularlos
en corrales de nácar.

JUAN MANUEL ROCA

 

¿Qué hacer con tanta cosa vivida, atesorada y muda? Con la memoria sucede algo semejante a lo que ocurre cuando nos miramos al espejo: al ver la imagen frente a nosotros la creemos propia, pero si nos alejamos de ella, la imagen desaparece o cambia y ya no estamos seguros de que nos pertenece. Así los recuerdos cuando se narran, cuando se escuchan.

Agradezco a quienes me susurraron su historia al oído, pues el aire la transformó en ficción y ahora pertenece a todos. Tal vez el lector pueda ocupar de nuevo su puesto en el pupitre, repasar la lección, recuperar su voz atorada y contar la historia que falta.

Se cuenta aquí la memoria de la escuela, ese lugar remoto del que aún cargamos vestigios, agravios, risas, señales en los ojos, raíces en las manos… Frente al dictado del silencio, todavía nos queda la insolencia.

 

***

…y las paredes de la clase
se desmoronan tranquilamente.
Y los vidrios vuelven a ser arena
la tinta vuelve a ser agua
los pupitres vuelven a ser árboles
la tiza vuelve a ser acantilado
el portaplumas vuelve a ser pájaro.

JACQUES PRÉVERT

Yo arriba, en el infierno

Imagen de Baldomero Romero Ressendi

Yo arriba, en el infierno.
Este infierno es raro: en vez de abajo,
en lo profundo, es arriba, bien arriba.

Alberto Pineda Vanegas

 

JUEVES 23 DE ENERO DE 1986. Ellos irrumpen de madrugada en la casa que dormita en silencio, a la hora en que las ratas roen su mejor bocado de sombras y papel. Él sueña con pasos de agua, con una roca a punto de estallar. Una voz de tono bajo y firme lo hace saltar del lecho: “¡Buenas noches, señora, perdone la molestia, esto es un allanamiento!”. Ya está sobre las tejas rojas, junto a la camada de los ratones que hace meses construyeron su guarida al abrigo de la luna y que ahora se ven forzados a desperdigarse sin ton ni son. Por un instante sus ojos se encuentran con los de un ratoncito asustado que antes de pasarle por entre las piernas lo mira con terror. Una teja se ha roto y unas manos lo sujetan con violencia. Ahora envidia la maestría de los roedores en su estampida. Mientras un hombre lo doblega, el otro lo invita a bajar para asistir a la fiesta de su humillación. Cartas de amor, letras de canciones, el dulce cuerpo de la flauta, los libros de filosofía, los teoremas, los planos de electricidad, la caja de herramientas… todo está bajo sospecha. Evita los ojos de la madre y de los hermanos que ya están en la sala, como recién entrando a una pesadilla. Con las manos maniatadas, el frío de la calle le hiere la cara. Es un amanecer brutal, piensa. Arriba del camión se abre el infierno. Las voces pausadas se transforman en rugidos. Siente que ha llegado el fin.

Recuerdo su risa bajo el movimiento del bigote y el brillo negro de sus ojos juguetones. Siempre sus carcajadas celebran lo cotidiano, la alegría del encuentro. De esos labios sale música, anécdotas sentidas, convicciones. La fuerza de su ímpetu tiempla las fibras de sus músculos. Al final de la tarde siempre lo encuentro en el gimnasio de la UIS. Mientras yo ensayo mis timoratos esquemas en el piso, él está arriba, trepado en las argollas, aguantando, resoplando para sostenerse erguido y con los brazos extendidos, o montado en el potro, alternando sus manos, balanceándose con el ritmo y la fuerza que tensan todo su cuerpo. Es muy bajo de estatura y lo que le falta de talla le sobra de ganas y coraje, digo para mis adentros. Con la misma energía erige su pensamiento y afina las cuerdas de su voz. De tanto vernos allí, empezamos a sentirnos familiares. Una tarde me pregunta qué carrera estudio. Quiero mentirle pero algo me dice que su pregunta no es trivial. Algo en su mirada me comunica que no será un encuentro pasajero. Le digo que ninguna, que soy una infiltrada, apenas estoy terminando el bachillerato en El Pilar, me he inscrito en un curso de extensión que se hace los sábados y me he tomado el derecho de entrar al mundo universitario y de colarme tres tardes por semana al gimnasio. Cumplo ahora con una rutina de ejercicios con el auspicio de un profesor que me imagina estudiante de la Universidad y ha querido entrenarme en el abc de la gimnasia olímpica y prepararme para que un día sea parte del equipo. El profe adivina que desde niña tengo muchos sueños y uno es convertirme en gimnasta, pese a que mis piernas y mis reflejos no ayudan. Aunque no logro pararme de cabeza, no me doy por vencida. Me mantengo en la rutina por mi terca disciplina.

En su diario resume cincuenta y ocho horas de golpes y terror en la Quinta Brigada del Ejército. Estar en el filo de la espada, al borde del abismo, en brazos del espanto. La sinfonía de los trinquetes, la venda en los ojos, las manos atrás, tan lejos de su alcance, a punto del cercenamiento. Las lágrimas se funden con el sudor, los gritos y los hijueputazos tiemplan el acero de sus convicciones. Está seguro de que lo van a matar. Siente que el frío le traspasa la médula. “¡Qué joda tan arrecha! ¡Por poco me cago del horror!” escribe. Lo niega todo, lo niega una y otra vez porque no es cierto. Solo acepta su militancia política. Se siente orgulloso cuando grita que es miliciano ¡de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejército del Pueblo! En los intervalos del espanto se arrellana en el metro cuadrado, llora un poquito por su padre. En la segunda mañana cesan las torturas, le quitan la venda y puede ver a quienes lo han acompañado en el concierto de gritos y madrazos. Los conoce de la Universidad, pero nunca ha hablado con ellos: Orlando, Javier, Carlos, Gustavo, Antonio, la sardina Yaneth y Rosa. Son ocho estudiantes marchando escoltados por los torturadores. En el Juzgado 109 Yaneth es forzada a leer un panfleto con voz trémula. Él se consuela pensando que son mentiras firmadas por ocho. No está en condiciones para preocuparse porque una mentira repetida por más de uno pueda llegar a convertirse en verdad. Después de la legalización de la captura los transportan en una panela de la Policía y ríe pensando en la irónica sensación dulce que hasta ese momento le representaba esa palabra. La primera parada es para dejarlas a ellas en la cárcel de mujeres y luego los reseñan en La Modelo. Son pocas cuadras entre uno y otro penal. Alcanza a ver el mediodía perezoso del sábado, el sudor de la gente que camina por la Novena y mira el vehículo sin ver a sus ocupantes. Ha empezado a convertirse en fantasma.

Ya soy experta en los rollos hacia adelante y hacia atrás, me paro en las manos pero nunca logro caer con la suavidad que exige la técnica y todavía no logro hacer bien las medialunas o laterales. Pese a esto monto un esquema sencillo y me atrevo a participar en una competencia interna haciendo un pálido debut sobre la alfombra azul. No me importan las medallas sino la alegría del atrevimiento. De ese momento recuerdo mi emocionada frustración y conservo una foto con mi traje azul que deja al descubierto mis piernas porque no llevo trusa debajo. La foto fue tomada por Alberto Pineda. Así me ha dicho que se llama. Se ríe todo el tiempo con los ojos y suelta una carcajada cuando le confieso lo de la infiltración. Dice que vive en el barrio La Joya y que me ha visto en el Alfonso López, cuando va en el bus hacia la Universidad. Le digo que el bus pasa enfrente de mi casa, pero que esto de venir al gimnasio es un secreto, que en casa nadie sabe de mis prácticas de calistenia, papá me daría un sermón, me prohibiría volver. Suelta otra carcajada de complicidad que me da confianza y siento ganas de seguir compartiéndole secretos: yo también he leído obras de Marx, Engels y Lenin; mi sueño era irme a estudiar a Moscú pero siendo un imposible he tenido que cambiarlo por viajar a Bogotá para estudiar en la Universidad Nacional; yo también creo en la revolución, escucho música andina y escribo poesía. Entonces entendemos que no hay azar, que todos los caminos nos llevan a ser amigos.

El ingreso a La Modelo es agobiante por los tiempos de espera, las mismas preguntas una y otra vez, la toma infinita de huellas dactilares, la perorata de una mujer que se encarga de la recolección de datos y que se atreve a darle clases de urbanidad y catequesis, las mil requisas y tocatas de piano… Al fin en la celda de recepción, se siente en el paraíso porque la Quinta Brigada simbolizaba la muerte. Allí ven llegar los visitantes del sábado por la tarde que son los padres, los hermanos, los hijos, los amigos. En la fila presurosa de hombres alcanza a ver algunos conocidos. Sabe que nadie pregunta por él pero se le van los ojos tratando de localizar alguna figura que logre acercarse y verlo. Están incomunicados y solo son sombras tras las rejas. Esa noche conocen las delicias de la gastronomía carcelaria. Les traen un balde con lavazas que comen con ansiedad y aprenden a fabricar una cuchara con restos del tubo de pasta de dientes. Cuando termina la visita los sacan al patio y allí tiene lugar la fiesta de recibimiento, la silbatina, los aplausos, cientos de ojos que los miran y en coro gritan ¡Copetrán! ¡Copetrán!, como anunciando la llegada de un bus que trae nuevos reclusos. Uno de los internos hace de jefe de protocolo y se acerca para darles la mano. Los demás exclaman: ¡Son los estudiantes! ¡Los de Bucarica! ¡Los de la UIS! Otros ríen diciendo ¡Los que encontraron con la dinamita! Finalmente llegan los presos políticos y les dan la bienvenida.

A veces me acompaña en el viaje de regreso a casa, ha empezado a visitarme por las noches, hablamos por varias horas parados en la puerta, hasta que papá apaga la luz de la sala, anunciando que es hora de que se vaya, joven. No para de contarme sus pasiones. Me habla en tono bajo, como si hubiéramos hecho un pacto de complicidad. Me cuenta sobre La Múcura, el grupo musical universitario en el que hace sus solos de flauta, me canta El negro José, ríe recordando sus aventuras en el Nevado del Cocuy, me habla de Diana Amparo, su novia, de la vida universitaria y de sus clases de ingeniería eléctrica. Muchas ocupaciones y grandes pasiones a sus veintiún años. Pronto comprendo que todo lo asume con el mismo grado de seriedad y de disciplina. Los encuentros se repiten, se espacian en el tiempo, vienen los años en los que solo hablamos cada vez que estoy en Bucaramanga de vacaciones. Una noche en el patio de mi casa, en el mismo tono clandestino, me revela otra de sus facetas: su activa militancia política.

Habían salido en la página judicial de Vanguardia y eso los hace sentirse famosos. En la Revista Semana mencionan a Carlos, el estudiante de medicina de la UIS, dicen que él junto con su esposa y los demás detenidos planeaban hacer explotar a Bucaramanga. Nada más absurdo y alejado del sentido común. Alberto ríe al mencionarlo. ¡Explotar a Bucaramanga, nosotros, los enamorados del pueblo, los hinchas del Atlético, que adoramos a la familia, que soñamos con la felicidad colectiva, los que vamos a clase y hacemos arengas para que el gobierno no maltrate a la gente, los que tocamos y cantamos música andina y también lloramos con la poesía y con el pobre Negro José!

Por su jovialidad, ese don que tiene para tratar a todo el mundo con cariño y ganarse la confianza, le han abierto las puertas de mi casa. Me cuentan que hace visitas nocturnas, se entera de los pormenores de mi familia, da consejos, y de paso pregunta por mi vida en Bogotá. En las vacaciones o en los cierres de la Universidad volvemos a encontrarnos. Me hace informes de sus últimas aventuras y descalabros. En uno de los trabajos que asume para tener algún ingreso y ayudar a los suyos, ha sufrido una descarga eléctrica. Lo cuenta con risa nerviosa. Sus manos tienen marcas y callos porque trabaja desde muy joven. Sus padres son campesinos, gente hecha a pulso, a gritos y privaciones. Son doce hijos en casa. Doce para repartir los rincones y buscar el mejor sitio para el sueño, doce para bañarse en las mañanas y salir los domingos a misa, doce para repartir lo poco que tienen, para lavar la ropa, para hacer las tareas y tomarse la sopa. Cada uno tiene que buscar rápidamente un oficio, dejar de soñar y acomodarse la cabeza. Solo él logra entrar a la universidad y torcer el camino que le está destinado.

Ir a la universidad significa conectarse con la sociedad, deliberar, participar en los actos públicos, hacer arte, pronunciar discursos en La Gallera, sentir que le duele el mundo, que tiene un papel en su transformación, soñar con cambios y provocarlos, convertirse en un ser político, exigirse al máximo, entregarse.

No tienes ninguna pena, al parecer
pero las penas te sobran, negro José
en el baile tú las dejas, yo sé muy bien
amigo negro José…

La flauta le suena, la flauta le suena dulce, le dicen los compañeros. Y “su camisa endiablada quiere saltar” de alegría, pues es muy feliz cuando hace música, todo su cuerpo ríe. Muy temprano en las mañanas sale a trotar con su gringa, así la llama desde el principio. Le gustan sus crespos rubios, sus pómulos rosados y toda ella que se ha convertido en su compañera de juegos y deporte. Me los cruzo un domingo por la tarde cerca al estadio. Van en una bicicleta muertos de risa, ella de medio lado, sentada sobre la barra, él con los brazos tensos en el manubrio. Son felices y van de paseo. Es la primera vez que lo veo acompañado y todavía no puedo saber en qué circunstancias tendré que involucrarme con ellos.

El domingo 26 de enero experimenta intensas emociones. La visita de las mujeres lo carga de energía. Ve a su madre y siente la tristeza y la ternura que lo convierten en niño, toma en sus brazos a Diana Amparo y el cuerpo de la mujer lo retiene, lo abarca, lo llena, lo libera. También van sus hermanas y sus amigas. La dicha lo hace olvidar el sitio en que se encuentra. Se pasea por lo corredores de la cárcel casi con alegría, saluda y presenta sus mujeres a los compañeros. Nos lleva a la celda y nos muestra el muro que ha empezado a llenar con poemas y consignas, el piso de cemento donde duerme. Escribo unas líneas en el muro, le digo que la poesía lo hará libre: “Aquí se halla preso un hombre… una conciencia… un pueblo”.

Ya hemos ganado tanta complicidad que ahora se atreve a contarme algunos detalles sobre su vida de militante. El trabajo ideológico y el estudio de la coyuntura lo combinan con entrenamiento físico y tareas puntuales que se cumplen a modo de pruebas y desafíos. Se requiere templar los nervios y la conciencia. Con agobio me relata un episodio que le pesa. Le han encargado que le comunique a una joven simpatizante la necesidad de que acuda a un acto ficticio. Él debe ir hasta el salón de clases y hacer que lo acompañe de inmediato. Sabe que ella está a punto de presentar un examen que le es fundamental para aprobar la materia y sin embargo su rol es presionarla para que suspenda el examen y abandone la clase. Así se prueban las convicciones, justifica. Entiendo las razones pero reprocho el método.

30 DE SEPTIEMBRE DE 1985. SURORIENTE BOGOTANO. Las fuerzas de seguridad del Estado asesinan a once militantes del M-19 que asaltaron un camión repartidor de leche. Quieren distribuirla entre la gente de un barrio deprimido. Son jóvenes que apenas pasan de los veinte años, en su mayoría estudiantes de la Universidad Nacional. Una es Isabel Cristina, mi compañera de sexto semestre de psicología. A ella, a su novio y a tres jóvenes más los hacen tenderse en el piso con las manos atrás y allí, delante de todo el mundo, los acribillan por la espalda. A otros que han querido escapar los masacran dentro de un bus. Durante tres días hierve la Universidad. Nos movilizamos en la protesta y la denuncia. Alguien prende fuego al bus que acabo de abordar. Al tratar de huir de las llamas, caigo. Lo demás son petardos, gases lacrimógenos y la conciencia de un hueso que duele.

En las vacaciones de diciembre Alberto me ve cojeando y se entera de lo que me ha ocurrido. Se conduele y se enternece. Cuando salimos a caminar trata de protegerme, quiere evitarme otra caída. Ese día me pide algo que suena desproporcionado. Me dice que, no importa lo que ocurra, le prometa que no voy a sufrir por él. Su ruego es incomprensible. “Mira a los tuyos con mi alegría –me escribe-, traspasa poco a poco mi nombre a tus apuntes. ¡Ssshh… pero hazlo en secreto! Que tus libros, cuando la distancia nos separe, respondan con todo ese entusiasmo a tus formas hermosas de escribir… No te abandonaré. Quisiera vivir la eternidad contigo… Hoy no terminará nunca”.

En la noche de ese primer domingo en la cárcel se abalanza sobre el cuaderno para consignar sus emociones. Anhela que su sufrimiento contribuya a lograr “una nueva patria”, ruega que sus ojos puedan ver algún día “la luz de la libertad, la grandiosa luz de la verdadera democracia y justicia”. Sus palabras hacen pensar en el héroe romántico, en el mártir por el sueño de la felicidad colectiva, en el hombre que desde la celda echa a volar los pájaros y se regocija con ese acto de generosidad hacia los otros.

Mientras él espera con ansiedad las visitas, su gringa y yo desesperamos por hacerle llegar lo básico para su estadía en la cárcel. Ahora conformamos un equipo de rescate emocional. Que duerma sobre una colchoneta, que tenga un radio, sus implementos de aseo, una cobija, algunas cosas de comer y que no le falte la poesía. Las provisiones deben pasar una inspección minuciosa de los guardias, las cartas deben atravesar la inteligencia canina y la censura de un mandamás que generalmente está privado de la primera, a juzgar por la forma como desliza los ojos por los renglones, por las preguntas que hace cuando se topa con una metáfora o se tropieza con una palabra que no entiende y de la que, por tanto, debe sospechar. Respondo sus preguntas con altivez, casi con arrogancia, pues es la primera vez que me enfrento a este tipo de interrogatorios y mi ingenuo comportamiento provoca la ira del sabueso. Si pudiera, me colocaría los grilletes o me daría una paliza por altanera.

La primera semana en prisión es descrita en su diario como “una hermosa semana de experiencias”. Se divierte con los chistes de Calavera y Ovidio, trabaja en el mural de su celda, lee poemas de Eduardo Carranza y de Miguel Hernández, agradece los envíos que le hacen sus compañeros de estudios, su familia y amigos. También toca guitarra, pide al director que le permita dar clases, asiste al centro lírico, escucha noticias, hace gimnasia, se queja de la tos y del dolor que le han dejado las torturas. La alegría está al final de la espera incesante del fin de semana cuando volverá a ver a las mujeres. Antes de la visita completa el mural con los versos de Miguel Hernández:

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Son humillantes las requisas a las que debemos someternos las mujeres para entrar a la cárcel. Primero hacemos una larga fila en la calle. Allí tiene lugar un comercio informal que se alimenta de las desgracias ajenas: alquiler de chanclas, faldas, bolsas para guardar los artículos personales que no nos permiten entrar, venta de guantes desechables, advertencias y comentarios que incrementan la tensión y la zozobra. Pasamos la primera requisa de los perros con sus guardias, luego entramos una a una para ser manoseadas por ásperas guardianas que nos arrebatan el guante y nos auscultan entre las piernas de manera violenta. Quien tenga la menstruación es automáticamente rechazada y vuelve a la calle con cara de vergüenza y desolación. No es solo que estemos bajo sospecha, es el hecho de no mirarnos a los ojos, la ausencia de humanidad, el gesto agresivo y los gritos. Se siente rabia y ganas de llorar.

Para la segunda semana está lleno de proyectos y tareas. Además de leer y escribir, aprende a tejer, va a la biblioteca, solicita la cancelación del semestre en la UIS, recibe la visita de un abogado pero rechaza su gestión, pues cree que solo está interesado en el dinero. Su piel ha tomado un tinte amarillo, propio de quienes pierden la energía del sol, tose con frecuencia y no ha logrado que lo vea el médico. Cuando lleva tres semanas lo cambian de celda. Todo vuelve a comenzar: otro espacio, un nuevo compañero, el ambiente de bazuco, graves advertencias sobre las visitas, chinches que lo devoran.

LUNES 17 DE FEBRERO, SEIS DE LA TARDE. Estoy en cualquier punto de la casa y escucho que llaman a la puerta. Voy hacia allá, extraviada en mi propia cabeza, convertida en una sombra que se diluye a medida que alcanza la luz de la sala. Por entre los resquicios de la persiana veo la extraña aparición. Eso que está allí es un fantasma, pienso. Un fantasma que me hace gritar de conmoción. Es Alberto que sale de una pesadilla, como quien huye del infierno y viene a pedir un vaso de agua. Abro la puerta y nos abrazamos. No sé si estoy viendo a un prófugo o a un alma en pena. Tiene olor a humedad, las manos vacías y los ojos desorbitados. Lo hago entrar, lo atropello con preguntas, tengo miedo de que vengan tras él. Digo que no entiendo nada. Lo han dejado en libertad condicional. La noticia alegra pero en un país de escuadrones de la muerte, de torturas y desapariciones, no hay razón para un final feliz. Los temores, la paranoia, la zozobra, se roban la felicidad. Hay un algo que corroe, que perturba la tranquilidad. Al otro día, de nuevo en su casa, escribe: “Hoy es libertad, a medias. Lo grito en voz bajita”.

Los días que siguen se pierden en la memoria. Nos vemos un par de veces antes de mi regreso a Bogotá. Me promete que irá a mi fiesta de cumpleaños. En los treinta y cuatro días que tiene para reencontrarse con su mundo, ha querido seguir sus rutinas, pasar las hojas, retomar sus clases. Permanentemente se le precipitan las imágenes del cautiverio, las torturas, la reafirmación de las ideas, la reiteración de la utopía. Se jacta de haberlo resistido todo sin delatar a nadie y le brillan los ojos. Son más las cosas que calla y piensa que las que dice o vive. Finge que todo está bien. ¿Qué pasa con sus camaradas? ¿Nadie se responsabiliza de su seguridad? ¿De repente se ha quedado solo? Algo está ocurriendo. Por esos días va al mar y experimenta la sensación de libertad. Si se hubiera quedado extraviado contemplando el azul, persiguiendo una ola, acostado sobre la arena, prófugo del destino, si no hubiera regresado nunca del mar…

21 DE MARZO DE 1986. Aquella mañana sale muy temprano, visita a su novia, le da el mismo beso ardiente y le dice que viajará. Llegará a mi fiesta de cumpleaños. El Juez 9 de Instrucción Criminal promete investigar los hechos. La Kawasaki azul PCC-10 ha seguido su camino. Hay unas monedas cerca a tu mano, las otras han rodado sin control. El bus de La Joya que va por la carrera 27 acaba de pasar. No querías asustar a los niños, no querías que el perro ladrara e hiciera correr al viejo del bastón. Hubieras hecho todo por evitarles esa horrible visión, el mal recuerdo, la prisa inútil a la enfermera que acaba de salir de la clínica. Apenas tienes tiempo de ver el arma que sale de la mano del hombre. Solo un segundo antes le has visto el rostro y lo has comprendido todo cuando el ruido del motor se acercó tanto a la acera. Al principio no adviertes la moto. Tu mirada hace un repaso de la calle pero el pensamiento vuela lejos, descubre otros lugares, busca unos ojos. Sientes que algo salta en el corazón, un loco anuncio de cosas bellas por vivir, un nombre que tienes atravesado en la garganta, en el estómago. Al lado tuyo caminan varios niños que van hacia el colegio en su barullo de gritos y cuadernos. Por la acera de enfrente un viejo con bastón pasea con su perro, una enfermera se dispone a salir de la Clínica San Luis. Te has puesto tu camiseta de rayas y estás sudando. Subes por la calle 48 con tu caja de herramientas, se ve que tienes prisa por la forma como apresuras el paso, es casi mediodía y hace calor. A las dos de la tarde sale el bus hacia Bogotá.

¡Feliz cumpleaños! Todas las voces se mezclan en un solo grito, las palabras y las risas se precipitan, es obligado celebrar la vida, chocar las botellas, cantar en coro, bailar. ¡Feliz cumpleaños! Las manos se tienden en cadenas rosadas, los brazos me atrapan, no hay excusa para apartarse de la celebración. Pero yo estoy esperando tu arribo, tu aparición intempestiva en mitad de la fiesta. Me has dicho que llegarás, aunque sea a media noche. ¡Feliz cumpleaños! Y las horas avanzan sin ti, las voces vuelven a convocarme, me arrastran, me halan al círculo, me preguntan en dónde estoy, por qué voy hacia los rincones, por qué me demoro tanto en el baño, por qué me lanzo hacia la puerta cuando escucho un llamado. En la calle todo es viento helado, oscura soledad ambulante, nada. Y tú sin llegar, y tú sin hablar. ¡Feliz cumpleaños! Y al mediodía tu pensamiento ha viajado para decirme algo y no puedo escucharlo. Vuelves a pedirme que no sufra por ti, me prometes que no me olvidarás. ¡Feliz cumpleaños! Tienes frío, estás solo con tu alegría rasgada que escapa ahora por esa flor roja que tienes en la espalda. Estás solo con esos sueños que comienzan a congelarse. ¡Feliz cumpleaños! Y tus manos han dejado escapar las caricias que apenas iban a nacer. Tu sonrisa ha quedado presa entre tus labios apretados y las palabras no dichas se hacen aire. Me dejas tu cuerpo sin ti como el regalo más triste. Sabía que vendrías de todos modos. ¡Feliz cumpleaños!

4 DE FEBRERO DE 2017. Cerca de seis mil doscientos guerrilleros de las Farc salen de la selva para concentrarse en los lugares donde han de dejar las armas. Arriban a veredas de Córdoba, Nariño, Antioquia, Putumayo, La Guajira, Meta, Guaviare, Chocó, Tolima, Arauca, Norte de Santander… llegan en chalupas, en camiones, en chivas, en camionetas, a pie. Vienen llenos de barro, con atados al hombro, con ollas, sonríen, se reencuentran, se abrazan, preguntan, sueñan. Traen sus nutrias, sus pericos, sus perros, sus hijos en los vientres y en los brazos. Vienen de cincuenta años de combates y de huidas, han caído miles de veces, han muerto y resurgido de la tierra, del odio, del dolor. Ahora creen en el tiempo de la paz, se afanan por llegar, no tienen más destino que la voluntad de otros, otra razón que confiar en los demás. Esto no podías haberlo imaginado. Tampoco habría pasado por tu cabeza lo que supe varios años después: que las purgas internas, que la paranoia… y aquellas palabras como un puñal que todavía me hiere: “¡Con el compañero se cometió un error!”.

No hubo tal sociedad de la libertad, no se implantó el sueño del hombre nuevo. La patria sigue siendo un trapo de colores desteñidos, un himno que exalta la guerra, montañas y selvas cada vez más desoladas, la riqueza despojada y mal repartida, los afanados consumidores en los centros comerciales, la desconfianza en las calles, el puñado de ilusos y soñadores de siempre, pero con distintos nombres; los mismos hampones de apellidos ilustres; el hombre devorando al hombre. Tus comandantes no solo han pactado la entrega. También borraron tu rostro y el de miles que soñaron que su sangre abonaría una sociedad justa. El olvido es otra muerte que no quiero para ti.

(2017)

*** 

Ni temprano ni tarde para nada

Imagen de Alberto Rodríguez Tosca (tomado de Revista de poesía La Otra, edición 2015)

La eterna miseria que es el acto de recordar

Virgilio Piñera

Todos los días lo mismo levantarse
tomar café bañarse vestirse salir
a caminar lo mismo todos los días
lunes martes miércoles la misma
brutal resurrección después de una
madrugada de muerte todos los días…
la inmortalidad del miedo y la rueda dentada
de la repetición todos los días lo mismo
todos los días lo mismo todos los días…

Alberto Rodríguez Tosca

 

Y como todos los días por las mañanas, salgo a la esquina de la calle veintitrés con cuarta a buscar el taxi que me llevará a la rueda dentada del trabajo, en la que me pierdo y me descabezo tantas veces, hasta que el atardecer me permite sacar del cajón otra vez el rostro que sonríe y contemplar las sobras de la luz roja que la tarde gotea, antes de embutirme de nuevo en el carro que me vomita en la misma calle, que a esa hora ya tiene aroma de espanto, ese que llevan en los ojos y en las manos los transeúntes bogotanos que van deprisa a recuperar el hueco entre su cama, el mismo espanto que cargan a la espalda los habitantes que construyen su cama de sombras en el hueco de la noche. Y en ese ir y venir me tropiezo con Alberto Rodríguez Tosca, que luce como un alma en pena. Lo llamo Albertico, haciendo eco del cubaneo. Sé que somos vecinos pero él elude la referencia. Tiene una sonrisa retraída, casi discordante con esa mirada de brillo tan negro, en la que es difícil saber si se asoma un espejismo o está a punto de llorar. Si no supiera que es poeta me molestaría un poco su silencio cuando le digo que pactemos una cita para conversar, pues ahora la rueda me atropella. Sigue parado en la esquina, no puede leer mi afán o no le importa. Me habla de publicaciones, de amigos cubanos que conozco por ese azar concurrente, menciona historias en las que soy protagonista, sin saberlo. Ríe esta vez con picardía. Delata a un amigo suyo de bohemia al contarme que una madrugada lo acompañó a pararse frente a las torres para gritar su delirio, con la esperanza de que en alguna ventana, en algún piso de los veintiseis, en algún apartamento de los trescientos, yo lo estuviera escuchando. Cuando el taxi me arrebata de su lado le tiro un beso por la ventana y lo veo clavado en la calle como un árbol al que están a punto de talar.

Albertico dice que nos conocimos una noche en la casa de una amiga común. Yo digo que lo conocí a través de sus versos. Pero no cuando leímos juntos en aquel cafetín; no cuando compartimos espacios a donde van los poetas a gorrear una cerveza, a machacar las mismas palabras, a entremeterse los unos en los otros. No lo conocí aquella mañana en que hablamos de escritores cubanos, de la muerte y el destierro; no el día que intercambiamos libros, revistas, evocaciones de esa Habana de ficción y poesía, o el amor por la Cuba hecha cuento y canción. No fue cuando lo vi rodeado de discípulos, copa en mano, boina en cabeza, como cualquier cristo que imparte bendiciones, da consejos, corrige una palabra aquí, suprime un adjetivo allá, anima o reanima al bardo caído, reforzándole los signos de admiración. Tampoco lo descubrí cuando alguien me dijo que era un tremendo poeta, un maestro de la palabra y de la amistad.

Sé que nos conocimos antes. Quizá en Trocadero, en Colón o El Vedado. Una noche caminamos juntos por El Malecón, con el viento en contra, humedecidos de manera intermitente por la brisa y lanzados casi a la desnudez por los brazos de las olas que atraviesan la avenida. Hay señales de precaución pero mi emoción de estar allí es más fuerte que el pudor o el miedo. Es la única vez que le he escuchado una carcajada. Entonces me dejo arrastrar, no hasta un lugar sino hasta un nombre, retrocedemos hasta un tiempo lleno de contenido: el Gato Tuerto, el sitio en el que “hay una noche dentro de la noche”, según Virgilio Piñera. A esa hora el bar está casi vacío. ¿Qué asiento prefieres? ¿El de la felicidad o el de la desdicha? –me pregunta Alberto, parafraseando el poema de Piñera – mientras saca del bolsillo el libro La isla en peso. No es un dilema -respondo- cuando llegue la desdicha dile que no estoy. Porque “hay también el horrendo asiento de la espera” – añade- y hace tiempo lo tengo reservado para mí. Con una risa cómplice hacemos el primer brindis, pero a medida que van llegando más y más gentes “con ojos como prismáticos, con bocas como ventosas, con manos como tentáculos, con pies como detectores”, entiendo que una tristeza profunda lo embarga y después de un parpadeo veo que ya no está allí, se ha fugado del instante y de mi ensoñación.

Vuelvo a verlo en Bogotá, en la Séptima con Jiménez, le pregunto por su isla y saca de su chaqueta nuevamente el libro de Virgilio, y siguiendo el juego verbal, añade que del peso ya no le queda nada. Su humor hace doler un poco. Siento que tenemos la memoria común de un mundo narrado por otros, como esos recuerdos ajenos que a fuerza de escucharlos terminan siendo propios, como esos sueños reiterativos que forman parte de la memoria de lo vivido. Su rostro desencajado revela noches de insomnio, la angustia del día, el hambre, no de pan sino de ese “caballo de coral” que pasa por los ojos del pescador en el cuento de Onelio Cardoso. La barba descuidada, la pátina de su piel, el desgano en el paso, todo en él habla de estar aquí por equivocación, por extravío, preso en el país de las desgracias, errando en la ciudad de la indolencia, aprisionado entre los cerros plomizos, estrellándose “con un muro de gente”. Lleva ese rostro tan amargo como una gota de Silva, también busca su sombra que divaga y sigue sin entender que ninguna calle de esta fea ciudad ha de morir felizmente en El Malecón. O tal vez sí. Quién sabe si cuando camina hacia la Tercera, y en vez de doblar a la derecha por la Jorge Tadeo sigue hacia el Oriente, como poseído por un deseo, se estrella contra una ola gigante que lo sacude hasta las lágrimas y no contra Monserrate. “Quizás volver a caminar sobre las aguas para sentir la sedosa dentellada de los peces amaestrando nuestros pasos con sus torvos venenos”.

Ya no recuerdo cuándo lo conocí. Sé que me impresionan su mirada de niño perplejo, su extrema delgadez, la timidez y esa propensión al silencio que no riman con el cubano locuaz y desenvuelto. Sobre todo me desconcierta su disposición a la escucha y su generosidad con otros escritores, dos cualidades que casi nunca poseen los poetas. La memoria de los amigos guarda ejemplos de estos dones, de los que él nunca presume. Alguien dijo una vez que el cubano se vende, pero Albertico se cierra, se oculta. Tal vez se despliega con su gente pero nunca hasta el punto del protagonismo. “Un hombre tiene derecho a defenderse de un mundo exhibicionista e impúdico que desprecia a quienes descubren en el retiro de una casa la única forma de sobrevivir a la miseria de las calles pudriéndose en su asfalto de momias que se contonean al ritmo del tic tac de un reloj”.

Como sé que ya no volveré a encontrarlo en la calle, bajo por la Veinticuatro hasta la esquina donde sospecho que vive, me paro frente a una edificación semejante a un juego en el que se junta una pieza sobre la otra, sin ton ni son. Sobre una casucha han construido una casa enclenque y arriba de esta armaron otra que no guarda ninguna relación con las de abajo. Parecen partes sueltas, a punto de caer. Las fachadas son tan estrechas que apenas toleran exiguas ventanas. En la del tercer piso hay un remedo de balcón donde muere de tristeza una rama dentro de un tarro de lata. Presiento que Alberto habita este castillo de naipes frente a la venta de pollo, que en las mañanas despide un aroma de hielo y sangre.

Y como sé que ya no volveré a encontrarlo, traspaso la puerta del primer piso donde un hombre vende paquetes de aire con etiquetas de colores. Me hace señas para que continúe por la escalera. Llamo a la puerta del segundo piso y me abre una mujer con un niño en brazos. Le pregunto por el cubano y con el dedo me indica que siga subiendo. Así que vive en el balcón de la triste matera, pienso mientras asciendo por escalones angostos y empinados que terminan en una puerta de hierro. “Sentí como chirriaba, tropecé en algún tronco y miré una ventana encendida, pero la madrugada devoraba las hojas y tú no estabas allí diciéndome que el mundo está roto y oxidado. Entré, subí en silencio las escaleras, abrí otra puerta”. Nuevamente la poesía traspone mundos y tiempos. Esta vez Fayad Jamis se me atraviesa en el camino. Continúo, golpeo la puerta pero nada, allí no hay nadie. “Tocar la puerta equivocada siempre abrir la puerta siempre a la hora equivocada”. Entonces grito: ¡No te escondas! ¡Sigues ahí, tecleando con furia, con dolor, contra el tiempo, como un moribundo! Me doy vuelta y me sostengo en la pared cuando aparece su sombra. Sin miedo la tanteo, la averiguo, la estrujo, le pido de limosna una palabra. Me dice: “No estamos para nadie mi sombra y yo”.

Es inútil recordar cuándo lo vi por primera vez. Qué más da si fue en La Habana, en las Torres Blancas, en La Candelaria o en cualquier cuchitril. Tampoco importa aquel último encuentro en Moros y Cristianos, con el olor del ajo y el tufo del mojito. No había forma de saber que nos iríamos deshaciendo después de las últimas palabras, que no habría otro momento para el abrazo, que el tiempo nos enterraba su puñal de nunca más.

Sí. Lo conocí mucho tiempo después. Ahora, cuando caigo de bruces y me pongo a escarbar, a otear entre sus versos, ahora empiezo a conocerlo de verdad. Hoy que está aquí de alma abierta y se asoma por esos ojos en donde todavía arde la noche y habla con esa fuerza que llevan sus palabras al chocar en la conciencia, “en la inmortalidad del miedo”, en la “rueda dentada de la repetición”, en los días que se suceden unos a otros, idénticos. Vuelvo a encontrarlo en cada esquina. Y si nos conocimos, ya no cuentan ni el lugar ni las circunstancias porque “nada de lo que escribes es real”. Y algo más: el tiempo no puede ser la excusa para la renuncia o la prisa, para el remordimiento o el olvido. Alberto Rodríguez Tosca y su sombra me dicen que no es “ni temprano ni tarde para nada”.

Quiero recuperar el tiempo perdido, restituir
el tiempo ganado, quedarme temporalmente sin tiempo.
Prófugo del tiempo y de mí, hasta que cese la algarabía de
unas manos ajenas huyendo de la tierra con mis manos.
… Me declaro en huelga de tiempo.

Yo también.

(2018)

***

El grito del ser

 

Una jaula fue en busca de un pájaro
Franz Kafka

 

Una sensación muy frecuente que tiene cualquier lector serio de literatura es percibir que la lectura que está haciendo no es nueva, que antes ya ha leído algo semejante; una atmósfera, un diálogo, un giro en la narración, lo remiten a otra historia, a otra obra quizá olvidada, que el nuevo texto despierta y pone en evidencia de una manera mágica. Una obra o muchas obras están ligadas a otras de modo, casi podríamos decir, inconsciente; entre ellas se alimentan y cumplen con la misión de que las ideas perduren en la memoria de los seres humanos. Quizá, como dice Jorge Luis Borges, todos los libros no son más que el mismo libro, y todos los autores no son más que un solo autor. Nadie dice nada que no haya sido dicho previamente. El genio está en conectar las claves universales y escribir como si fuera la primera vez que algo se escribe, para lograr que un lector tenga la ilusión de que es la primera vez que lo lee.

Luis Rogelio Nogueras en su poema “Eternoretornógrafo”, desarrolla bellamente la idea de un único poema escrito por todas las generaciones de poetas, que sucesivamente renace y vuelve a ser escrito, en un juego interminable de la sensibilidad.

A propósito de Franz Kafka y el mundo que hay en sus obras, Borges considera que su genio no es singular, puesto que su voz, o sus hábitos, se encuentran en la literatura de todos los tiempos y épocas. Es más, “el hecho es que cada escritor crea a sus precursores” (la cursiva es del autor). De este modo encuentra que una de las obsesiones de Kafka, sus ficciones sobre la eternidad, la inutilidad y los obstáculos mínimos e infinitos, está ya en la paradoja de Zenón sobre el movimiento imposible (antes de llegar a B deberemos atravesar el punto intermedio C, pero antes de llegar a C deberemos atravesar el punto intermedio D, pero antes de llegar a D…) y en el certamen interminable entre Aquiles y la tortuga.

Igualmente, el escritor argentino encuentra precursores de Kafka en la literatura china, en la filosofía de Kierkegaard, en las expediciones al Polo Norte, en un poema de Browning y en cuentos de diversas épocas y autores. Considera que en todos esos escritos, que no se parecen entre sí, está la idiosincracia de Kafka y todos ellos profetizan su obra. Al mismo tiempo, dice, nada de eso habría podido ser percibido si no hubiera existido Kafka. Así, estas visiones son como las que observamos en un juego de espejos encontrados, pero nunca coincidentes. ¿De qué lado está la realidad y dónde la imagen? ¿Qué o quién se refleja en qué? Cuestión insoluble, por lo menos para quien lo mira todo con los ojos del asombro.

Esta idea de un autor que crea a sus predecesores abre una puerta maravillosa a la imaginación, e implica que la obra de un escritor permite modificar la concepción que se ha tenido del pasado y modificará la que tendremos del futuro: “en esta correlación nada importa la identidad o la pluralidad de los hombres”. En esa medida, y siguiendo la consigna borgiana de que un hombre es todos los hombres, un autor permite descubrir a otro que permaneció oculto en el pasado, que no fue oído (la sordera universal también es infinita), que tal vez fue rechazado por no cumplir con el canon, o por ser demasiado grande para la estrechez de su época.

Es el caso de Herman Melville, sobre cuya obra Kafka proyectaría una “curiosa luz ulterior”. Bartleby fue escrita en 1853 y publicada tres años después dentro del volumen The Piazza Tales. La obra no tuvo acogida por parte de lectores y críticos, pues la fama de Melville había declinado muy pronto y después del éxito de sus novelas de aventuras, el oscuro escribiente no provocaba el menor interés. El público pedía héroes y conductas temerarias, conquistas de mundos inhóspitos, no seres insignificantes que con su comportamiento trababan la maquinaria del mundo exitoso, la cadena productiva de hombres cosificados.

La semejanza de Bartleby con un personaje kafkiano es casi aterradora. Por momentos uno tiene la impresión de que la diferencia radica en el punto de vista. Mientras Melville prefiere focalizar la historia en el secretario de apelaciones y dejar que él nos hable de ese “joven inmóvil”, con su figura “pálidamente limpia, lastimosamente respetable e incurablemente desolada” que es Bartleby, Kafka se infiltra en la cabeza del escribiente, o del viajante, o del médico rural, para que hablen de sus terrores cotidianos, paralizantes e insolubles. Así habla Gregorio Samsa:

¡Ay, Dios! -díjose entonces- ¡Que cansada es la profesión que he elegido! Un día sí y otro también de viaje. La preocupación de los negocios es mucho mayor cuando se trabaja fuera que cuando se trabaja en el mismo almacén, y no hablemos de esa plaga de los viajes: cuidarse de los enlaces de los trenes; la comida mala, irregular; relaciones que cambian de continuo, que no duran nunca, que no llegan nunca a ser verdaderamente cordiales, y en que el corazón nunca puede tener parte. ¡Al diablo con todo!

Quién no ha sentido en “el vientre una ligera picazón” al despertar y entender que empieza la pesadilla cierta de un día entregado impunemente al trabajo, a la sordidez de la oficina, a la prisa de los semáforos, a la depresión de los ascensores que nos tragan con sus bocas mecánicas y nos expulsan como masas, en el lugar que odiamos y en el que caminamos erguidos, como serpientes que han perdido la tierra.

Quién no ha saltado de la cama con el terror del despertador que ha seguido de largo, con la sensación que en ese mismo instante el cuerpo se llena de arena, y por más que nos esforcemos no lograremos levantar un brazo para decir: ¡No ha sido mi culpa! ¡El reloj no sonó! ¡No me condenen por este acto traidor de mi inconsciente! “¿Es que no podía haber entre ellos algún hombre de bien que, después de perder aunque solo fuese un par de horas de la mañana, se volviese loco de remordimiento y no se hallase en condiciones de abandonar la cama?”.

Bartleby tiene otra forma de resistirse a las exigencias del mundo del trabajo. Su resistencia pasiva e inofensiva genera malestar y desconcierto. Su “preferiría no hacerlo” es la consigna de la desobediencia que engendra el caos; el funcionario que no funciona y bloquea la lógica de un mundo que exige la sumisión y la zalamería.

Siguiendo la idea esbozada al principio sobre los vasos comunicantes de la literatura, hay otro hombre que viene a la mente cuando se explora la atmósfera de las oficinas y el sentido del deber: es Meursault, el personaje de El extranjero de Albert Camus. Cumple con sus labores, saca de quicio al patrón cuando hace evidente que carece de ambiciones y proyectos; no quiere un cambio de vida porque considera que nunca se cambia de vida, “en todo caso todas valen igual”; el mundo le es indiferente, nada tiene importancia para él. Aún en el banquillo de los acusados, su honestidad raya con el cinismo o la tontería. No puede mentir, ni siquiera para salvarse de la guillotina.

Bartleby tampoco falta a la oficina, cumple obsesivamente con el horario laboral, pero se resiste a trabajar. Su presencia inútil es un insulto al trabajo. No es el hombre que, ante la rutina de sus ocupaciones, con angustia se plantea la pregunta del ¿para qué? Bartleby es la respuesta misma a este interrogante. Es el fracaso del orden capitalista en el que los individuos desaparecen bajo sus trajes oscuros e idénticos, en el que no cuentan los hombres o las mujeres, sino los resultados y las utilidades. Bartleby es una mancha indeleble en la pared de la oficina, un estorbo en el rellano de la escalera, una nota discordante en la sorda armonía de Wall Street. El sistema no puede con él y el único lugar que le tiene reservado es “La Tumba”, irónicamente el Palacio de la Justicia, el sanatorio o la cárcel.

El silencio de Bartleby corresponde al gruñido de Gregorio Samsa, que a pesar de su discurso esmerado y suplicante no logra que le entiendan nada, y menos que se compadezcan de su miserable condición. La diferencia entre Melville y Kafka, en cuanto al tratamiento del tema, es que Melville ha tenido piedad de Bartleby y permite que el narrador, el abogado de apelaciones, llegue a sentirse responsable del insólito personaje y quiera convertirse en su protector.

El abogado representa los residuos de compasión de un sistema que niega la fragilidad del ser humano. Por eso continuamente se cuestiona sobre el sentido del deber y se desespera por el antihéroe, queriendo ayudarlo, pero no obtiene más que la misma frase repetida y la negación obstinada a formar parte de un mundo que no satisface. Esta nota de conmiseración, encarnada en el narrador, es la forma que tiene Melville para pedir misericordia a toda la humanidad.

En el universo de Kafka no cabe la compasión. En sus obras los personajes son perseguidos o castigados sin ninguna explicación. La incomunicación, la soledad, el sentido frío del deber, la maquinaria de la subordinación, dirigen los comportamientos humanos. No hay nada que el individuo pueda hacer para librarse de la tiranía cotidiana de las instituciones, incluidas las relaciones familiares y sociales. Todos sus esfuerzos siempre serán inútiles.

El médico rural ha sido traicionado por los pacientes; el jinete del cubo morirá de frío porque nunca sus súplicas podrán ser escuchadas por la mujer del carbonero, aunque sus palabras estén apuntando al corazón; Josef K. es degollado sin entender el delito de que lo acusan; Karl Rossmann después de muchas peripecias en América, logra ser admitido en el Gran Teatro Natural de Oklahoma, tan extenso e inabarcable como el mundo; el agrimensor nunca podrá penetrar al castillo, ni logrará ser escuchado por los funcionarios; el campesino que pretende acceder a los favores de la ley, muere sin traspasar sus férreas puertas; el narrador colecciona abogados, pero sólo encuentra viejas gordas, fiscales como “zorros astutos, sagaces comadrejas, ratoncitos invisibles que se escabullen entre las piernas de los abogados”. Al regresar al hogar, el hombre no se atreve a llamar a la puerta de la cocina: “es la casa de mi padre pero todos están uno junto al otro, fríamente, como si estuviesen ocupados en sus asuntos, que en parte he olvidado y en parte no he conocido jamás”. El buitre es el símbolo de la impiedad que devora las entrañas.

Gregorio Samsa muere con la manzana podrida clavada en su espalda, como un puñal de odio que le ha lanzado su padre. Será relegado y despreciado por la familia a quien sostenía cuando era un empleado ejemplar. Su presencia en la casa, como la de Bartleby en la oficina, resulta bochornosa. Los dos desencajan y desestabilizan el orden social. Los mundos del trabajo y de la familia no están hechos para comprender sino para exigir y para cumplir. Kafka no se cansará de recordarlo y recrearlo en su obra. Finalmente, las instituciones tienen el encargo de alejar cada vez más el paraíso. Tan patético como lo refleja este microrrelato:

Podría estar muy contento. Estoy empleado en el ayuntamiento. ¡Qué importante ser empleado del ayuntamiento! Poco trabajo, sueldo suficiente, mucho tiempo libre, y gran consideración a los ojos de toda la ciudad. Si considero bien la situación de un empleado del ayuntamiento no puedo dejar de envidiarlo. Y sin embargo, ahora lo soy yo mismo, soy empleado del ayuntamiento… y quisiera, si pudiese, arrojar esa dignidad mía al gato de la oficina, que todas las mañanas va de cuarto en cuarto, recogiendo los restos de nuestros almuerzos.

Kafka y Melville de una manera magistral, por momentos trágica y otras veces sutil, nos muestran su visión del mundo del trabajo; la atmósfera de las oficinas, pesada como nubes ahítas de lluvia, que sepulta a los empleados; la angustia del sentido del deber, que los convierte en insectos; la imposibilidad de que el ser humano pueda ser escuchado o comprendido en medio del ruido de la maquinaria que muele conciencias. Para decirlo con García Lorca: “Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina”.

Nuestro mundo está lleno de Gregorios que corren hacia los trenes, los aviones o los buses, con tal de no ser expulsados, aunque su carrera espante cada vez más los sueños que esconden bajo la almohada. Hay muchos Bartlebys ojerosos que espantan en las oficinas y que preferirían no hacer nada, en vez de seguir contemplando el muro oscuro donde rebotan sus ojos durante ocho horas al día. Allí están, envueltos en relaciones donde “el corazón nunca puede tener parte”, con miedo a no despertar a tiempo el día siguiente, conteniendo las ganas de saltar por la ventana.

Bartleby y Gregorio Samsa no son hombres. Son esa forma de resistencia interior que cuestionan la racionalidad que arrasa con el individuo. Un grito del ser.

(2005)

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