Yo arriba, en el infierno

Imagen de Baldomero Romero Ressendi

Yo arriba, en el infierno.
Este infierno es raro: en vez de abajo,
en lo profundo, es arriba, bien arriba.

Alberto Pineda Vanegas

 

JUEVES 23 DE ENERO DE 1986. Ellos irrumpen de madrugada en la casa que dormita en silencio, a la hora en que las ratas roen su mejor bocado de sombras y papel. Él sueña con pasos de agua, con una roca a punto de estallar. Una voz de tono bajo y firme lo hace saltar del lecho: “¡Buenas noches, señora, perdone la molestia, esto es un allanamiento!”. Ya está sobre las tejas rojas, junto a la camada de los ratones que hace meses construyeron su guarida al abrigo de la luna y que ahora se ven forzados a desperdigarse sin ton ni son. Por un instante sus ojos se encuentran con los de un ratoncito asustado que antes de pasarle por entre las piernas lo mira con terror. Una teja se ha roto y unas manos lo sujetan con violencia. Ahora envidia la maestría de los roedores en su estampida. Mientras un hombre lo doblega, el otro lo invita a bajar para asistir a la fiesta de su humillación. Cartas de amor, letras de canciones, el dulce cuerpo de la flauta, los libros de filosofía, los teoremas, los planos de electricidad, la caja de herramientas… todo está bajo sospecha. Evita los ojos de la madre y de los hermanos que ya están en la sala, como recién entrando a una pesadilla. Con las manos maniatadas, el frío de la calle le hiere la cara. Es un amanecer brutal, piensa. Arriba del camión se abre el infierno. Las voces pausadas se transforman en rugidos. Siente que ha llegado el fin.

Recuerdo su risa bajo el movimiento del bigote y el brillo negro de sus ojos juguetones. Siempre sus carcajadas celebran lo cotidiano, la alegría del encuentro. De esos labios sale música, anécdotas sentidas, convicciones. La fuerza de su ímpetu tiempla las fibras de sus músculos. Al final de la tarde siempre lo encuentro en el gimnasio de la UIS. Mientras yo ensayo mis timoratos esquemas en el piso, él está arriba, trepado en las argollas, aguantando, resoplando para sostenerse erguido y con los brazos extendidos, o montado en el potro, alternando sus manos, balanceándose con el ritmo y la fuerza que tensan todo su cuerpo. Es muy bajo de estatura y lo que le falta de talla le sobra de ganas y coraje, digo para mis adentros. Con la misma energía erige su pensamiento y afina las cuerdas de su voz. De tanto vernos allí, empezamos a sentirnos familiares. Una tarde me pregunta qué carrera estudio. Quiero mentirle pero algo me dice que su pregunta no es trivial. Algo en su mirada me comunica que no será un encuentro pasajero. Le digo que ninguna, que soy una infiltrada, apenas estoy terminando el bachillerato en El Pilar, me he inscrito en un curso de extensión que se hace los sábados y me he tomado el derecho de entrar al mundo universitario y de colarme tres tardes por semana al gimnasio. Cumplo ahora con una rutina de ejercicios con el auspicio de un profesor que me imagina estudiante de la Universidad y ha querido entrenarme en el abc de la gimnasia olímpica y prepararme para que un día sea parte del equipo. El profe adivina que desde niña tengo muchos sueños y uno es convertirme en gimnasta, pese a que mis piernas y mis reflejos no ayudan. Aunque no logro pararme de cabeza, no me doy por vencida. Me mantengo en la rutina por mi terca disciplina.

En su diario resume cincuenta y ocho horas de golpes y terror en la Quinta Brigada del Ejército. Estar en el filo de la espada, al borde del abismo, en brazos del espanto. La sinfonía de los trinquetes, la venda en los ojos, las manos atrás, tan lejos de su alcance, a punto del cercenamiento. Las lágrimas se funden con el sudor, los gritos y los hijueputazos tiemplan el acero de sus convicciones. Está seguro de que lo van a matar. Siente que el frío le traspasa la médula. “¡Qué joda tan arrecha! ¡Por poco me cago del horror!” escribe. Lo niega todo, lo niega una y otra vez porque no es cierto. Solo acepta su militancia política. Se siente orgulloso cuando grita que es miliciano ¡de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, Ejército del Pueblo! En los intervalos del espanto se arrellana en el metro cuadrado, llora un poquito por su padre. En la segunda mañana cesan las torturas, le quitan la venda y puede ver a quienes lo han acompañado en el concierto de gritos y madrazos. Los conoce de la Universidad, pero nunca ha hablado con ellos: Orlando, Javier, Carlos, Gustavo, Antonio, la sardina Yaneth y Rosa. Son ocho estudiantes marchando escoltados por los torturadores. En el Juzgado 109 Yaneth es forzada a leer un panfleto con voz trémula. Él se consuela pensando que son mentiras firmadas por ocho. No está en condiciones para preocuparse porque una mentira repetida por más de uno pueda llegar a convertirse en verdad. Después de la legalización de la captura los transportan en una panela de la Policía y ríe pensando en la irónica sensación dulce que hasta ese momento le representaba esa palabra. La primera parada es para dejarlas a ellas en la cárcel de mujeres y luego los reseñan en La Modelo. Son pocas cuadras entre uno y otro penal. Alcanza a ver el mediodía perezoso del sábado, el sudor de la gente que camina por la Novena y mira el vehículo sin ver a sus ocupantes. Ha empezado a convertirse en fantasma.

Ya soy experta en los rollos hacia adelante y hacia atrás, me paro en las manos pero nunca logro caer con la suavidad que exige la técnica y todavía no logro hacer bien las medialunas o laterales. Pese a esto monto un esquema sencillo y me atrevo a participar en una competencia interna haciendo un pálido debut sobre la alfombra azul. No me importan las medallas sino la alegría del atrevimiento. De ese momento recuerdo mi emocionada frustración y conservo una foto con mi traje azul que deja al descubierto mis piernas porque no llevo trusa debajo. La foto fue tomada por Alberto Pineda. Así me ha dicho que se llama. Se ríe todo el tiempo con los ojos y suelta una carcajada cuando le confieso lo de la infiltración. Dice que vive en el barrio La Joya y que me ha visto en el Alfonso López, cuando va en el bus hacia la Universidad. Le digo que el bus pasa enfrente de mi casa, pero que esto de venir al gimnasio es un secreto, que en casa nadie sabe de mis prácticas de calistenia, papá me daría un sermón, me prohibiría volver. Suelta otra carcajada de complicidad que me da confianza y siento ganas de seguir compartiéndole secretos: yo también he leído obras de Marx, Engels y Lenin; mi sueño era irme a estudiar a Moscú pero siendo un imposible he tenido que cambiarlo por viajar a Bogotá para estudiar en la Universidad Nacional; yo también creo en la revolución, escucho música andina y escribo poesía. Entonces entendemos que no hay azar, que todos los caminos nos llevan a ser amigos.

El ingreso a La Modelo es agobiante por los tiempos de espera, las mismas preguntas una y otra vez, la toma infinita de huellas dactilares, la perorata de una mujer que se encarga de la recolección de datos y que se atreve a darle clases de urbanidad y catequesis, las mil requisas y tocatas de piano… Al fin en la celda de recepción, se siente en el paraíso porque la Quinta Brigada simbolizaba la muerte. Allí ven llegar los visitantes del sábado por la tarde que son los padres, los hermanos, los hijos, los amigos. En la fila presurosa de hombres alcanza a ver algunos conocidos. Sabe que nadie pregunta por él pero se le van los ojos tratando de localizar alguna figura que logre acercarse y verlo. Están incomunicados y solo son sombras tras las rejas. Esa noche conocen las delicias de la gastronomía carcelaria. Les traen un balde con lavazas que comen con ansiedad y aprenden a fabricar una cuchara con restos del tubo de pasta de dientes. Cuando termina la visita los sacan al patio y allí tiene lugar la fiesta de recibimiento, la silbatina, los aplausos, cientos de ojos que los miran y en coro gritan ¡Copetrán! ¡Copetrán!, como anunciando la llegada de un bus que trae nuevos reclusos. Uno de los internos hace de jefe de protocolo y se acerca para darles la mano. Los demás exclaman: ¡Son los estudiantes! ¡Los de Bucarica! ¡Los de la UIS! Otros ríen diciendo ¡Los que encontraron con la dinamita! Finalmente llegan los presos políticos y les dan la bienvenida.

A veces me acompaña en el viaje de regreso a casa, ha empezado a visitarme por las noches, hablamos por varias horas parados en la puerta, hasta que papá apaga la luz de la sala, anunciando que es hora de que se vaya, joven. No para de contarme sus pasiones. Me habla en tono bajo, como si hubiéramos hecho un pacto de complicidad. Me cuenta sobre La Múcura, el grupo musical universitario en el que hace sus solos de flauta, me canta El negro José, ríe recordando sus aventuras en el Nevado del Cocuy, me habla de Diana Amparo, su novia, de la vida universitaria y de sus clases de ingeniería eléctrica. Muchas ocupaciones y grandes pasiones a sus veintiún años. Pronto comprendo que todo lo asume con el mismo grado de seriedad y de disciplina. Los encuentros se repiten, se espacian en el tiempo, vienen los años en los que solo hablamos cada vez que estoy en Bucaramanga de vacaciones. Una noche en el patio de mi casa, en el mismo tono clandestino, me revela otra de sus facetas: su activa militancia política.

Habían salido en la página judicial de Vanguardia y eso los hace sentirse famosos. En la Revista Semana mencionan a Carlos, el estudiante de medicina de la UIS, dicen que él junto con su esposa y los demás detenidos planeaban hacer explotar a Bucaramanga. Nada más absurdo y alejado del sentido común. Alberto ríe al mencionarlo. ¡Explotar a Bucaramanga, nosotros, los enamorados del pueblo, los hinchas del Atlético, que adoramos a la familia, que soñamos con la felicidad colectiva, los que vamos a clase y hacemos arengas para que el gobierno no maltrate a la gente, los que tocamos y cantamos música andina y también lloramos con la poesía y con el pobre Negro José!

Por su jovialidad, ese don que tiene para tratar a todo el mundo con cariño y ganarse la confianza, le han abierto las puertas de mi casa. Me cuentan que hace visitas nocturnas, se entera de los pormenores de mi familia, da consejos, y de paso pregunta por mi vida en Bogotá. En las vacaciones o en los cierres de la Universidad volvemos a encontrarnos. Me hace informes de sus últimas aventuras y descalabros. En uno de los trabajos que asume para tener algún ingreso y ayudar a los suyos, ha sufrido una descarga eléctrica. Lo cuenta con risa nerviosa. Sus manos tienen marcas y callos porque trabaja desde muy joven. Sus padres son campesinos, gente hecha a pulso, a gritos y privaciones. Son doce hijos en casa. Doce para repartir los rincones y buscar el mejor sitio para el sueño, doce para bañarse en las mañanas y salir los domingos a misa, doce para repartir lo poco que tienen, para lavar la ropa, para hacer las tareas y tomarse la sopa. Cada uno tiene que buscar rápidamente un oficio, dejar de soñar y acomodarse la cabeza. Solo él logra entrar a la universidad y torcer el camino que le está destinado.

Ir a la universidad significa conectarse con la sociedad, deliberar, participar en los actos públicos, hacer arte, pronunciar discursos en La Gallera, sentir que le duele el mundo, que tiene un papel en su transformación, soñar con cambios y provocarlos, convertirse en un ser político, exigirse al máximo, entregarse.

No tienes ninguna pena, al parecer
pero las penas te sobran, negro José
en el baile tú las dejas, yo sé muy bien
amigo negro José…

La flauta le suena, la flauta le suena dulce, le dicen los compañeros. Y “su camisa endiablada quiere saltar” de alegría, pues es muy feliz cuando hace música, todo su cuerpo ríe. Muy temprano en las mañanas sale a trotar con su gringa, así la llama desde el principio. Le gustan sus crespos rubios, sus pómulos rosados y toda ella que se ha convertido en su compañera de juegos y deporte. Me los cruzo un domingo por la tarde cerca al estadio. Van en una bicicleta muertos de risa, ella de medio lado, sentada sobre la barra, él con los brazos tensos en el manubrio. Son felices y van de paseo. Es la primera vez que lo veo acompañado y todavía no puedo saber en qué circunstancias tendré que involucrarme con ellos.

El domingo 26 de enero experimenta intensas emociones. La visita de las mujeres lo carga de energía. Ve a su madre y siente la tristeza y la ternura que lo convierten en niño, toma en sus brazos a Diana Amparo y el cuerpo de la mujer lo retiene, lo abarca, lo llena, lo libera. También van sus hermanas y sus amigas. La dicha lo hace olvidar el sitio en que se encuentra. Se pasea por lo corredores de la cárcel casi con alegría, saluda y presenta sus mujeres a los compañeros. Nos lleva a la celda y nos muestra el muro que ha empezado a llenar con poemas y consignas, el piso de cemento donde duerme. Escribo unas líneas en el muro, le digo que la poesía lo hará libre: “Aquí se halla preso un hombre… una conciencia… un pueblo”.

Ya hemos ganado tanta complicidad que ahora se atreve a contarme algunos detalles sobre su vida de militante. El trabajo ideológico y el estudio de la coyuntura lo combinan con entrenamiento físico y tareas puntuales que se cumplen a modo de pruebas y desafíos. Se requiere templar los nervios y la conciencia. Con agobio me relata un episodio que le pesa. Le han encargado que le comunique a una joven simpatizante la necesidad de que acuda a un acto ficticio. Él debe ir hasta el salón de clases y hacer que lo acompañe de inmediato. Sabe que ella está a punto de presentar un examen que le es fundamental para aprobar la materia y sin embargo su rol es presionarla para que suspenda el examen y abandone la clase. Así se prueban las convicciones, justifica. Entiendo las razones pero reprocho el método.

30 DE SEPTIEMBRE DE 1985. SURORIENTE BOGOTANO. Las fuerzas de seguridad del Estado asesinan a once militantes del M-19 que asaltaron un camión repartidor de leche. Quieren distribuirla entre la gente de un barrio deprimido. Son jóvenes que apenas pasan de los veinte años, en su mayoría estudiantes de la Universidad Nacional. Una es Isabel Cristina, mi compañera de sexto semestre de psicología. A ella, a su novio y a tres jóvenes más los hacen tenderse en el piso con las manos atrás y allí, delante de todo el mundo, los acribillan por la espalda. A otros que han querido escapar los masacran dentro de un bus. Durante tres días hierve la Universidad. Nos movilizamos en la protesta y la denuncia. Alguien prende fuego al bus que acabo de abordar. Al tratar de huir de las llamas, caigo. Lo demás son petardos, gases lacrimógenos y la conciencia de un hueso que duele.

En las vacaciones de diciembre Alberto me ve cojeando y se entera de lo que me ha ocurrido. Se conduele y se enternece. Cuando salimos a caminar trata de protegerme, quiere evitarme otra caída. Ese día me pide algo que suena desproporcionado. Me dice que, no importa lo que ocurra, le prometa que no voy a sufrir por él. Su ruego es incomprensible. “Mira a los tuyos con mi alegría –me escribe-, traspasa poco a poco mi nombre a tus apuntes. ¡Ssshh… pero hazlo en secreto! Que tus libros, cuando la distancia nos separe, respondan con todo ese entusiasmo a tus formas hermosas de escribir… No te abandonaré. Quisiera vivir la eternidad contigo… Hoy no terminará nunca”.

En la noche de ese primer domingo en la cárcel se abalanza sobre el cuaderno para consignar sus emociones. Anhela que su sufrimiento contribuya a lograr “una nueva patria”, ruega que sus ojos puedan ver algún día “la luz de la libertad, la grandiosa luz de la verdadera democracia y justicia”. Sus palabras hacen pensar en el héroe romántico, en el mártir por el sueño de la felicidad colectiva, en el hombre que desde la celda echa a volar los pájaros y se regocija con ese acto de generosidad hacia los otros.

Mientras él espera con ansiedad las visitas, su gringa y yo desesperamos por hacerle llegar lo básico para su estadía en la cárcel. Ahora conformamos un equipo de rescate emocional. Que duerma sobre una colchoneta, que tenga un radio, sus implementos de aseo, una cobija, algunas cosas de comer y que no le falte la poesía. Las provisiones deben pasar una inspección minuciosa de los guardias, las cartas deben atravesar la inteligencia canina y la censura de un mandamás que generalmente está privado de la primera, a juzgar por la forma como desliza los ojos por los renglones, por las preguntas que hace cuando se topa con una metáfora o se tropieza con una palabra que no entiende y de la que, por tanto, debe sospechar. Respondo sus preguntas con altivez, casi con arrogancia, pues es la primera vez que me enfrento a este tipo de interrogatorios y mi ingenuo comportamiento provoca la ira del sabueso. Si pudiera, me colocaría los grilletes o me daría una paliza por altanera.

La primera semana en prisión es descrita en su diario como “una hermosa semana de experiencias”. Se divierte con los chistes de Calavera y Ovidio, trabaja en el mural de su celda, lee poemas de Eduardo Carranza y de Miguel Hernández, agradece los envíos que le hacen sus compañeros de estudios, su familia y amigos. También toca guitarra, pide al director que le permita dar clases, asiste al centro lírico, escucha noticias, hace gimnasia, se queja de la tos y del dolor que le han dejado las torturas. La alegría está al final de la espera incesante del fin de semana cuando volverá a ver a las mujeres. Antes de la visita completa el mural con los versos de Miguel Hernández:

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Son humillantes las requisas a las que debemos someternos las mujeres para entrar a la cárcel. Primero hacemos una larga fila en la calle. Allí tiene lugar un comercio informal que se alimenta de las desgracias ajenas: alquiler de chanclas, faldas, bolsas para guardar los artículos personales que no nos permiten entrar, venta de guantes desechables, advertencias y comentarios que incrementan la tensión y la zozobra. Pasamos la primera requisa de los perros con sus guardias, luego entramos una a una para ser manoseadas por ásperas guardianas que nos arrebatan el guante y nos auscultan entre las piernas de manera violenta. Quien tenga la menstruación es automáticamente rechazada y vuelve a la calle con cara de vergüenza y desolación. No es solo que estemos bajo sospecha, es el hecho de no mirarnos a los ojos, la ausencia de humanidad, el gesto agresivo y los gritos. Se siente rabia y ganas de llorar.

Para la segunda semana está lleno de proyectos y tareas. Además de leer y escribir, aprende a tejer, va a la biblioteca, solicita la cancelación del semestre en la UIS, recibe la visita de un abogado pero rechaza su gestión, pues cree que solo está interesado en el dinero. Su piel ha tomado un tinte amarillo, propio de quienes pierden la energía del sol, tose con frecuencia y no ha logrado que lo vea el médico. Cuando lleva tres semanas lo cambian de celda. Todo vuelve a comenzar: otro espacio, un nuevo compañero, el ambiente de bazuco, graves advertencias sobre las visitas, chinches que lo devoran.

LUNES 17 DE FEBRERO, SEIS DE LA TARDE. Estoy en cualquier punto de la casa y escucho que llaman a la puerta. Voy hacia allá, extraviada en mi propia cabeza, convertida en una sombra que se diluye a medida que alcanza la luz de la sala. Por entre los resquicios de la persiana veo la extraña aparición. Eso que está allí es un fantasma, pienso. Un fantasma que me hace gritar de conmoción. Es Alberto que sale de una pesadilla, como quien huye del infierno y viene a pedir un vaso de agua. Abro la puerta y nos abrazamos. No sé si estoy viendo a un prófugo o a un alma en pena. Tiene olor a humedad, las manos vacías y los ojos desorbitados. Lo hago entrar, lo atropello con preguntas, tengo miedo de que vengan tras él. Digo que no entiendo nada. Lo han dejado en libertad condicional. La noticia alegra pero en un país de escuadrones de la muerte, de torturas y desapariciones, no hay razón para un final feliz. Los temores, la paranoia, la zozobra, se roban la felicidad. Hay un algo que corroe, que perturba la tranquilidad. Al otro día, de nuevo en su casa, escribe: “Hoy es libertad, a medias. Lo grito en voz bajita”.

Los días que siguen se pierden en la memoria. Nos vemos un par de veces antes de mi regreso a Bogotá. Me promete que irá a mi fiesta de cumpleaños. En los treinta y cuatro días que tiene para reencontrarse con su mundo, ha querido seguir sus rutinas, pasar las hojas, retomar sus clases. Permanentemente se le precipitan las imágenes del cautiverio, las torturas, la reafirmación de las ideas, la reiteración de la utopía. Se jacta de haberlo resistido todo sin delatar a nadie y le brillan los ojos. Son más las cosas que calla y piensa que las que dice o vive. Finge que todo está bien. ¿Qué pasa con sus camaradas? ¿Nadie se responsabiliza de su seguridad? ¿De repente se ha quedado solo? Algo está ocurriendo. Por esos días va al mar y experimenta la sensación de libertad. Si se hubiera quedado extraviado contemplando el azul, persiguiendo una ola, acostado sobre la arena, prófugo del destino, si no hubiera regresado nunca del mar…

21 DE MARZO DE 1986. Aquella mañana sale muy temprano, visita a su novia, le da el mismo beso ardiente y le dice que viajará. Llegará a mi fiesta de cumpleaños. El Juez 9 de Instrucción Criminal promete investigar los hechos. La Kawasaki azul PCC-10 ha seguido su camino. Hay unas monedas cerca a tu mano, las otras han rodado sin control. El bus de La Joya que va por la carrera 27 acaba de pasar. No querías asustar a los niños, no querías que el perro ladrara e hiciera correr al viejo del bastón. Hubieras hecho todo por evitarles esa horrible visión, el mal recuerdo, la prisa inútil a la enfermera que acaba de salir de la clínica. Apenas tienes tiempo de ver el arma que sale de la mano del hombre. Solo un segundo antes le has visto el rostro y lo has comprendido todo cuando el ruido del motor se acercó tanto a la acera. Al principio no adviertes la moto. Tu mirada hace un repaso de la calle pero el pensamiento vuela lejos, descubre otros lugares, busca unos ojos. Sientes que algo salta en el corazón, un loco anuncio de cosas bellas por vivir, un nombre que tienes atravesado en la garganta, en el estómago. Al lado tuyo caminan varios niños que van hacia el colegio en su barullo de gritos y cuadernos. Por la acera de enfrente un viejo con bastón pasea con su perro, una enfermera se dispone a salir de la Clínica San Luis. Te has puesto tu camiseta de rayas y estás sudando. Subes por la calle 48 con tu caja de herramientas, se ve que tienes prisa por la forma como apresuras el paso, es casi mediodía y hace calor. A las dos de la tarde sale el bus hacia Bogotá.

¡Feliz cumpleaños! Todas las voces se mezclan en un solo grito, las palabras y las risas se precipitan, es obligado celebrar la vida, chocar las botellas, cantar en coro, bailar. ¡Feliz cumpleaños! Las manos se tienden en cadenas rosadas, los brazos me atrapan, no hay excusa para apartarse de la celebración. Pero yo estoy esperando tu arribo, tu aparición intempestiva en mitad de la fiesta. Me has dicho que llegarás, aunque sea a media noche. ¡Feliz cumpleaños! Y las horas avanzan sin ti, las voces vuelven a convocarme, me arrastran, me halan al círculo, me preguntan en dónde estoy, por qué voy hacia los rincones, por qué me demoro tanto en el baño, por qué me lanzo hacia la puerta cuando escucho un llamado. En la calle todo es viento helado, oscura soledad ambulante, nada. Y tú sin llegar, y tú sin hablar. ¡Feliz cumpleaños! Y al mediodía tu pensamiento ha viajado para decirme algo y no puedo escucharlo. Vuelves a pedirme que no sufra por ti, me prometes que no me olvidarás. ¡Feliz cumpleaños! Tienes frío, estás solo con tu alegría rasgada que escapa ahora por esa flor roja que tienes en la espalda. Estás solo con esos sueños que comienzan a congelarse. ¡Feliz cumpleaños! Y tus manos han dejado escapar las caricias que apenas iban a nacer. Tu sonrisa ha quedado presa entre tus labios apretados y las palabras no dichas se hacen aire. Me dejas tu cuerpo sin ti como el regalo más triste. Sabía que vendrías de todos modos. ¡Feliz cumpleaños!

4 DE FEBRERO DE 2017. Cerca de seis mil doscientos guerrilleros de las Farc salen de la selva para concentrarse en los lugares donde han de dejar las armas. Arriban a veredas de Córdoba, Nariño, Antioquia, Putumayo, La Guajira, Meta, Guaviare, Chocó, Tolima, Arauca, Norte de Santander… llegan en chalupas, en camiones, en chivas, en camionetas, a pie. Vienen llenos de barro, con atados al hombro, con ollas, sonríen, se reencuentran, se abrazan, preguntan, sueñan. Traen sus nutrias, sus pericos, sus perros, sus hijos en los vientres y en los brazos. Vienen de cincuenta años de combates y de huidas, han caído miles de veces, han muerto y resurgido de la tierra, del odio, del dolor. Ahora creen en el tiempo de la paz, se afanan por llegar, no tienen más destino que la voluntad de otros, otra razón que confiar en los demás. Esto no podías haberlo imaginado. Tampoco habría pasado por tu cabeza lo que supe varios años después: que las purgas internas, que la paranoia… y aquellas palabras como un puñal que todavía me hiere: “¡Con el compañero se cometió un error!”.

No hubo tal sociedad de la libertad, no se implantó el sueño del hombre nuevo. La patria sigue siendo un trapo de colores desteñidos, un himno que exalta la guerra, montañas y selvas cada vez más desoladas, la riqueza despojada y mal repartida, los afanados consumidores en los centros comerciales, la desconfianza en las calles, el puñado de ilusos y soñadores de siempre, pero con distintos nombres; los mismos hampones de apellidos ilustres; el hombre devorando al hombre. Tus comandantes no solo han pactado la entrega. También borraron tu rostro y el de miles que soñaron que su sangre abonaría una sociedad justa. El olvido es otra muerte que no quiero para ti.

(2017)

*** 

Ni temprano ni tarde para nada

Imagen de Alberto Rodríguez Tosca (tomado de Revista de poesía La Otra, edición 2015)

La eterna miseria que es el acto de recordar

Virgilio Piñera

Todos los días lo mismo levantarse
tomar café bañarse vestirse salir
a caminar lo mismo todos los días
lunes martes miércoles la misma
brutal resurrección después de una
madrugada de muerte todos los días…
la inmortalidad del miedo y la rueda dentada
de la repetición todos los días lo mismo
todos los días lo mismo todos los días…

Alberto Rodríguez Tosca

 

Y como todos los días por las mañanas, salgo a la esquina de la calle veintitrés con cuarta a buscar el taxi que me llevará a la rueda dentada del trabajo, en la que me pierdo y me descabezo tantas veces, hasta que el atardecer me permite sacar del cajón otra vez el rostro que sonríe y contemplar las sobras de la luz roja que la tarde gotea, antes de embutirme de nuevo en el carro que me vomita en la misma calle, que a esa hora ya tiene aroma de espanto, ese que llevan en los ojos y en las manos los transeúntes bogotanos que van deprisa a recuperar el hueco entre su cama, el mismo espanto que cargan a la espalda los habitantes que construyen su cama de sombras en el hueco de la noche. Y en ese ir y venir me tropiezo con Alberto Rodríguez Tosca, que luce como un alma en pena. Lo llamo Albertico, haciendo eco del cubaneo. Sé que somos vecinos pero él elude la referencia. Tiene una sonrisa retraída, casi discordante con esa mirada de brillo tan negro, en la que es difícil saber si se asoma un espejismo o está a punto de llorar. Si no supiera que es poeta me molestaría un poco su silencio cuando le digo que pactemos una cita para conversar, pues ahora la rueda me atropella. Sigue parado en la esquina, no puede leer mi afán o no le importa. Me habla de publicaciones, de amigos cubanos que conozco por ese azar concurrente, menciona historias en las que soy protagonista, sin saberlo. Ríe esta vez con picardía. Delata a un amigo suyo de bohemia al contarme que una madrugada lo acompañó a pararse frente a las torres para gritar su delirio, con la esperanza de que en alguna ventana, en algún piso de los veintiseis, en algún apartamento de los trescientos, yo lo estuviera escuchando. Cuando el taxi me arrebata de su lado le tiro un beso por la ventana y lo veo clavado en la calle como un árbol al que están a punto de talar.

Albertico dice que nos conocimos una noche en la casa de una amiga común. Yo digo que lo conocí a través de sus versos. Pero no cuando leímos juntos en aquel cafetín; no cuando compartimos espacios a donde van los poetas a gorrear una cerveza, a machacar las mismas palabras, a entremeterse los unos en los otros. No lo conocí aquella mañana en que hablamos de escritores cubanos, de la muerte y el destierro; no el día que intercambiamos libros, revistas, evocaciones de esa Habana de ficción y poesía, o el amor por la Cuba hecha cuento y canción. No fue cuando lo vi rodeado de discípulos, copa en mano, boina en cabeza, como cualquier cristo que imparte bendiciones, da consejos, corrige una palabra aquí, suprime un adjetivo allá, anima o reanima al bardo caído, reforzándole los signos de admiración. Tampoco lo descubrí cuando alguien me dijo que era un tremendo poeta, un maestro de la palabra y de la amistad.

Sé que nos conocimos antes. Quizá en Trocadero, en Colón o El Vedado. Una noche caminamos juntos por El Malecón, con el viento en contra, humedecidos de manera intermitente por la brisa y lanzados casi a la desnudez por los brazos de las olas que atraviesan la avenida. Hay señales de precaución pero mi emoción de estar allí es más fuerte que el pudor o el miedo. Es la única vez que le he escuchado una carcajada. Entonces me dejo arrastrar, no hasta un lugar sino hasta un nombre, retrocedemos hasta un tiempo lleno de contenido: el Gato Tuerto, el sitio en el que “hay una noche dentro de la noche”, según Virgilio Piñera. A esa hora el bar está casi vacío. ¿Qué asiento prefieres? ¿El de la felicidad o el de la desdicha? –me pregunta Alberto, parafraseando el poema de Piñera – mientras saca del bolsillo el libro La isla en peso. No es un dilema -respondo- cuando llegue la desdicha dile que no estoy. Porque “hay también el horrendo asiento de la espera” – añade- y hace tiempo lo tengo reservado para mí. Con una risa cómplice hacemos el primer brindis, pero a medida que van llegando más y más gentes “con ojos como prismáticos, con bocas como ventosas, con manos como tentáculos, con pies como detectores”, entiendo que una tristeza profunda lo embarga y después de un parpadeo veo que ya no está allí, se ha fugado del instante y de mi ensoñación.

Vuelvo a verlo en Bogotá, en la Séptima con Jiménez, le pregunto por su isla y saca de su chaqueta nuevamente el libro de Virgilio, y siguiendo el juego verbal, añade que del peso ya no le queda nada. Su humor hace doler un poco. Siento que tenemos la memoria común de un mundo narrado por otros, como esos recuerdos ajenos que a fuerza de escucharlos terminan siendo propios, como esos sueños reiterativos que forman parte de la memoria de lo vivido. Su rostro desencajado revela noches de insomnio, la angustia del día, el hambre, no de pan sino de ese “caballo de coral” que pasa por los ojos del pescador en el cuento de Onelio Cardoso. La barba descuidada, la pátina de su piel, el desgano en el paso, todo en él habla de estar aquí por equivocación, por extravío, preso en el país de las desgracias, errando en la ciudad de la indolencia, aprisionado entre los cerros plomizos, estrellándose “con un muro de gente”. Lleva ese rostro tan amargo como una gota de Silva, también busca su sombra que divaga y sigue sin entender que ninguna calle de esta fea ciudad ha de morir felizmente en El Malecón. O tal vez sí. Quién sabe si cuando camina hacia la Tercera, y en vez de doblar a la derecha por la Jorge Tadeo sigue hacia el Oriente, como poseído por un deseo, se estrella contra una ola gigante que lo sacude hasta las lágrimas y no contra Monserrate. “Quizás volver a caminar sobre las aguas para sentir la sedosa dentellada de los peces amaestrando nuestros pasos con sus torvos venenos”.

Ya no recuerdo cuándo lo conocí. Sé que me impresionan su mirada de niño perplejo, su extrema delgadez, la timidez y esa propensión al silencio que no riman con el cubano locuaz y desenvuelto. Sobre todo me desconcierta su disposición a la escucha y su generosidad con otros escritores, dos cualidades que casi nunca poseen los poetas. La memoria de los amigos guarda ejemplos de estos dones, de los que él nunca presume. Alguien dijo una vez que el cubano se vende, pero Albertico se cierra, se oculta. Tal vez se despliega con su gente pero nunca hasta el punto del protagonismo. “Un hombre tiene derecho a defenderse de un mundo exhibicionista e impúdico que desprecia a quienes descubren en el retiro de una casa la única forma de sobrevivir a la miseria de las calles pudriéndose en su asfalto de momias que se contonean al ritmo del tic tac de un reloj”.

Como sé que ya no volveré a encontrarlo en la calle, bajo por la Veinticuatro hasta la esquina donde sospecho que vive, me paro frente a una edificación semejante a un juego en el que se junta una pieza sobre la otra, sin ton ni son. Sobre una casucha han construido una casa enclenque y arriba de esta armaron otra que no guarda ninguna relación con las de abajo. Parecen partes sueltas, a punto de caer. Las fachadas son tan estrechas que apenas toleran exiguas ventanas. En la del tercer piso hay un remedo de balcón donde muere de tristeza una rama dentro de un tarro de lata. Presiento que Alberto habita este castillo de naipes frente a la venta de pollo, que en las mañanas despide un aroma de hielo y sangre.

Y como sé que ya no volveré a encontrarlo, traspaso la puerta del primer piso donde un hombre vende paquetes de aire con etiquetas de colores. Me hace señas para que continúe por la escalera. Llamo a la puerta del segundo piso y me abre una mujer con un niño en brazos. Le pregunto por el cubano y con el dedo me indica que siga subiendo. Así que vive en el balcón de la triste matera, pienso mientras asciendo por escalones angostos y empinados que terminan en una puerta de hierro. “Sentí como chirriaba, tropecé en algún tronco y miré una ventana encendida, pero la madrugada devoraba las hojas y tú no estabas allí diciéndome que el mundo está roto y oxidado. Entré, subí en silencio las escaleras, abrí otra puerta”. Nuevamente la poesía traspone mundos y tiempos. Esta vez Fayad Jamis se me atraviesa en el camino. Continúo, golpeo la puerta pero nada, allí no hay nadie. “Tocar la puerta equivocada siempre abrir la puerta siempre a la hora equivocada”. Entonces grito: ¡No te escondas! ¡Sigues ahí, tecleando con furia, con dolor, contra el tiempo, como un moribundo! Me doy vuelta y me sostengo en la pared cuando aparece su sombra. Sin miedo la tanteo, la averiguo, la estrujo, le pido de limosna una palabra. Me dice: “No estamos para nadie mi sombra y yo”.

Es inútil recordar cuándo lo vi por primera vez. Qué más da si fue en La Habana, en las Torres Blancas, en La Candelaria o en cualquier cuchitril. Tampoco importa aquel último encuentro en Moros y Cristianos, con el olor del ajo y el tufo del mojito. No había forma de saber que nos iríamos deshaciendo después de las últimas palabras, que no habría otro momento para el abrazo, que el tiempo nos enterraba su puñal de nunca más.

Sí. Lo conocí mucho tiempo después. Ahora, cuando caigo de bruces y me pongo a escarbar, a otear entre sus versos, ahora empiezo a conocerlo de verdad. Hoy que está aquí de alma abierta y se asoma por esos ojos en donde todavía arde la noche y habla con esa fuerza que llevan sus palabras al chocar en la conciencia, “en la inmortalidad del miedo”, en la “rueda dentada de la repetición”, en los días que se suceden unos a otros, idénticos. Vuelvo a encontrarlo en cada esquina. Y si nos conocimos, ya no cuentan ni el lugar ni las circunstancias porque “nada de lo que escribes es real”. Y algo más: el tiempo no puede ser la excusa para la renuncia o la prisa, para el remordimiento o el olvido. Alberto Rodríguez Tosca y su sombra me dicen que no es “ni temprano ni tarde para nada”.

Quiero recuperar el tiempo perdido, restituir
el tiempo ganado, quedarme temporalmente sin tiempo.
Prófugo del tiempo y de mí, hasta que cese la algarabía de
unas manos ajenas huyendo de la tierra con mis manos.
… Me declaro en huelga de tiempo.

Yo también.

(2018)

***

El grito del ser

 

Una jaula fue en busca de un pájaro
Franz Kafka

 

Una sensación muy frecuente que tiene cualquier lector serio de literatura es percibir que la lectura que está haciendo no es nueva, que antes ya ha leído algo semejante; una atmósfera, un diálogo, un giro en la narración, lo remiten a otra historia, a otra obra quizá olvidada, que el nuevo texto despierta y pone en evidencia de una manera mágica. Una obra o muchas obras están ligadas a otras de modo, casi podríamos decir, inconsciente; entre ellas se alimentan y cumplen con la misión de que las ideas perduren en la memoria de los seres humanos. Quizá, como dice Jorge Luis Borges, todos los libros no son más que el mismo libro, y todos los autores no son más que un solo autor. Nadie dice nada que no haya sido dicho previamente. El genio está en conectar las claves universales y escribir como si fuera la primera vez que algo se escribe, para lograr que un lector tenga la ilusión de que es la primera vez que lo lee.

Luis Rogelio Nogueras en su poema “Eternoretornógrafo”, desarrolla bellamente la idea de un único poema escrito por todas las generaciones de poetas, que sucesivamente renace y vuelve a ser escrito, en un juego interminable de la sensibilidad.

A propósito de Franz Kafka y el mundo que hay en sus obras, Borges considera que su genio no es singular, puesto que su voz, o sus hábitos, se encuentran en la literatura de todos los tiempos y épocas. Es más, “el hecho es que cada escritor crea a sus precursores” (la cursiva es del autor). De este modo encuentra que una de las obsesiones de Kafka, sus ficciones sobre la eternidad, la inutilidad y los obstáculos mínimos e infinitos, está ya en la paradoja de Zenón sobre el movimiento imposible (antes de llegar a B deberemos atravesar el punto intermedio C, pero antes de llegar a C deberemos atravesar el punto intermedio D, pero antes de llegar a D…) y en el certamen interminable entre Aquiles y la tortuga.

Igualmente, el escritor argentino encuentra precursores de Kafka en la literatura china, en la filosofía de Kierkegaard, en las expediciones al Polo Norte, en un poema de Browning y en cuentos de diversas épocas y autores. Considera que en todos esos escritos, que no se parecen entre sí, está la idiosincracia de Kafka y todos ellos profetizan su obra. Al mismo tiempo, dice, nada de eso habría podido ser percibido si no hubiera existido Kafka. Así, estas visiones son como las que observamos en un juego de espejos encontrados, pero nunca coincidentes. ¿De qué lado está la realidad y dónde la imagen? ¿Qué o quién se refleja en qué? Cuestión insoluble, por lo menos para quien lo mira todo con los ojos del asombro.

Esta idea de un autor que crea a sus predecesores abre una puerta maravillosa a la imaginación, e implica que la obra de un escritor permite modificar la concepción que se ha tenido del pasado y modificará la que tendremos del futuro: “en esta correlación nada importa la identidad o la pluralidad de los hombres”. En esa medida, y siguiendo la consigna borgiana de que un hombre es todos los hombres, un autor permite descubrir a otro que permaneció oculto en el pasado, que no fue oído (la sordera universal también es infinita), que tal vez fue rechazado por no cumplir con el canon, o por ser demasiado grande para la estrechez de su época.

Es el caso de Herman Melville, sobre cuya obra Kafka proyectaría una “curiosa luz ulterior”. Bartleby fue escrita en 1853 y publicada tres años después dentro del volumen The Piazza Tales. La obra no tuvo acogida por parte de lectores y críticos, pues la fama de Melville había declinado muy pronto y después del éxito de sus novelas de aventuras, el oscuro escribiente no provocaba el menor interés. El público pedía héroes y conductas temerarias, conquistas de mundos inhóspitos, no seres insignificantes que con su comportamiento trababan la maquinaria del mundo exitoso, la cadena productiva de hombres cosificados.

La semejanza de Bartleby con un personaje kafkiano es casi aterradora. Por momentos uno tiene la impresión de que la diferencia radica en el punto de vista. Mientras Melville prefiere focalizar la historia en el secretario de apelaciones y dejar que él nos hable de ese “joven inmóvil”, con su figura “pálidamente limpia, lastimosamente respetable e incurablemente desolada” que es Bartleby, Kafka se infiltra en la cabeza del escribiente, o del viajante, o del médico rural, para que hablen de sus terrores cotidianos, paralizantes e insolubles. Así habla Gregorio Samsa:

¡Ay, Dios! -díjose entonces- ¡Que cansada es la profesión que he elegido! Un día sí y otro también de viaje. La preocupación de los negocios es mucho mayor cuando se trabaja fuera que cuando se trabaja en el mismo almacén, y no hablemos de esa plaga de los viajes: cuidarse de los enlaces de los trenes; la comida mala, irregular; relaciones que cambian de continuo, que no duran nunca, que no llegan nunca a ser verdaderamente cordiales, y en que el corazón nunca puede tener parte. ¡Al diablo con todo!

Quién no ha sentido en “el vientre una ligera picazón” al despertar y entender que empieza la pesadilla cierta de un día entregado impunemente al trabajo, a la sordidez de la oficina, a la prisa de los semáforos, a la depresión de los ascensores que nos tragan con sus bocas mecánicas y nos expulsan como masas, en el lugar que odiamos y en el que caminamos erguidos, como serpientes que han perdido la tierra.

Quién no ha saltado de la cama con el terror del despertador que ha seguido de largo, con la sensación que en ese mismo instante el cuerpo se llena de arena, y por más que nos esforcemos no lograremos levantar un brazo para decir: ¡No ha sido mi culpa! ¡El reloj no sonó! ¡No me condenen por este acto traidor de mi inconsciente! “¿Es que no podía haber entre ellos algún hombre de bien que, después de perder aunque solo fuese un par de horas de la mañana, se volviese loco de remordimiento y no se hallase en condiciones de abandonar la cama?”.

Bartleby tiene otra forma de resistirse a las exigencias del mundo del trabajo. Su resistencia pasiva e inofensiva genera malestar y desconcierto. Su “preferiría no hacerlo” es la consigna de la desobediencia que engendra el caos; el funcionario que no funciona y bloquea la lógica de un mundo que exige la sumisión y la zalamería.

Siguiendo la idea esbozada al principio sobre los vasos comunicantes de la literatura, hay otro hombre que viene a la mente cuando se explora la atmósfera de las oficinas y el sentido del deber: es Meursault, el personaje de El extranjero de Albert Camus. Cumple con sus labores, saca de quicio al patrón cuando hace evidente que carece de ambiciones y proyectos; no quiere un cambio de vida porque considera que nunca se cambia de vida, “en todo caso todas valen igual”; el mundo le es indiferente, nada tiene importancia para él. Aún en el banquillo de los acusados, su honestidad raya con el cinismo o la tontería. No puede mentir, ni siquiera para salvarse de la guillotina.

Bartleby tampoco falta a la oficina, cumple obsesivamente con el horario laboral, pero se resiste a trabajar. Su presencia inútil es un insulto al trabajo. No es el hombre que, ante la rutina de sus ocupaciones, con angustia se plantea la pregunta del ¿para qué? Bartleby es la respuesta misma a este interrogante. Es el fracaso del orden capitalista en el que los individuos desaparecen bajo sus trajes oscuros e idénticos, en el que no cuentan los hombres o las mujeres, sino los resultados y las utilidades. Bartleby es una mancha indeleble en la pared de la oficina, un estorbo en el rellano de la escalera, una nota discordante en la sorda armonía de Wall Street. El sistema no puede con él y el único lugar que le tiene reservado es “La Tumba”, irónicamente el Palacio de la Justicia, el sanatorio o la cárcel.

El silencio de Bartleby corresponde al gruñido de Gregorio Samsa, que a pesar de su discurso esmerado y suplicante no logra que le entiendan nada, y menos que se compadezcan de su miserable condición. La diferencia entre Melville y Kafka, en cuanto al tratamiento del tema, es que Melville ha tenido piedad de Bartleby y permite que el narrador, el abogado de apelaciones, llegue a sentirse responsable del insólito personaje y quiera convertirse en su protector.

El abogado representa los residuos de compasión de un sistema que niega la fragilidad del ser humano. Por eso continuamente se cuestiona sobre el sentido del deber y se desespera por el antihéroe, queriendo ayudarlo, pero no obtiene más que la misma frase repetida y la negación obstinada a formar parte de un mundo que no satisface. Esta nota de conmiseración, encarnada en el narrador, es la forma que tiene Melville para pedir misericordia a toda la humanidad.

En el universo de Kafka no cabe la compasión. En sus obras los personajes son perseguidos o castigados sin ninguna explicación. La incomunicación, la soledad, el sentido frío del deber, la maquinaria de la subordinación, dirigen los comportamientos humanos. No hay nada que el individuo pueda hacer para librarse de la tiranía cotidiana de las instituciones, incluidas las relaciones familiares y sociales. Todos sus esfuerzos siempre serán inútiles.

El médico rural ha sido traicionado por los pacientes; el jinete del cubo morirá de frío porque nunca sus súplicas podrán ser escuchadas por la mujer del carbonero, aunque sus palabras estén apuntando al corazón; Josef K. es degollado sin entender el delito de que lo acusan; Karl Rossmann después de muchas peripecias en América, logra ser admitido en el Gran Teatro Natural de Oklahoma, tan extenso e inabarcable como el mundo; el agrimensor nunca podrá penetrar al castillo, ni logrará ser escuchado por los funcionarios; el campesino que pretende acceder a los favores de la ley, muere sin traspasar sus férreas puertas; el narrador colecciona abogados, pero sólo encuentra viejas gordas, fiscales como “zorros astutos, sagaces comadrejas, ratoncitos invisibles que se escabullen entre las piernas de los abogados”. Al regresar al hogar, el hombre no se atreve a llamar a la puerta de la cocina: “es la casa de mi padre pero todos están uno junto al otro, fríamente, como si estuviesen ocupados en sus asuntos, que en parte he olvidado y en parte no he conocido jamás”. El buitre es el símbolo de la impiedad que devora las entrañas.

Gregorio Samsa muere con la manzana podrida clavada en su espalda, como un puñal de odio que le ha lanzado su padre. Será relegado y despreciado por la familia a quien sostenía cuando era un empleado ejemplar. Su presencia en la casa, como la de Bartleby en la oficina, resulta bochornosa. Los dos desencajan y desestabilizan el orden social. Los mundos del trabajo y de la familia no están hechos para comprender sino para exigir y para cumplir. Kafka no se cansará de recordarlo y recrearlo en su obra. Finalmente, las instituciones tienen el encargo de alejar cada vez más el paraíso. Tan patético como lo refleja este microrrelato:

Podría estar muy contento. Estoy empleado en el ayuntamiento. ¡Qué importante ser empleado del ayuntamiento! Poco trabajo, sueldo suficiente, mucho tiempo libre, y gran consideración a los ojos de toda la ciudad. Si considero bien la situación de un empleado del ayuntamiento no puedo dejar de envidiarlo. Y sin embargo, ahora lo soy yo mismo, soy empleado del ayuntamiento… y quisiera, si pudiese, arrojar esa dignidad mía al gato de la oficina, que todas las mañanas va de cuarto en cuarto, recogiendo los restos de nuestros almuerzos.

Kafka y Melville de una manera magistral, por momentos trágica y otras veces sutil, nos muestran su visión del mundo del trabajo; la atmósfera de las oficinas, pesada como nubes ahítas de lluvia, que sepulta a los empleados; la angustia del sentido del deber, que los convierte en insectos; la imposibilidad de que el ser humano pueda ser escuchado o comprendido en medio del ruido de la maquinaria que muele conciencias. Para decirlo con García Lorca: “Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina”.

Nuestro mundo está lleno de Gregorios que corren hacia los trenes, los aviones o los buses, con tal de no ser expulsados, aunque su carrera espante cada vez más los sueños que esconden bajo la almohada. Hay muchos Bartlebys ojerosos que espantan en las oficinas y que preferirían no hacer nada, en vez de seguir contemplando el muro oscuro donde rebotan sus ojos durante ocho horas al día. Allí están, envueltos en relaciones donde “el corazón nunca puede tener parte”, con miedo a no despertar a tiempo el día siguiente, conteniendo las ganas de saltar por la ventana.

Bartleby y Gregorio Samsa no son hombres. Son esa forma de resistencia interior que cuestionan la racionalidad que arrasa con el individuo. Un grito del ser.

(2005)

***

Ida Vitale. Recorrido por un bosque de palabras

A todo lo que ocurre
sin ser más que eso: algo…
… Al que se acuerda de mí.
Al que me olvida.
Ida Vitale 

La creación poética ha generado un universo reflexivo en el que brotan melifluas definiciones y frases incandescentes. Una de las acotaciones más seductoras la hace Jorge Luis Borges cuando dice que la poesía quiere volver al origen mágico e irracional del lenguaje, “sin prefijadas leyes, obra de un modo vacilante y osado, como si caminara en la oscuridad”, al estilo de un “ajedrez misterioso, cuyo tablero y cuyas piezas cambian como en un sueño”. Es seductora porque invita al juego y al deleite de extraviar el camino cierto que conduce de los significantes a los significados, de una expresión verbal a su referente, e incita a romper la cadena que ata un discurso a una realidad. Sugiere crear otro lenguaje, quizá más cercano a la sensación que a la razón. Esa vuelta a la raíz, siguiendo la idea de Borges, implica dejar de creer que los significados de las palabras están en los diccionarios, o que las obras literarias, y el arte en general, tienen sentidos específicos que están ocultos y que es necesario descifrar o interpretar.

El origen del lenguaje nos lleva a la analogía entre las palabras y las cosas, entre los sonidos y el mundo que estos erigen; el poder que se le atribuye al Dios judeocristiano de crear el mundo al tiempo que lo fue nombrando, y la posibilidad infinita que tiene la literatura de desplegar y crear universos. La poesía tiene adicionalmente la facultad de hacer que las palabras y los versos se fundan con los sonidos, la música, para desplegar sentidos y sensaciones que no nacen solo del poeta sino también del receptor. Juan Ramón Jiménez es categórico:

El poeta es un creador. Lo que aparentemente no existe lo crea, y si lo crea es porque sus elementos existen. Si un científico inventa, y a todo el mundo le parece natural el invento, sea práctico o no, ¿por qué no ha de inventar un poeta que puede hacerlo, un mundo o parte de él? Es lo que le acerca al mito divino, que es el del Narciso verdadero, como dije tantas veces; crear a imajen y semejanza. Todo dios es narcisista… Nombrar las cosas ¿no es crearlas? En realidad, el poeta es un nombrador a la manera de Dios «Hágase, y hágase porque yo lo digo»” [La j en el lugar de la g es criterio ortográfico del autor].

El trasfondo de lo que han llamado “evolución de la poesía contemporánea” tiene que ver con la relación que hay entre las palabras y la forma como ellas nombran, elaboran o se liberan del referente exterior. Es el juego entre el yo del poeta, la realidad externa, los símbolos, el objeto estético verbal, el alejamiento de la razón, el lugar de la sensación. De este análisis hecho por los críticos literarios, han surgido los nombres de movimientos poéticos como el romanticismo, el parnasianismo, el simbolismo, el impresionismo, la poesía pura, el suprarrealismo y otros ismos que florecen por doquier y atraviesan fronteras y tiempos, sin que la poesía, que es arcilla, agua, soplo y luz al mismo tiempo, logre dejarse reducir a recetas o se deje empacar en cómodas vasijas para consumo rápido y fácil digestión.

Tal como en la música, en la que la forma es el fondo, hay en la poesía una imposibilidad de separar las palabras de sus sonidos y estos de sus significados, y como hija de la lira se la enmarcó dentro de formatos preconcebidos, que en términos genéricos se conocen como el verso clásico. Paul Verlaine, Stephane Mallarmé, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y el gran Federico García Lorca, revolucionaron el lenguaje poético y han tenido una resonancia trascendental en posteriores generaciones de poetas.

La consecuencia de esta reinvención de la poesía no es solo el verso libre sino la necesaria transformación de las palabras y de las figuras retóricas, el cambio de la relación entre los símbolos y la llamada realidad verdadera, la creación de realidades subjetivas, la fragmentación, la fugacidad y el movimiento, el imperio de la sensación y de la irracionalidad simbólica. El Juan Ramón Jiménez de la llamada poesía pura escribe:

Inteligencia, dame
el nombre exacto de las cosas.
Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.

Por esta vía la palabra crea el mundo, no al revés. De otro lado, esta expresión poética exige un cambio en la forma de recepción del poema porque el autor no se limita a adornar lo que cuenta, o a utilizar la alegoría o los símbolos fácilmente interpretables, sino que borra, esconde, sugiere, transforma, deja el espacio y el tiempo para la imaginación del lector (introduce el silencio, el espacio en blanco), exige su participación creativa y la de sus sensaciones. Este tipo de poesía suprime la anécdota como suceso o historia contada, en ella no hay un antes ni un después, no se cuenta algo de alguien, no pasan cosas concretas, el yo del poeta es una ausencia que convoca, es una mano invisible a la que no nos podemos asir.

Mallarmé dice que el poema siempre debe encerrar enigma, insinuar imágenes que se evaporen, pues nombrar un objeto es destruir el placer que consiste en la “adivinación gradual de su verdadera naturaleza”. De ahí el gusto por la elipsis, la ruptura de la sintaxis, el uso de frases inconclusas, hasta llegar a la fonética poética y al tratamiento de las palabras como una masa que ha de ser trabajada, como una carne (vocales y diptongos) y una “delicada osatura que es preciso disecar” (consonantes).

“Cada palabra debe ser la punta de un iceberg”

Si la palabra oculta más de lo que muestra, si ahonda más de lo que presume, si solo empina su cabeza para sugerir el volumen de su cuerpo, es porque está cargada de un contenido dinámico que viene viajando desde su origen mítico, arrastra toda la carga simbólica que recoge a lo largo de la historia, la imaginación añadida por todas las generaciones y los tiempos, hasta llegar a nosotros plena de sentidos, pero aún deseosa de sinsentidos, sólida en apariencia, incierta, generosa en emociones, ávida de sentimientos y cada vez menos necesitada de razones. La palabra es inacabada y móvil pero de ella nos sostenemos para crear certezas.

En esta atmósfera, con esta carne sensorial está hecha la poesía de Ida Vitale, criada en Uruguay, reposada en México y madurada en el mundo de la literatura universal. Entre sus maestros destaca a Juan Ramón Jiménez y dentro de sus devociones a Mallarmé. Como ellos, cree en el poder de las palabras, afirma que son apenas la punta de un iceberg que esconde “todo su misterio”. Estos versos revelan la primacía que les atribuye:

Ármase una palabra en la boca del lobo
y la palabra muerde.

Entramos al universo de Ida Vitale para dialogar con esa voz que fluye en “procura de lo imposible” e inacabado: “Inacabado es el espacio que uno le da al silencio, que sería equivalente al blanco en la página”. El metalenguaje atraviesa su obra en una continua reflexión que sentimos como propia porque logra abstraer su voz personal para involucrarnos como hablantes, escritores o usuarios de una lengua. Sus versos fluyen de un yo que es cada uno de nosotros para inquirir por el ser y el lugar de las palabras, pues estas parecen haber sido condenadas a la muerte del uso desalmado o a la amputación de los sentidos:

Palabras de mar profundo
a cada instante suben a morir
por cientos, contaminados peces…

Lengua del mundo, acorralada:
cuánta muerte recibes, nos destinas…

Las palabras no desaparecen, mutan: “un breve error / las vuelve ornamentales”. Y para que la sensación de levedad sea gráfica, deja entre ellas espacios en blanco, las convierte en escalera, en flor que se desgaja hacia el fin de la hoja y las llama

airosas,

aéreas,

airadas,

ariadnas.

Como son inseparables de nosotros, corremos el riesgo de desaparecer con ellas, como sucede con la palabra olvido: “Su indescriptible exactitud / nos borra”. Tampoco su uso es azaroso, es el preciso en el instante justo, aunque la palabra instante es tan fugaz que desaparece tan pronto se pronuncia, como es eterna la expresión eternidad: “La palabra infinito es infinita, / la palabra misterio es misteriosa”. El lenguaje es la única ruta de salvación (¿qué otra cosa es la botella para el náufrago?) y si lo desatendemos o descuidamos, algo perderemos para siempre. La figura de Ida Vitale es casi literal:

Perdida en la espesura
del lenguaje,
dejaste caer guijarros mínimos,
signos de salvación,
para que los recogiese el advertido.
No era efímero pan.
Pero, incomibles,
se los traga la tierra.

Como los árboles, las palabras son seres vivos que se alimentan en la profundidad y buscan la altura, pero como todo símbolo es dinámico, rápidamente introduce un contraste: “Son menos que los árboles; pueden tener raíces hacia lo hondo, pero no crecen hacia arriba. En el fondo, les perturba el cielo. Si lo descubren, ya no se sienten nunca más cómodas en la bárbara garganta de los hombres”. En el poema “Reunión” es casi imposible separar lo que se dice del cómo se dice, el continente del contenido:

Érase un bosque de palabras,
una emboscada lluvia de palabras,
una vociferante o tácita
convención de palabras,
un musgo delicioso susurrante,
un estrépito tenue,
un oral arcoiris de posibles
oh leves leves disidencias leves,
érase el pro y el contra,
el sí y el no,
multiplicados árboles
con voz en cada una de sus hojas.
Ya nunca más,
diríase, el silencio.

Como lo dice Juan Ramón Jiménez: “la forma poética perfecta sería, para mí, la que pudiera tener el espíritu si el cuerpo se le cayera como un molde; el agua de un vaso, si el cristal se pudiera separar”.

Hay en la poesía de Vitale un juego verbal que remite al lenguaje mítico y a ello contribuye el uso de figuras retóricas como la repetición de palabras, consonantes y sonidos silábicos, que son una constante en varios de sus libros, y que quizá en una primera lectura pueden parecernos arcaísmos, vocablos automáticos, versos gratuitos, sin lógica aparente. Pero si nos dejamos llevar por su insistencia musical, por su toque juguetón, terminamos poseídos por una suerte de encantamiento, como la sensación que transmite el “Vértigo”:

Varada, velocísima en
tu borde,
veraz de veras,
en vilo, en vela
virando hacia,
en ti guarecida,
guarnecida quiero seguir
imaginando cómo se amanece,
capaz de maullar
por las azoteas del frío
o del ardor final,
feliz naciendo
de la diaria muerte.

Gran parte de nuestro aprendizaje pasa por lo irracional, por la emotiva confusión. En la oscuridad hay lugar para la sensación y el sentimiento. La poeta se refiere a la atracción que produce “la falta de claridad”, porque también entendemos algo “a través de otras formas, del ritmo, o incluso del absurdo”. Refiriéndose a este estilo de escritura dice: “A veces recordamos las metáforas más extrañas porque son las menos obvias, esto también es una tarea de la poesía. Aunque a veces la belleza es obvia, eso no quiere decir que no haya que buscarla de otra manera”.

En enero morimos,
febriles de febrero,
frágiles
frente al fatuo fuego frustráneo
de este tiempo

La música es su gran estandarte: “Aún el árbol engaña. / Sólo la música dice un paraíso”. Por eso se ha dicho que sus poemas vuelven a la era sonora, fonocéntrica: “Al silbo de las sílabas subía / de siete en siete vuelos / hasta alcanzar un cielo”.

En los versos que siguen se muestra el efecto de una repetición que logra calar en el tacto mediante el filo, la dureza, en tanto permanencia, contrastando con la fragilidad y la caducidad generadas por el paso del tiempo. Pero además de la sensación punzante, penetra el sentido trascendental de la afirmación:

Una espina es una espina es una espina
y dura mucho más que la rosa precaria.

Esta necesidad de entrar por los sentidos, de prescindir de la razón, no encarna un interés de confundir al lector, de complicarle su relación con la obra para dejarlo en la nebulosa. Tampoco se trata de alejar el poema del mundo exterior, pues la visión del mundo es intrínseca a la obra y en Ida Vitale no desaparece el referente, la historia que la define y el mundo que la rodea. No se aplica aquí la intención de sustraer los versos de la comprensión popular, de hacerlos más sublimes y elitistas, como lo llegó a plantear Mallarmé desde su torre poética. Mucho menos de entablar un estéril debate entre los ornamentos y la fastuosidad barroca, de un lado, y el verso ligero y fácilmente digerible, del otro.

Es necesario tener presente que la palabra poética no es funcional, que contiene emoción y símbolos que requieren una decantación que pasa por el sentimiento. Se trata de entender, lo dice Ida Vitale a propósito de un verso que se le pide aclarar, que en la creación hay “etapas intermedias”, procesos interiores que no son explícitos ni siquiera para el autor y que conspiran contra la claridad que pide el lector. Aquí interviene su maestro Juan Ramón en una suerte de remate verbal: “La poesía es lo único que se salva de la razón y que salva a la razón, porque es más hermosa y superior que ella, porque la supone, asimilada en lo que de autocrítica de destino lleva dentro de la poesía, y la supera en todo lo demás”.

No nacerá la luz que no miremos.
Y sin embargo, algo
desde el perpetuo barro
ordena la constancia,
juega proposiciones contra el tiempo,
fía en la salvación por la palabra.

“El buey que pesa sobre mi lengua”

Esta obra se solaza en su propia naturaleza de ser aire, sonido, música, arcilla, con el sentido mutante que le da quien la recibe. Hay una constante en los poemas y es la presencia de lo súbito, lo móvil, realidades u objetos inaprensibles, como el agua o la arena entre los dedos, las “manos que no tocan”, una “burbuja que estalla si la rozan”, el “ácaro horrendo”, “el movedizo fulgor del cielo” (dos vocablos inasibles calificados por un adjetivo que también lo es); en ellos se destaca lo mínimo, lo errátil, eso que difícilmente imaginamos y solo logramos sentir cuando el poema lo invoca o lo revela. En uno de los más difundidos y elogiados, “Colibrí”, Vitale parece haber sido tocada por un dios al crear con sus versos esta sensación aérea, esquiva, que vibra por el arte de las palabras precisas:

La resolana que vibra,
un breve sol en el seto,
un ts ts que al aire libra
su peligro secreto

y ya la flor disminuye
ante el prodigio de pluma
que surge y deslumbra y huye
y sólo alcanzo por suma

terca de años, en que presa
del hechizo, sigo en vano
la milagrosa destreza
que lo suspenda en mi mano

y entonces por un segundo
sentir cómo late el mundo.

“Paloma” es el símbolo que escoge para la palabra, no solo por el gracioso encuentro de los fonemas, sino porque es un retorno a la magia del lenguaje al hacer que el significante sea inseparable del significado y el poema como objeto resulta una imagen idéntica a lo que nombra. Aquí vuela algo más que la paloma:

Posada la paloma
en la pared blanquísima
blanca es y reverbera,
es de veras,
es verbo,
nos venga.
Blanca posada pide,
Pasajera.

De pronto es negra.
Vuela.

Esta obra reclama una actitud abierta y creativa del lector. En ella es difícil hallar el yo personal o la anécdota porque su voz no cae en las quejas narcisistas que gustan tanto a los poetas. El poema está por encima de las pretensiones autorreferenciales, se omite el sujeto y se utilizan verbos en infinitivo para que alguien los conjugue en una persona, un espacio y un tiempo abiertos. En “Nuevas certezas” lo reitera:

Poesía
no complace a la historia,
no cuenta cuentos,
no dialoga
con más palabras
que paciencia el que escucha.
No es caricato ni cariátide.
No se produjo nunca.
Muere, en aire indelicado,
crematísticamente organizada.

A lo largo y en lo profundo de sus libros hay contadas excepciones de esta que parece ser la regla poética de Vitale y son bellas singularidades en las que el lector logra vislumbrar una alusión sobre alguna experiencia personal, y ello tiene lugar especialmente en sus primeros libros, sobre los que establece distancia en los prólogos a sus últimas antologías y que recoge con cierta benevolencia. O en poemas como “Mi homenaje”, que es un bella declaración a la vida y una exaltación de lo invisible cotidiano (en una de sus prosas poéticas, Byobu aspira a ser nombrado ministro de “la cartera de conocimientos inútiles”); en “Calesita” recrea la experiencia de infancia en el tiovivo y la sensación de “volar con las manos aferradas / a crines que me sueltan y yo arcilla / que en el horno del aire recupera / su forma quieta, forma del principio, / de ser sola y sin alas”. “Agradecimiento” es una abierta e irónica alusión a su experiencia de exilio:

Agradezco a mi patria sus errores,
los cometidos, los que se ven por venir,
ciegos, activos a su blanco de luto.
Agradezco el vendaval contrario,
el semiolvido, la espinosa frontera de argucias,
la falaz negación de gesto oculto.
Sí, gracias, muchas gracias
por haberme llevado a caminar
para que la cicuta haga su efecto
y ya no duela cuando muerde
el metafísico animal de la ausencia*

*Peter Sloterdijk

No es posible dejar de citar el infaltable en todo gran poeta, el poema de amor y su contrario, “Despedida”: “La piel no dijo adiós; / la mano fue a negar el vacío, / la mirada siguió mirando, / quiso argüir / desesperadamente. / Fue la alondra / o qué pájaro siniestro. / Algo gritó muy lejos de nosotros / y se partió la tierra / En dos mitades”.

A medida que nos internamos en esta obra, más profunda que extensa, nos domina el deseo de continuar, de prolongar el recorrido por este “bosque de palabras”, nos invade la sustancia de su delicada espesura. Estas líneas apenas rozan sus versos y sirven de abrebocas, abreojos, abreoídos, abremanos, abrealma. Siempre quedará un poema por mencionar, un poema flotando “En el aire”:

Un jardín de geranios y su aire.
Junto a su cerca dejo a que paste
el buey que pesa sobre mi lengua
y digo: Aquí te quedas, come
en verde dehesa, pero terrena,
y canta, luego, si puedes,
si nadie escucha,
lo que te queda por no decir.

La obra de Ida Vitale contiene el misterio y la complejidad necesarios, sin rayar con la pedantería o la triquiñuela, acercándose a la idea de Borges cuando se refiere a la suerte del escritor que “al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad”.

(2012)

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Yasunari Kawabata o el alma en la palma de la mano

Detalle de la portada del libro “lo bello y lo triste” de Yasunari Kawabata

Alma: ¿de qué sirve esta palabra,
sino para calificar la energía
que circula en toda la creación?
Yasunari Kawabata 

“En primavera florecen los cerezos; en verano el pájaro cuclillo”. Y si dudamos de que en otoño y en invierno algo pueda florecer, el poeta lo aclara enseguida: “En otoño, la luna; en invierno, la nieve, clara, fría”. Versos escritos en el año 1200 en caligrafía japonesa por el monje Dogen. Yasunari Kawabata los escogió como preámbulo de su alocución al recibir el premio Nobel de Literatura en 1968. Sorprende que en su discurso, en lugar del acostumbrado paseo retórico que hacen los ganadores por su biografía para ensalzar el ego, evoque poemas de hace 800 años por considerarlos una muestra de “extraordinaria ternura y delicadeza”, palabras con las que también podría definirse la cultura del sol naciente. Decir que la nieve es blanca y fría es una obviedad en nuestra literatura, pero en la poesía japonesa aludir a lo que entra por los sentidos parece ser la condición para acceder a la cima del conocimiento y a la mística de las sensaciones. Tal como lo dice Kawabata en su intervención, sería como equiparar la nada de Occidente, vacía y sorda, con la nada de la disciplina Zen, plena de significados y de vínculos con el universo. “¿No sientes el viento dentro de ti? ¿No sientes la nieve? ¿No sientes frío?” pregunta el poeta representante de “la esencia exacta de Japón”. Es esa esencia espiritual, si cabe el pleonasmo, la que quiere enaltecer y contar al mundo a través de su literatura.

La obra de aquel a quien Yukio Mishima describió como “un hombre capaz de entrar auténticamente en contacto con la tristeza del cuerpo, con la belleza del cuerpo, es decir, con la carne de la divinidad que lo habita”, se construye con la delicadeza y la sencillez propias de esa herencia cultural que engrandece con su talento. Su escritura es el arte de descubrir y hacer brillar la belleza oculta en las situaciones, en los objetos; de traer a la conciencia el ánima que tienen todas las cosas y que toma su fuerza o su significado a través de los sentidos, a través de la emoción, del sentimiento que acompaña todos los actos humanos, por mecánicos o simples que aparenten ser. Un paraguas no es solo un objeto para protegerse de la lluvia; en un relato de Kawabata es “el sentimiento mismo de esposa”, ya que está investido de un poder expresivo que quizá resulta cifrado para nosotros. Esa dimensión estética suele estar permeada por el dolor, la tristeza, la soledad y la muerte, que se perciben de modo distinto en su cultura.

La suya es una narración en la que seres humanos, objetos, animales, paisajes y “todo lo que pertenece al dominio físico y espiritual” deviene en personaje literario y adquiere tal peso alegórico que resulta vano todo esfuerzo por jerarquizar o construir tipologías. Esta fuerza reveladora reside en las palabras sencillas, en el poder que tienen para elaborar estéticamente el mundo y fundar realidades que podríamos llamar psíquicas, subjetivas o interiores (corriendo el riesgo de que estos apelativos empobrezcan lo que se pretende destacar) y que son tan vívidas y ciertas como esas otras que se designan como objetivas o externas, y a las que se confiere el monopolio de la verdad.

La sustancia de su escritura se resume de manera contundente en el cuento La luna en el agua: Kioko cuida a su esposo en su lecho de enfermo y le ofrece su espejo de mano para que pueda ver el color del cielo, la imagen de la luna y todo cuanto sucede afuera, a través de su reflejo. Pronto las imágenes se convierten en otra realidad más resplandeciente que la exterior: “Habían nacido dos universos y el que se creó en el espejo comenzó a fusionarse con el real. –El cielo brilla color de plata dentro del espejo– dijo Kioko. Después miró por la ventana y agregó: A pesar de que el cielo está gris y nublado”. Si la belleza o la felicidad también pueden nacer en la imagen de una imagen, entonces el arte y la literatura tienen la clave de esta revelación.

En Mil grullas la ceremonia del té es descrita con tal cuidado y detalle que nos convoca a un ritual milenario en el que los objetos tienen una carga simbólica asociada al tiempo de uso a través de generaciones. Una jarra y un cuenco que han pasado de mano en mano y de boca en boca por cuatrocientos años, hacen temblar a quien los utiliza por primera vez. Es grande el contraste con nuestro mundo atorado de cosas inanes y desechables. La fuerza de la tradición y de los valores reside en todas sus obras. En La casa de las bellas durmientes, Kawabata teje con el más sutil lenguaje (quizá con el espesor que tienen las palabras en los sueños) el erotismo, el amor, la vejez, la soledad, la muerte, lo bello, como si fuera fácil enlazar con armonía estos elementos en una habitación cerrada donde duerme una muchacha desnuda que, pase lo que pase, nunca habrá de despertar.

En sus cuentos mezcla situaciones aparentemente intrascendentes con hechos pertenecientes a lo real maravilloso. Penetra en las disyuntivas y conflictos del ser, dibuja el alma humana con tal pulcritud que logra condensar la brevedad, la hondura, la magia de lo cotidiano, en relatos sutiles como las Historias en la palma de la mano, hermoso título que reúne escritos de distintas épocas de su vida. Justamente una mano contiene elementos que caracterizan la narrativa de Kawabata: lo sensible, lo que nos es propio y conocido, lo perfecto. La poesía, no como artefacto formal o como intención estética, sino como alma, como mirada, como fuerza, es inmanente a toda su obra.

El 16 de abril de 1972 Yasunari Kawabata trazó su partida con el cuidado y la precisión con que un calígrafo japonés utiliza su pincel de bambú. Como la primavera, su obra siempre nos traerá el aroma de los cerezos, el vuelo de las grullas, el brillo de la nieve, el ritual del té, la placidez de hermosas durmientes, los mundos que surgen en los espejos y que pueden hacernos más bella la existencia. Es el tipo de literatura que nos transforma el modo de mirar, de percibir, de leer, de escribir. La literatura que nos cambia la vida.

(2012)

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