Dersú Uzalá

Por Efrén Piña Rivera

Lo extraño y lo salvaje, naturaleza y realidad. Como entrelazar hilos pasándolos unos sobre otros, alternadamente, apretándolos, como una trenza.

¡Que empiece el tejido! La imagen del salvaje, el “buen salvaje” digamos, es un tema clásico. Tiene un largo recorrido en el cine y la literatura, en la ciencia y la filosofía. Entre muchas opciones elijo la referencia de un libro que también es película. Ambos desconocidos o casi olvidados, por lo menos en nuestro contexto. Esta breve nota es una invitación, un homenaje y una provocación. Dersú Uzalá es un clásico ruso entre las novelas de viajes. Su autor es Vladimir Arséniev. Fue llevado al cine por Akira Kurosawa. Se cuenta que el proyecto de una épica cinematográfica del maestro japonés fue aplazado varias veces y solo felizmente llevado a cabo con el apoyo de la Unión Soviética, en los inicios de los años setenta. La película fue reconocida con un Óscar en Hollywood, en plena guerra fría. No conozco detalles de cómo fue posible aquello, no sé si hay casos semejantes, pero eso también la hace interesante.

Dersú Uzalá se basa en los diarios de viaje del explorador Arséniev por el territorio del Ussuri, la taiga del “Lejano Oriente” ruso, más cerca del Pacífico que del Báltico o el Mar Negro. Kurosawa se desplaza al lugar y graba en exteriores “naturales”. Ambos, novela y película, describen la inmensa, exuberante y seguramente muy hermosa taiga, desde la mirada de un grupo de cosacos liderados por el protagonista de la película, un geógrafo y militar que irrumpe por la espesura del bosque, atravesando ríos y montañas. A comienzos del siglo XX, precisamente en tiempos de la guerra ruso- japonesa, y para gloria de la Madre Rusia, el “capitán” intenta capturar la naturaleza con sus instrumentos, reducir lo natural para recogerlo en mapas. Es inevitable la analogía de esta epopeya con los westerns, las historias y mitos del hombre de frontera del lejano y viejo Oeste americano, tan importantes para Kurosawa.

Un cruce de hilos y un apretón. Y como en Don Quijote de Cervantes, el relato cobra una especial significación a partir del momento en el que emerge la voz y se asoma la mirada de alguien más. Como alter-ego de Arséniev, entra a escena un anciano cazador del pueblo hezhen-gold, un “hombre natural”, Dersú, un anónimo tan universal, personificación arquetípica de la experiencia humana en la frontera. Pequeño y extrañamente ataviado, este hombre surge una noche de la nada para convertirse en el guía de la expedición científica y, de paso, en el espejo a través del cual el emisario del zar observa y se pregunta por el porvenir de la naturaleza en tiempos de progreso.

El solitario Dersú es un gran anfitrión. Se muestra sabio y cuidadoso, curioso y generoso. Arséniev contrasta su mundo e interpela la civilización en cada diálogo con el homo sylvestris: «Cuanto más observaba de cerca a ese hombre, más me gustaba -dice Arséniev-. Cada día descubría en él nuevas cualidades. Anteriormente pensaba que el egoísmo es especialmente característico del hombre salvaje y que el sentido de la humanidad, la filantropía y la atención para con el prójimo solo eran inherentes en los europeos. ¿No estaría equivocado?». Desde el inicio el cazador es leal al capitán de la expedición, a quien llama su amigo y para quien lee las señales del camino, los mensajes de los árboles.

El leitmotiv de la novela y de la película es el cruce de percepciones de la realidad, otra vez Don Quijote en medio de la naturaleza. En la literatura y el cine, una y otra vez se repite la misma trama, aunque cambie el contexto. Es un tema universal. Lo encontramos en los Andes y la Amazonia, en la taiga rusa, en el desierto árabe o en la selva africana, y en el Oeste norteamericano. Pero la pregunta por la naturaleza inquieta. Es belleza inhóspita, fuente de recursos, en ocasiones inaccesibles, espacio refractario de lo humano, en ocasiones campo virgen, provocador, disponible para el abuso y para la invención del mito, en ocasiones también un desafío a la omnipotencia de Fausto.

Póster de la película Dersú Uzala, dirigida por Akira Kurosawa, URSS, 1975.

Otro hilo alternado y un nuevo nudo. Hace mucho dejó de considerarse la naturaleza como aquel mundo físico y biológico, el entorno circundante que envuelve algo que somos y que no sabemos qué es, eso “que no ha sido creado por la intervención humana directa”. Con tal definición un “hombre natural”, sylvestris, digamos Dersú, es simplemente un absurdo oxímoron. No parece una buena definición. Si se indaga un poco en los antecedentes de la cuestión, es claro que se trata de un lugar, pero establecer las fronteras de lo natural es discusión de vieja data. Lo natural versus lo cultural, antítesis de lo artificial, opuesto a lo humano. Todo lo anterior y mucho más. Ojalá fuera así de simple la cuestión. Pero no. Ni siquiera se pueden homologar los términos cultura, artificio o humanidad, como antípodas de la naturaleza. Estas tres oposiciones son incomparables entre sí, ¡Qué lábil y escurridiza se ha tornado una noción que antes parecía tan firme! Y cuando la naturaleza connota una entidad sagrada o reverenciada, fuente de inspiración artística, espiritual y científica, la cuestión resbala hasta el fondo en la maraña.

En estos tiempos, de una exacerbada sensibilidad ambiental, con apuestas por la existencia de derechos para la naturaleza, cuando se exige un nuevo “contrato natural”, como lo propusiera Michel Serres, sin que se haya conseguido; en tiempos en los que la virtualidad ha actualizado los viejos debates epistemológicos sobre realidad y anti-realidad, monismo y dualismo, materialismo e idealismo, sin haber sido resueltos; en esta tercera década del siglo XXI la pregunta por la naturaleza nos ubica en medio de un campo minado. Y el uso de la metáfora tiene aquí varios sentidos, como zona límite, como incertidumbre, riesgo y peligro.

La imagen de Dersú recuerda cierto arquetipo: es a un tiempo médium, traductor y tejedor de realidades múltiples. Recibe el consejo del viento, habla con las estrellas, el sol y la luna, discute con leños ardientes, a través de ellos mantiene contacto con sus muertos. Y su gran sensibilidad, su asombrosa erudición, está ahora al servicio de la amistad. Su nobleza y disposición poco a poco se tornan en trampa. Las circunstancias llevan al viejo a desafiar a Kanga, el espíritu del bosque, el orden cósmico natural. Él contribuye de alguna manera con el “fin de la naturaleza”, de su propio lugar. Es imaginable la encrucijada y, al menos, un final desconcertante. Es claro que estos encuentros casi nunca terminan bien. Otro clásico en los relatos sobre la condición humana.

Una vuelta más y un nuevo nudo. Estamos ante la experiencia de un mundo sin antecedentes, asfixiantemente ilimitado, hasta hace muy poco inimaginable, pero que se asoma de manera intimidante, sin que comprendamos aún de que se trata. Un mundo que ocupa el nuestro y que llegó para quedarse. Hablemos del neologismo que lo define: el metaverso. ¿Debería usar el plural de esta palabra?

Algoritmos, experiencias inmersivas, inteligencia artificial. La tecnología moderna, los conceptos y procesos de simulación, modelación y sistematización aportan nuevos entornos y experiencias a lo humano: la manera de percibir el mundo es otra. Empezamos a devenir en creaciones digitales y algunos de nuestros vecinos ya lo son, y apenas nos estamos dando cuenta. ¿Quiénes son los creadores y quiénes las criaturas? Nuevas percepciones, nuevos procesos cognitivos, nuevas interpretaciones refundan la experiencia del mundo real. ¿Naturaleza?  Nueva realidad o artificio. ¿Ideología, reificación, pseudo-concreción? Estamos en los tiempos en que lo virtual es más real que lo natural, si es que alguna vez lo natural lo fue. Compartimos la sofisticación de la verdad y la experiencia sensorial. Y no es ficción.

Virtualidad, realidad aumentada, los ambientes de la Web 3.0. ¿En qué consistirá la versión 4.0.? Los entornos virtuales tridimensionales e interactivos, el metaverso y las experiencias inmersivas cada vez más extendidas redefinen lo humano y, como correlato, la naturaleza huida. Control y despersonalización, manipulación y exclusión, creación de mundos, realidades alternas y automatización. ¿Qué es ahora el hombre natural? Ya está dicho: un oxímoron. Pero ahora la dialéctica hombre-naturaleza parece perder su soporte. Desaparece.

En el remate de la trenza… Quienes orgullosamente venimos de “atrás”, de otro lugar, pretendiendo ser más reales que los habitantes del metaverso o de la taiga de Dersú, estamos fatalmente arrastrados hacia una tragedia. Nuestra incomprensión de las realidades virtuales, del tiempo y espacio versión 3.0., hace inaudible nuestra voz en los nuevos espacios. ¿Somos el remanente de una naturaleza, en el que se reflejan otras experiencias de cultura, de civilización, de humanidad?

Más vale movernos en el borde y a punto del desborde, saliendo del engaño que afirmaba que las fronteras habían dejado de existir. Leer las memorias de Arséniev o ver el cine de Kurosawa hoy, tan lejos y tan cerca de las frías guerras de hoy, invita a escribir y cantar las nuevas crónicas viajeras para los habitantes de otras realidades. Relatos y trovas en los que se describa un mundo que está ahí para ser tomado y los rezagos de un mundo perdido que hoy es nuestro y que de forma indefectible vemos fenecer.

Estamos obligados a la exploración: a explorar y a ser explorados. Como Arséniev, echamos mano de lo mejor de nuestros recursos para trazar mapas, ampliar fronteras y domesticar lo extraño. Y como Dersú, el advenimiento de otros mundos nos exigen ser guías dispuestos a enseñar sobre un mundo que está por perderse: el nuestro. Noveles observadores, para quienes quizás seamos primitivos, allende las fronteras del mundo, en el metaverso, ese sí un mundo real, quizás vean con curiosidad en nuestro rostro lo que una vez fueron, lo que extrañan o no quieren ser. Reconocerán en el reflejo del espejo su propia cultura, su humanidad, en contraste con nuestra naturaleza.

Como Dersú extraviado fuera de la taiga, con sus delirios solitarios, me resisto a pensar que en las versiones del mundo por venir no haya literatura escrita, ni crónicas de viajes ni algo semejante a las novelas históricas, con relatos del pasado en los que perviva la memoria. Quiero imaginar la existencia de seres o conciencias humanas en el metaverso, o lo que pueda llamarse mundo, obsesionados con el salvaje ante el espejo. ¿De qué manera se representarán las sensaciones y emociones en medio de páramos y desiertos, los paisajes, el viento y la nieve, las mareas y el rumor de los ríos, cuando ya nada de eso esté? ¿De qué manera estimarán nuestras prioridades e inquietudes sobre el insulso presente que será para ellos un pasado algo ingenuo, algo tosco y solo admirable para unos pocos?

Mientras repaso la trenza acabada, me asomo al metaverso como el salvaje Dersú, estupefacto, confinado en una estrecha habitación y preguntando: “¿Cómo pueden los hombres quedarse encerrados en una caja?”

Imagen de la taiga (bosque de invierno) producida en el modelado Lowy Poly, estilo caracterizado por la simplicidad geométrica y el minimalismo, para aplicaciones de realidad virtual en 3D.

Caída… a la americana

Por Efrén Piña Rivera

“América… ¿Cuándo vas a desnudarte?

¿Cuándo vas a mirarte a través de la tumba?”

Allen Ginsberg

Hace un par de semanas el New York Times convocó a algunos de sus columnistas a elegir una serie de televisión, una canción, una película o un texto literario que dieran cuenta de la pregunta: ¿Cómo se ven a sí mismos?, ¿cómo entender América? No entraré en el debate sobre lo que es o no América, ni en detalles sobre las diecisiete respuestas publicadas, las referencias que se usaron, o sobre su grande o exiguo valor. Subrayo sí que no faltaron las referencias a Avatar, a El gran Gatsby, a Breaking Bad y a Survivors, reflejos de su imagen propia ante el espejo, las más comentadas, por lo menos hasta el momento de mi consulta.

Es interesante reconocer algunas coincidencias entre las propuestas publicadas. Y aunque admito que mi lectura tiene un sesgo, me dejo llevar por el impulso de hablar aquí sobre las visiones cruzadas que los gringos tienen de su país, su gente y su gobierno. Llaman la atención, en primer lugar, esa mezcla entre zozobra, incertidumbre, inocencia y desaprensión que traslucen las conclusiones de los breves artículos, al lado de sugerentes preguntas sobre lo que viene siendo esa realidad “americana” en tiempos de polarización, de exaltación del trumpismo, de la arrogancia frente a sus aliados europeos en tiempos de guerra con Putin, frente a árabes e hispanos, así como el obstinado afán de justificar su preponderancia militar, política y cultural en todo el planeta y el advenimiento de nuevas y viejas tensiones por la sombra que avanza desde Oriente, desde China particularmente.

Más allá de la elección hecha por los escritores consultados, es sugerente ver que varios apuntan al final del individuo, su “caída”, parafraseando una expresión muy usada en títulos de ensayos, cuentos y novelas: la del hombre natural de Pagden, la del hombre público de Sennett, la de un gran imperio, Roma o Constantinopla, con Gibbon o, también, la de aquella fascinante Casa Usher de Edgar Allan Poe. Aquí se trata de la caída del individuo, que a juicio de opinadores del New York Times, es la señal de estos tiempos americanos. Por supuesto no es cosa menor, pues es un anuncio fúnebre para la más genuina y significativa institución de la cultura americana: el individuo. Se trata, por tanto, del declive frente a la incómoda e inatajable imposición totalitaria del colectivo, representado por las mareas veleidosas del trending topic y sus influencias, tan evidentes como anónimas. A decir verdad, el asunto no parece ser algo muy novedoso, pues la idea de la ruptura de la dualidad individuo/colectivo es un lugar común en los debates de las ciencias sociales. Es un trending topic en sí mismo, una persistente amenaza que justifica de forma recurrente el siempre impetuoso estilo americano.

Hasta ayer seguía siendo común observar en la figura del cowboy, del hombre de la frontera, la fundación del mito americano. Ese héroe oscuro, sin pasado ni historia, recreado una y otra vez, con matices, en la novela negra, en westerns, en musicales y comedias románticas, en las historias de jueces y reclusos, de mafiosos y superhéroes, policías y ladrones, vengadores, deportistas y políticos que pueblan las obras literarias, cinematográficas y series de televisión. Una y mil variantes de la misma figura masculina, casi siempre arrojada, de armas tomar —y no es un decir— que se mantiene, aunque ya no incólume. Ahí están los adolescentes protagonistas de las recientes matanzas de colegios y malls, los asesinos en serie, mezcla de John Wayne con American Psycho, de Indiana Jones y Frank Underwood, figuras para consumidores y soñadores del siglo XXI.

Hay que decirlo: quien se atreve a conocer a los Estados Unidos, lee su historia de más de dos siglos, se acerca de forma crítica a su literatura, a su cine, o recorre algunas de sus ciudades, debe admitir que “América” ha sido el referente de múltiples ideales culturales para habitantes de todo el planeta. Estados Unidos ha sido sinónimo de refugio y generosidad, de pragmatismo e hibridación. Fue el soporte ejemplar de la promoción de valores de humanidad y democracia durante muchas décadas. Encarnó para europeos y asiáticos, y sigue inspirando para muchos migrantes del sur y de todas las formas posibles del Sur, un proyecto, una apuesta en la dignificación de sus vidas. El viejo mito americano incluye otra serie de rasgos, como la del país de las oportunidades, el american dream o el excepcionalismo como hipótesis. No tengo prevención alguna frente a lo que fue la gran nación americana, al carácter de sus gentes, por el contrario, me resulta fascinante.

¿Es que acaso aquella manida fórmula del american style, del individuo como referente de la definición cultural ha dejado de funcionar? Ahora ese sueño americano da cuenta de una distopía, ha devenido en pesadilla. La profusión de las redes sociales con su odiosa transparencia, la exposición sin ropajes, sin escrúpulo, parecen dejar al descubierto, a través de las rendijas o de par en par, otra triste realidad… la de la soledad, el consumismo desenfrenado e irracional y la ignorancia inocultables; el miedo y la agresividad, la indolencia y la intolerancia, señales de una descarada deshumanización… Es lo que se trasluce en el mensaje de algunos columnistas de NYT. ¡Incomodo asunto!

Y es que hay otros mensajes llamativos en la publicación. Alguien pregunta: ¿Acaso, estamos listos? Y se refiere a la “América del futuro” ante el sorprendente desarrollo de las llamadas inteligencias artificiales, y las oportunidades que tiene la sociedad norteamericana de asumir los retos de las IA. Habría que corregir al autor, pues no se trata de tecnologías que estén por llegar, es que ya llegaron. Mediante las dudas expuestas se reafirma ese sentimiento de triste soledad e incertidumbre, pues no queda claro qué es lo que está llegando ni qué es aquello para lo que se deben alistar.

Otros exponen con cierta inocencia e ingenuidad su molestia respecto a la manera como es percibido su país afuera, otro lugar común en la autorreferencia de la cultura americana. Parecen desconcertados del inmenso antiamericanismo que perciben por todas partes, cuando insisten en que ellos son los legítimos defensores de la justicia y los gendarmes de la democracia. Con lentes de provincianismo ven en sus deportistas, sus políticos y artistas el avatar del héroe, del triunfador, del mecenas de la civilización universal. Simulacro y telerrealidad.

Hay otros comentarios destacables que exaltan una extraña continuidad en la cultura americana, que va desde lo frívolo que cobra fuerza y densidad hasta convertirse en una propuesta cultural en sí misma. Desde lo más simple e insulso se reivindica la esperanza a la manera americana, o al menos se mantiene la expectativa sobre un posible mundo mejor. Y aunque parezca ingenua me resulta estimable dicha actitud frente al escepticismo cínico del que nada espera y se hace insoportable por reaccionario. Con mi propia incredulidad frente al porvenir, no dejo de forzarme una y otra vez a creer en el que cree.

Una reflexión más. Después de una breve y punzante autocrítica sobre la desdichada herencia que esa América va dejando en el resto del planeta, algunos autores especulan por la oportunidad de una “segunda edad dorada”. La sola idea de una “edad de oro americana” ya tiene el tono molesto del escapismo y la ilusión vana, como un juego conveniente de una memoria arreglada para soportar lo insufrible del presente y lo incierto del futuro, que en gran medida es consecuencia de las decisiones “americanas” que acaban un mundo que nunca se han atrevido a ver.

Admito que extraño la vieja imagen de aquel gringo, no el cowboy, el de la hospitalidad, la irreverencia y la dignidad. No el del consumo desaforado y la arrogante ignorancia, no el que mira afuera con un gesto de vergüenza, o el que cierra los ojos y actúa con desvergüenza, sino el gringo rebelde y disruptivo, el político ejemplar, hombres y mujeres, artistas, músicos y escritores, que nos han enseñado la desobediencia e inconformidad y, a la vez, las oportunidades y sueños posibles, con gran ingenio y creatividad.

Al final, lejos del afán de los comentaristas del diario neoyorquino, no me preocupa tanto si habrá otro chance para el sueño o el estilo americano. Lo inquietante es sabert si el planeta y quienes lo habitamos tenemos aún alguna oportunidad. Estoy seguro de que, si aún existe, esta depende de nuestra capacidad de aprender de la impresionante experiencia gringa y de los estragos que hemos heredado desde su norte.

Fotograma de la película “El hombre que mató a Liberty Valance” de John Ford (Estados Unidos, 1962).

La noche de San Juan

Por Efrén Piña Rivera

Al final de su vida, la reputación de Mircea Eliade se vio gravemente ensombrecida por cuenta de las acusaciones sobre sus flirteos juveniles con la fascista Guardia de hierro en su país y por la aparente deslealtad con algún amigo suyo que a la postre sería condenado en la Rumania de la posguerra. En medio del escándalo aparece uno de sus últimos escritos, La noche de San Juan, una misteriosa novela sobre el fugaz encuentro de dos amantes, Ileana y Stefan, en medio de las vicisitudes de la Segunda Guerra y la transformación europea del mediados del siglo XX. El gran erudito rumano e imprescindible historiador de las religiones fue un prolífico novelista.

La novela relata el periplo, el viaje del joven protagonista en busca del Tiempo, pero no el tiempo perdido de Proust… “Era otra clase de Tiempo. Aún no lo había vivido, no estaba ligado a mi pasado. Era otra cosa, que parecía venir de otra parte”. Es otro tiempo… “una noche de plenilunio o una tarde de verano, o los cantos de los pájaros” o de los insectos en las diferentes horas del día, la naturaleza “transparente… portadora de valores” que se ven interpeladas por los torbellinos de la dramática historia de Europa oriental.

La noche de San Juan es una disertación sobre lo inexorable del tiempo: el tiempo histórico, el de la guerra y los grandes conflictos vividos en su época. Y el tiempo cósmico, el de “el día y la noche, las fases de la luna, las estaciones… la luna nueva o la luna llena, los equinoccios y solsticios, los crepúsculos matutinos y vespertinos… cada uno de esos fenómenos le revelan un nuevo aspecto del todo, del Cosmos. Le basta con agotar la significación de cada uno de esos acontecimientos cósmicos. De esta suerte, vive en perpetua revelación”. Como trasfondo está, precisamente, la compleja situación de la joven intelectualidad rumana por cuenta de la degradación política y social, la tensión de la entreguerra, que produce tanto la guardia de hierro como el control totalitario de la posguerra con la consiguiente dosis de represión y exilio.

La novela comienza y termina el 23 de junio, aquella noche de las hadas, cuando “se abren los cielos, aunque probablemente sólo se abran para quien sepa mirarlos”. En la tradición europea, para ingleses, españoles y escandinavos, nos dice Eliade, en esta noche se invoca el cielo a través del fuego.

Y es el fuego el gran protagonista, con las orgullosas hogueras que se alzan hasta el cielo y atraen magnéticamente a brujas y niños, a cantores y danzantes. El fuego ahuyenta los malos espíritus y purifica el alma. Siendo una de las noches más cortas del año en el norte es uno de los momentos más esperados. Para algunos es el punto de partida del verano, para otros un momento único en la configuración cósmica.

Los celtas celebraron Alban Heurin, la bienvenida al buen tiempo y la fertilidad. La noche de las hadas es la de los pinos y los fresnos, la de exorcismos, invocaciones y profecías, la de ninots, juanillos andaluces y macarrons catalanes, de magia y misticismo, desinhibición y epifanía, aquelarres y sortilegios.

El solsticio de verano en el norte tiene su espejo en el invierno sureño. Es el momento para ese rito renovador de Occidente que coincide con la fiesta del Sol del inca. Porque en la noche de Ileana y Stefan en la novela de Eliade, la noche de místicos encuentros y desencuentros, es además el tiempo de armonización para pueblos indígenas de América y tanto los viejos poetas beats como los persistentes hippies de la Otra América, obstinados, ávidos de experiencias, responden al llamado del sol.

El solsticio es también en los Andes la ocasión del encuentro cósmico ritual, un nuevo ciclo de vida que reclama su lugar en tiempos de progreso. El Inti Raymi es la celebración y abrazo allende y aquende los mares, en Otavalo y Nueva York, en Cusco, Amantaní y Madrid. En diferentes partes del mundo migrantes andinos ven propicio el momento para insistir en reivindicaciones étnicas, nacionales andinas, peruanas, bolivianas y ecuatorianas, dando cuenta de una temporalidad diferente a la de San Juan. Propician la renovación humano – natural (con lo que pueda significar natural hoy) y su armonización. En Manhattan y en Getafe, con fotutos, flautas y ocarinas marcando el ritmo de las danzas, con hojas de coca, semillas y chicha como ofrendas de abuelos y abuelas, el ritual del sol es un gesto de reivindicación, el llamado de la Pachamama, el desafío a la colonización.

La noche del 23 ahora comienza. Relatos diferentes, de distintos calendarios, confluyen en una misma ocasión. Imagino la experiencia mística del encuentro de quienes aman y se aman, sea en la mitad de algún bosque oscuro europeo, en una plaza española, entre los apus, montañas andinas que hablan, en el comienzo y final de los tiempos, venciendo la hora de la desgracia y saludando el desorden cálido del porvenir. ¡Enciendo el fuego! ¡Que se abran ya los cielos y que muchos seamos capaces de mirarlos!

Danza y música se espera en durante las jornadas en el Inti Raymi

You must live sin fronteras

San Diego es una ciudad azul, fresca y soleada. Sus freeways nos impactan al ingreso. Las luces de los autos se deslizan a gran velocidad y logran amedrentarnos, transmitiéndonos una sensación de desconcierto y abandono. No deja de ser curioso que estemos haciendo el viaje en sentido contrario al usual. Viajamos desde Arizona, con mucha emoción e improvisación, con un mapa impreso y el trazado de la Interestatal 8, sentido Coronado. Hemos alquilado un carro sin navegador, o GPS. Llevamos una referencia telefónica del primo de Alma, nuestra amiga chihuahuense. Las carreteras están desiertas, bordeamos la bahía y ya estamos perdidos. Entramos y salimos de los highways, nos equivocamos una y otra vez y podríamos seguir extraviados hasta el infinito. Es extraña esta sensación de perderse en la maraña de reflectores de una ciudad desconocida mientras la noche teje sus sombras para enredarnos, el mapa que llevamos pierde su utilidad, no es posible detenerse y nos dejamos envolver por la marea. Los ruidosos autos policiales nos rodean, nos cercan, nos interrogan. La clave para salir del laberinto está en un nombre: José Cruz, quien llega al rescate. Mexicano en su porte y en su jerga, en el abrazo y en esa forma de acogernos como si fuéramos sus amigos de toda la vida, cuando en realidad nos acaba de conocer. «¡Bienvenidos a la frontera!»

La versión más difundida dice que la frontera México ─ Estados Unidos es la más extensa que pueda existir entre un mundo pobre y otro rico. ¿Qué significa esta interpretación simplificada y hasta ofensiva? Solemos hacer inferencias obvias y únicas para explicar realidades que difícilmente se pueden delimitar con precisión. Si prescindimos de la interpretación económica para designar lo que es ser rico o pobre, hallaremos la contradicción o el malestar que implica considerar que los herederos del antiguo Imperio azteca o de la riqueza cultural del pueblo tolteca, los hijos de Cuauhtémoc o de Moctezuma, los dueños de la obra religiosa y política más sólida de Mesoamérica, los grandes creadores de arte y literatura, los poseedores del más exquisito patrimonio culinario de América, puedan ser considerados parte de un mundo pobre. Y qué decir del sentido que puede tener la palabra riqueza cuando se aplica a la cultura norteamericana, como si fuese una sola.

Quienes analizan aquellas realidades fronterizas insisten en el peligro de caer en la trampa de lo binario, lo polar. Si bien las líneas divisorias existen en términos políticos, las dinámicas de esas zonas de intercambio son ricas y complejas, hacen que los límites se desdibujen y se reinventen de manera permanente. Siguiendo las convenciones, hemos de aceptar que el límite internacional entre México y los Estados Unidos puede ser el paso o filtro político y humano más extenso entre dos escenarios con un franco desequilibrio social y económico, en medio de un inocultable continuo cultural. Una frontera puede ser un camino o un puente entre realidades diversas, complementarias, o contrapuestas. Desequilibrio en este caso significa contención e interdependencia. Pero nada de eso impide reconocer que se trata de un solo cuerpo fracturado o de un alma rota que busca su utópica unidad. Esto se refleja en nombres híbridos de ciudades escindidas como Mexicali ─ Calexico.

Arbitrarios, traumáticos y feos son los muros, las líneas, las grietas, las rejas que separan el territorio mexicano del estadounidense, ya sea que se encuentren en la playa de Tijuana, en el desierto de Altar o de Arizona, en el canal de Mexicali, en el Río Bravo, en los puentes de Piedras Negras o de Ciudad Juárez, en las bardas y garitas de Nogales, Nuevo Laredo o El Paso. La línea fronteriza internacional es una afrenta para una vida cultural confluyente, un adefesio para el paisaje, un desatino para el desierto, un horror para la historia del continente, una cicatriz. Recuerda de manera permanente a los mexicanos la obra de sus gobernantes irredimibles, los autores de la larga herida que no para de sangrar.

La casa de José y María, nuestros anfitriones en San Diego, es un tráiler situado en un lote parking para este tipo de viviendas. Allí se encuentran apiñados cientos de remolques, como las pequeñas piezas amontonadas de un juego de mesa, o las pequeñas casas de cincuenta metros cuadrados o menos, de las urbanizaciones «de interés social» bogotanas. Pero estas casas móviles están hechas a la usanza de las residencias norteamericanas, remedos de las casonas típicas de suburbios de la East Coast americana, hechas a escala, como de juguete. Un mínimo antejardín con su casillero postal, un porche, un garaje, atrás un par de metros para el pícnic, una cocina, un comedor y una sala, un baño común, dos habitaciones y la alcoba principal con su baño privado. Nos recibe la pantalla gigante de televisión en el estrecho living y el ladrido de una perra diminuta. José y su familia nos hacen sentir como en casa. María va directo a la cocina para servirnos unos tamales picosos preparados para la navidad. Preguntas de ida y vuelta, mapas y consejos, planes y encargos.

Y es que antes de poder hablar de México o de Estados Unidos, antes de la idea misma de América, en aquellos «lugares de rocas secas» y en los esculpidos acantilados sobre el cálido mar que Magallanes llamara Pacífico, en aquellos desiertos y fértiles valles, ya había una inmensa red de araña, un gigantesco atrapasueños que retenía fantasías y construía realidades, y que desde entonces no para de manifestarse. Se trata de una gran extensión que incluye los desiertos de Sonora, Arizona, Chichuahua y Mojave. Un continuo en el espacio y el tiempo que separa con nombres una misma realidad: Monument Valley, Green Valley, Death Valley o Silicon Valley y que representa un espacio tallado por el viento y los seres humanos, con ciclos en los que se alternan vida y muerte, lo exuberante y lo inhóspito, esplendor y ruina. Es el mundo de la cueva madre de los chichimecas, de la mujer de peinado de mariposa, de los guerreros y jugadores de pelota que aún están representados en petroglifos y pictografías. Aún hoy con el cálido viento se escucha el eco de los pasos de comerciantes que rondaban ciudades de piedra, ya sin nombre. Entre las rocas siguen visibles las huellas de los caminos trazados que conectaban tierras lejanas, los surcos de canales que encausaban el agua entre chaparrales.

Aquellos valles y llanuras siempre han sido zonas de tránsito de riquezas de norte a sur, de sur a norte, cuando no existían ni «el Sur» ni «el Norte». Lugares de paso actual de campesinos y aventureros, de amas de casa devenidas en sirvientas, de mulas traficantes y contrabandistas, de niños y niñas hechos fuerza laboral. Antes fueron rutas de intercambio de piedras verdes y azules, hoy llamadas turquesas, de pipas rituales, tejidos y cerámicas, finos y mágicos ornamentos, aves de plumaje vistoso. Bellas y tristes leyendas y fantasías persisten estampadas en cascabeles de cobre o en cerámicas policromas. Con ellas se guardó la memoria de aventuras de enamorados perdidos entre los cañones. Estas historias duermen en la piedra, en las máscaras de barro, en malacates modelados. La obsidiana narra leyendas de amantes y dioses. Por esos desiertos se movía kokopelli con su flauta y su joroba, un dios o un diablillo que invitaba al baile y a la alegría para propiciar la fertilidad.

La frontera, que es oportunidad de intercambios, es también una triste leyenda que se repite. Los españoles, seguidores de Hernán Cortés, llegaron tronchando cabezas y expulsando rayos por las puntas de sus brazos para someter al indio y fulminar a sus dioses. Siglos después, el dios verde del dólar compró forzadamente lo que no estaba en venta. El gringo añadió el señuelo del dinero, la tentación del consumo, la manida promesa de la abundancia, ese otro espejismo de «la tierra prometida». Lo fue para el pionero del Este, para los migrantes, allende los mares, del Sur hispano o el Sur africano, que llegaron desde cualquier rincón y a través de cualquier «hueco». Son las quimeras de fama y lujo en Hollywood, el sueño libertario de miles de jóvenes de los sesenta que decoraban sus combies y sus pelos largos con flecos y flores, mientras rodaban por la Ruta 66.

Antes de ser América, estas bahías, estas montañas escarpadas y suaves terraplenes fueron escenario de ciudades increíbles, revestidas de oro, en la imaginación de los europeos. Hay un claro enlace entre el mito tolteca chichimeca sobre el origen de los hombres y mujeres del desierto en Chicomóztoc o las siete cuevas y los fascinantes rumores llegados a oídos del virrey de la Nueva España sobre Cíbola y sus siete ciudades de oro. Este espejismo empujará a Francisco Vásquez de Coronado, «el conquistador perdido», tras su sueño dorado. Cientos, miles de hombres y mujeres, como en la epopeya de Coronado, irán tras el oropel. Verán esfumarse el sueño de Cíbola y armarán la siguiente expedición para alcanzar la Gran Quivira, y la verán deshacerse de nuevo. Como en la condena de Sísifo, verán «rodar las piedras» y volverán a intentarlo, y caerán, en un sinfín, en busca de la utopía.

Nuestros anfitriones de San Diego no logran traducirnos el mundo en el que se han insertado desde hace varios años. La comodidad que han alcanzado en esa sociedad les parece natural y les hace incomprensibles nuestra curiosidad y afán de indagación. Con la misma facilidad con la que conducen por expressways, calles y avenidas interestatales, se mueven hábilmente por las costumbres y el ritmo de vida norteamericanos. Conocen los códigos indispensables no solo para sobrevivir sino para ser felices. Alma es de Chihuahua, José y María vienen de Tijuana y ninguno de ellos sueña con regresar a vivir en México. Estar aquí, entre California y Arizona, no solo define un estilo de vida al que no desean renunciar, sino que representa una ruptura con esos mexicanos que no han logrado traspasar la frontera. Ante la supuesta y remota posibilidad de derrumbar el muro y permitir el libre tránsito hacia Estados Unidos, ellos responden de manera enfática que sería «el acabose para todos», no quisieran que esto llegara a suceder porque creen que México entero se volcaría sobre Estados Unidos y sus condiciones de vida se verían afectadas.

Hay una lógica perversa que depende no solo de la existencia del muro sino de las condiciones aciagas a las que se enfrenta un inmigrante. Al mismo tiempo que se mejoran los controles para que la frontera no pueda ser traspasada de manera ilegal, se generan las trampas, las posibilidades de violar las medidas, el negocio de los coyotes. Pero alrededor de ello también existen organizaciones civiles o religiosas que trabajan para menguar el padecimiento de los inmigrantes, e inclusive pululan los oportunistas que dependen de la desgracia de la inmigración fallida. Se diría que la frontera también llega a ser un negocio del que se nutren por igual mexicanos y gringos. Esos múltiples rostros de la frontera, esa leyenda forjada y repetida a través de canciones, novelas, películas y artículos de prensa, nos han llevado hasta allí para conocer el punto de cruce entre los dos países. Lila Downs lo dice mejor…

Cuando yo salí del rancho no llevaba ni calzones

pero sí llegué a Tijuana de puritos aventones,

como no traía dinero me paraba en las esquinas

para ver a quién gorreaba los pescuezos de gallina.

Yo quería cruzar la línea de la Unión Americana,

yo quería ganar dinero porque esa era mi tirada,

como no traía papeles, mucho menos pasaporte,

me aventé cruzar los cerros yo solito y sin coyote.

Después verán cómo me fue…

San Diego, llamada «la ciudad más fina de América», es una de las más codiciadas por los estadounidenses. Su posición geográfica atenúa los rigores de las estaciones, el océano Pacífico embellece su perfil con sus playas llenas de gaviotas, tiene sitios acogedores como el Seaport Village en donde los árboles de raíces desnudas se despeinan con la brisa; Old Town donde se conservan las primeras casas y haciendas desde la fundación de la ciudad; Down Town con sus bellos cafés y restaurantes; Coronado Island, ese lugar de casas millonarias a donde se llega por un puente levadizo sobre el mar. También está el sitio de los museos, Balboa Park, con jardines, estanques y fuentes, en donde por momentos uno cree estar deambulando por los jardines de Versalles.

Si San Diego está llena de mexicanos es porque en muchos sentidos sigue siendo mexicana. Hay una fuerza viva que emparenta la historia actual del condado californiano con las rutas de indios, con las misiones franciscanas y jesuitas, sus intentos de concreción de la utopía cristiana en el más acá, con los ranchos y haciendas de tiempos de la construcción de México, antes de la concesión forzada, es decir de la guerra. Pero también porque el impresionante crecimiento de San Diego, como de California en general, es el resultado de las distintas olas migratorias desde el sur a lo largo del último siglo.

Braceros, mojados, pachucos o chicanos son rostros de una realidad compleja que rodea la frontera y que conforma la historia de dinámica binacional. El arrojo y la temeridad del inmigrante, que en numerosos casos raya con la inmolación, son directamente proporcionales a las fieras medidas de control implantadas por las autoridades estadounidenses. Si no hay dinero para los coyotes es probable que el río, el mar o el desierto, terminen con el american dream.

Ciertamente el llamado fenómeno de la migración mexicana tiene muchos semblantes difícilmente abarcables con unas pocas explicaciones. En los años cuarenta, sabemos, tuvo lugar esa historia dolorosa conocida como el «programa Bracero». Fue la oportunidad del gobierno del Norte de contar con trabajadores agrícolas a muy bajo costo. Miles de campesinos mexicanos se lanzaron a la «aventura» y muchos de ellos encontraron el hambre, la humillación y la muerte por las difíciles condiciones de subsistencia en centros de contratación injusta y por los rigores del clima. Estas historias permanecen aún sepultadas en el anonimato y el olvido. Los braceros debían escoger entre miserias, pero una de ellas incluía la posibilidad de ayudar a sus familias alquilando sus brazos al otro lado del muro. Nunca renunciaron a su cultura, a su lengua o su religión, aunque por sus condiciones de pobreza ya habían sido desterrados en su propio territorio. A su lado, los pachucos, mexicanos de doble nacionalidad, seducidos por la sociedad que los acogía, quisieron declinar su cultura sin adoptar del todo aquella extraña en donde empezaban a sentirse cómodos. Esto les significó el resentimiento de sus hermanos y además un doble rechazo: el de sus compatriotas y el de los norteamericanos. Según Octavio Paz, ser pachuco es ser rebelde. Ellos «afirman sus diferencias, las subrayan, procuran hacerlas notables». Son mexicanos «huérfanos de valedores y de valores» que han perdido toda su herencia, que tienen el alma a la intemperie y pueden convertirse tanto en mártires como en héroes malditos. Quizá la cultura chicana de hoy haya surgido de los pachucos. Para algunos, ser chicano no alude necesariamente a una cuestión étnica. Puede serlo cualquier persona que es consciente de la necesidad de justicia social con relación a la población latina, hispana, en los Estados Unidos.

Pero a los millones que han concretado este sueño americano, la idea del regreso se opone a la idea del progreso. No les cabe en la cabeza, aunque tengan nostalgia por su pueblo, aunque sigan arraigados a sus costumbres y a su lengua y no estén dispuestos a perder ni un pelo de su historia. Estos hombres y estas mujeres que se han quedado en el país del norte, sin saberlo, son los encargados de reconquistar cotidianamente el territorio perdido. Difunden su cultura como esparciendo sus chiles y enchiladas en cada sitio al que llegan. Se niegan a ser nombrados como meros proveedores económicos o remitentes de remesas a su país y se nombran a sí mismos «productores de remesas culturales».

La cultura es dinámica o no lo es. Y el sur de Estados Unidos y el norte de México son un dramático y fascinante laboratorio de transculturación. La vida cotidiana de los norteamericanos, aún de aquellos que se resisten a vincularse con sus dicharacheros vecinos, es el cuestionamiento permanente de la frontera. En todos los lugares que recorrimos encontramos restoranes con un aviso de neón que anuncia, como un señuelo, mexican cuisine. Los platos o ingredientes mexicanos están presentes en las cartas de comida, aunque la preparación haya sufrido grandes transformaciones, pues el paladar de los estadounidenses no puede tener el mismo mapa gustativo de sus vecinos, pero cada vez recibe con mayor placer sus mezclas y necesita cada vez más los productos del sur. Simbólicamente la frontera se va borrando, el muro se desploma lenta e irremediablemente, a fuerza de palabras, de sabores, de colores, de hijos y de afectos.

En el corazón de Phoenix hay una plaza de mercado en la que se vive el sentido de estas palabras. Una vez que se deja la zona de estacionamiento, propia de los malls gringos, después de traspasar la puerta de vidrio, uno tiene la sensación de estar arribando a un típico rancho de cualquier pueblo mexicano. La música ranchera y norteña lo invade todo con sus alaridos de gozo, los guitarrones marcan el ritmo de los compradores, quienes después de descender de sus camionetas y autos estadounidenses, repentinamente descubren sus rostros mestizos, sus lisos cabellos azabache, sus sonrisas campechanas, las panzas de mariachis que llenan plácidamente con tacos al pastor, chorizos, guacamoles, junto a las variedades de chiles que forman montañas en el supermercado. «¡Pásele no más!, tenemos pozole, pancita, enchiladas, flautas…», las mismas voces de las ventas callejeras en Coyoacán o en Xochimilco. Los pasillos están repletos de productos mexicanos, con sus fuertes olores que excitan la sangre y el apetito. Las frutas arman fiestas de formas y colores, un zumo de cualquiera de ellas o de todas juntas borra el sabor de las sodas o de las bebidas saturadas de azúcar que se toman en cualquier otro lugar y nos recuerda el sabor de la tierra.

En esta placita uno siente que todo le pertenece, que algo se reacomoda, vuelve a su lugar, como si la lengua reclamara su origen y su tiempo, como si la memoria regresara al sitio de la infancia, cuando nos arrullaban con rancheras y nos hacían reír con Cantinflas o Capulina. No es solamente la música, ni tampoco el olor o los sabores, es la actitud abierta y desenfadada, la sonrisa de dientes grandes y el acento cálido que te invita a probar, a chuparte los dedos.

San Diego es el lugar ideal para los inmigrantes que vienen del norte de México porque muchos tienen su familia en Tijuana o en ciudades cercanas y permanentemente pueden ir de un país a otro, siempre que cuenten con la ciudadanía o la residencia estadounidenses. Es el caso de nuestros anfitriones, quienes tienen a sus familias en Tijuana y viven a diez minutos de la frontera. Nos cuentan que muchos mexicanos que tienen visa de entrada o residencia trabajan en San Diego, pero prefieren vivir en Tijuana, porque así pueden ganar dólares y gastar pesos, ya que San Diego es una de las ciudades más caras de los Estados Unidos. Pero también hay mexicanos millonarios que viven en Coronado Island y tienen sus negocios en la caótica Tijuana.

BIENVENIDOS A TIJUANA

Pasar de los Estados Unidos a México en este punto puede ser tan simple como complicado en el sentido contrario. Ir por la Interstate Highway 5 que atraviesa San Diego, avanzar por debajo de un puente, entrar por una calle sencilla y saber que ya estamos al otro lado, sin grandes carteles que anuncien el territorio mexicano, sin agentes de control que pregunten o requisen. Con el rostro, el vehículo y los papeles indicados la frontera se hará invisible. Unos bombillos verdes que dan vía libre son la única señal. Entonces uno puede adentrarse en el corazón de Tijuana, aparecer en la Avenida de La Revolución donde los vendedores callejeros y los dependientes de tiendas y restaurantes te asedian con sus mercancías, te hablan en inglés para invitarte a pasar a los bares, prometiendo todos los placeres por un único precio en dólares, bar abierto, el masaje azteca. «Bienvenido a Tijuana. Tequila, sexo y marihuana», canta Manu Chau.

Hemos llegado de noche, cuando la ciudad empieza a despertar a su sordidez. Más de cincuenta prostíbulos infantiles según datos de internet, y las muchachas descubren sus cuerpos como carnada para los gringos o los mexicanos venidos del otro lado de la línea. La atmósfera que se respira es de comercio y cacería de dinero, taxis de todos los colores que se detienen en las esquinas para avizorar el ritmo de la noche, luces intermitentes, discotecas venidas a menos, bares clausurados, limosneros y basura en las esquinas. Bienvenido a Tijuana, la otra cara de San Diego, su contraparte oscura y vergonzante, su otro rostro imprescindible.

San Diego y Tijuana son cara y sello de una realidad en la que unos son los aventajados y otros los que se esfuerzan por alcanzar lo que consideran el éxito, unos los cómodos y otros los expuestos, aquellos usufructúan la historia de estos a quienes les interesa ascender sobre los hombros de los que siguen mirando desde el otro lado, esperando el momento para saltar y así ocupar el lugar de sus hermanos. «Llegar hasta aquí nos ha costado sangre y lágrimas, pero ya nadie nos puede sacar, ahora nos hemos vuelto a apoderar de este territorio», parecen decir los residentes, los ciudadanos de un país que les ofrece oportunidades que nunca tuvieron al sur de la frontera. Como si siempre hubieran sido eso que son ahora, estos seres bifrontes mezclan su lenguaje, se desplazan cómodos y felices en los grandes autos de un lado al otro, para visitar a sus parientes de ojos abismados y un tanto resentidos, y que horas más tarde regresan hablando en inglés a los alguaciles gringos, con la seguridad de que al otro día estarán a tiempo en sus factorías, en las tiendas o en las oficinas en donde se comportan como ciudadanos ejemplares.

Un muro doble separa las casuchas de Tijuana de los expressways de San Diego. Los niños y los perros juegan en los peladeros que circundan la fea muralla, una calle corre paralela a la línea mexicana y a lo lejos pueden verse los reflectores de algún vehículo que inspecciona permanentemente. En la playa el espectáculo es sobrecogedor para quienes nos estrenamos en esa visión. El faro de Tijuana proyecta su luz hacia el océano y las olas golpean porfiadamente las rejas que hieren la arena. Que haya muros sobre la tierra no es extraño, pero sí lo es un muro que semeja una cárcel para el océano, que separa las aguas, que divide la espuma, los peces. «Esa arena no nos pertenece, estos caracoles son ilegales». Las altas rejas se clavan en el alma de la arena, los barrotes separan lo que el viento se encarga de unir, de revolver. La división del océano parece una ironía a su vastedad, una burda cachetada a sus aguas abarcadoras. Cortar el agua con el hierro, decir de cuál lado saltan las caracolas, a qué lado deben volar las garzas.

En las barras de hierro hay un aviso en caligrafía de molde que con errores de escritura anuncia: «Danger objects under wáter» «pilegro hierros bajo del auga». Alguien en plural ha clavado unos carteles de madera que muestran una calavera gigante y multicolor, dentro de ella miles de nombres de migrantes fallidos y en el centro la leyenda: «y más de 500 migrantes no identificados…» Al lado, otros carteles con nombres y nombres que representan las vidas perdidas por alcanzar el otro lado de los barrotes: Juan Antonio, Jesús Hedel, Fidel, Eugenio, Nicolás, Moisés… aquel que pudo caminar entre las aguas investido por un instante del divino poder. Estos anónimos murieron en la travesía. Cuentan que bajo el agua aguarda la trampa de hierro, en la que también suelen suicidarse los peces.

Hace unos años allí quedaban las famosas playas de Tijuana, había un malecón para los paseantes, pero una borrasca o la furia del mar arrasó las construcciones y se tragó la playa, de tal modo que ahora las olas golpean un callejón de luces desteñidas y de vez en cuando amenaza las casas humildes que vuelcan sus basuras en las esquinas. El mismo fenómeno natural invadió las playas de San Diego, pero cosa curiosa y predecible, allí no causó ningún daño lamentable, porque las extensas playas superaron la prueba. ¿Se ensañó el océano con Tijuana? Quizá la respuesta es de sentido común, no es la suerte sino la planeación, no es la desgracia sino la dejadez, no es la miseria sino el abandono.

Una gaviota se ha parado junto a las rejas y parece mirar hacia el otro lado, como dudando de atravesar el límite, su figura blanca se refleja en la arena y se pierde al lado de la espuma enfurecida. Un pescador viene con su caña del lado de Tijuana y de pronto el pez lo hala, lo conduce hacia el norte, lo obliga a atravesar los barrotes y, con naturalidad, guiado por la marea y por el pez juguetón que se creyó a salvo si se colocaba del lado de San Diego, mete su cabeza por entre los hierros y queda del lado de allá, sin darse cuenta, embrujado e inocente de su transgresión.

Unos metros arriba de la playa, ascendiendo por un camino de cemento, se encuentra un obelisco con esta leyenda: «Límite de la República Mexicana. La destrucción o dislocación de este monumento es un delito punible por México o los Estados Unidos». Y en una de sus caras laterales este otro letrero: «Punto inicial de límite entre México y los Estados Unidos fijado por la comisión unida, 10 de octubre de 1849 según el tratado concluido en la ciudad de Guadalupe Hidalgo el 2 de febrero de 1848 Pedro García Conde comisionado mexicano José Salazar agrimensor mexicano».

Dicen que por épocas se ven encuentros a través de estas rejas. Mexicanos de lado y lado se estrechan las manos, madres e hijos hablan largamente, enamorados se abrazan entre las bardas y se prometen un encuentro imposible, más allá de territorios ajenos, sin el peso de la llamada ilegalidad. El mar como testigo, el peso del dinero sobre la fuerza del amor, duelo sin vencedores, marca que se lleva en la piel.

Tijuana es un misterio que quisiera descifrar. Pasar la línea divisoria, la frontera absurda del oprobio, el «muro de la infamia». Este paisaje fragmentado hace parte de la vida normal de Tijuana, quizá ya nadie se pregunte o se aterre de su existencia, solo nosotros, los visitantes recién estrellados con la realidad de la frontera. Tijuana duerme un sueño sobresaltado, hace largas filas de automóviles para traspasar los controles, vende y canta mercancías en medio de los autos, pide limosna y codicia las luces de San Diego. Trabaja duro para que sus vecinos disfruten unas playas tranquilas, las largas avenidas arboladas en vez de las calles desnudas y todo el dinero que fluye con forma de hombres y mujeres que trabajan con tesón, mientras las lujosas camionetas americanas se llevan lo mejor de cada día.

Al regreso los guardias gringos nos reciben los pasaportes y revisan nombres en las computadoras. Las luces atraviesan los vehículos para descubrir alguna sorpresa entre los autos. Si el guardia sospecha algo, remite a la requisa del vehículo. Se oyen unos gritos y algunas detonaciones, después el silencio y tres hombres con las manos en alto son conducidos hacia otro lugar. Hemos pasado la prueba y volvemos a ingresar en San Diego. Allí nos sentimos extrañamente incómodos, traspasamos la línea y nadie intenta detenernos.

Siento alivio por sentirme de paso, por tocar tangencialmente esta realidad que muchos añoran y por la que dejan sus huesos entre el muro. Siento alegría de entrar y salir, sin que nadie me detenga o me pregunte si tengo intenciones de quedarme, o de engrosar el ejército de inmigrantes. Experimento lo que significa la libertad de tránsito, el derecho de pasar y devolverme, de ir hacia el lugar en el que quiero estar. Hay rabia por aquellos que instalaron los hierros para partir el mar, dolor por los que se sienten impelidos a abandonar lo que aman, a dejar el lugar que no logra retenerlos.

ESTAR AL BORDE

Todos los habitantes de este territorio son hijos de la misma arena, de los desnudos rayos del sol, de esas esfinges verdes que esculpe la tierra y que surgen por todos lados, los juguetones saguaros como vigías del desierto, los verdaderos dueños del norte de México y del sur de Estados Unidos. Quizá como los saguaros, los habitantes son fuertes y espinosos, pero también son la nota amable del paisaje. Tal vez el desierto moldea su carácter, templa el espíritu para el porvenir.

Los mexicanos se expanden, extienden sus brazos y logran penetrar la sociedad norteamericana. Las palabras pretenden separarlos. Entonces inventan una tercera lengua que se ensambla y fluye en las calles, en las oficinas y en la cotidianidad. Aunque el espanglish hiere la gramática de los dos idiomas y resulta grotesco para los oídos académicos, es el abracadabra, el ábrete sésamo de la vida real: «Voy a pagar un bill», «llámame p´atrás», «estoy on call», «voy a cookinar», «dame time», «tengo un appoiment», «¿A qué horas están abiertos?» Reconquistar el territorio perdido requiere cierta dosis de humor y de ironía. Es como si dijeran «está bien, aprendo tu lengua, pero la convierto en otra, la hago también mía».

Neplanta es la expresión náhuatl que significa estar «en el medio», en el límite del territorio, del lenguaje, de la cultura. La chicana Gloria Anzaldúa resignifica la palabra para exaltar lo ambiguo, lo transcultural, esa «niebla de caos», ese «mestizaje espiritual» que enriquecía su historia, su cultura, su lengua, su identidad múltiple y caótica. Porque no se trata de romper la frontera para ser de aquí o de allá, sino de permanecer en el borde, en la mezcla literal y simbólica, estar en transición, en proceso, en cambio permanente. Ser el uno y el otro, estar aquí y allá al mismo tiempo.

To live in the borderlands means you

are neither hispana india negra Española

ni gabacha, eres mestiza, mulata…

you must live sin fronteras

be a croosroads.

El derrumbamiento del muro se siente lejos del paso internacional, debe sentirse en las escuelas y ya está en las casas en donde la mucama o la niñera es una mujer maciza que cuenta sus historias en una lengua que los niños y las niñas empiezan a incorporar a su vocabulario cotidiano y a sus recuerdos. No hace falta traspasar las rejas para estar en México. Basta con hurgar en las casas norteamericanas para comprender cómo se incorporan las remesas culturales. Como lo escribe Anzaldúa:

Pero nunca nos quitarán ese orgullo

de ser mexicana–Chicana– tejana

ni el espíritu indio.

Y cuando los gringos se acaban

–mira cómo se matan unos a los otros–

aquí vamos a parecer

con los horned toads y los lagartijos

survivors del First Fire Age, el Quinto Sol.

Todo se trastorna, menos el océano, que lame de manera interminable, paciente, los barrotes que hieren la playa y que algún día se convertirán en estatuas de sal.

Proemio

Al ángel de la memoria que todavía habita la antigua escuela derribada. 

A quienes no borraron esa muda lección.

***

Los niños son anarquistas
que huyen del presidio escolar
cuando suena la campana.
Los adultos lo advierten
y entre tibias caricias
deciden enjaularlos
en corrales de nácar.

JUAN MANUEL ROCA

 

¿Qué hacer con tanta cosa vivida, atesorada y muda? Con la memoria sucede algo semejante a lo que ocurre cuando nos miramos al espejo: al ver la imagen frente a nosotros la creemos propia, pero si nos alejamos de ella, la imagen desaparece o cambia y ya no estamos seguros de que nos pertenece. Así los recuerdos cuando se narran, cuando se escuchan.

Agradezco a quienes me susurraron su historia al oído, pues el aire la transformó en ficción y ahora pertenece a todos. Tal vez el lector pueda ocupar de nuevo su puesto en el pupitre, repasar la lección, recuperar su voz atorada y contar la historia que falta.

Se cuenta aquí la memoria de la escuela, ese lugar remoto del que aún cargamos vestigios, agravios, risas, señales en los ojos, raíces en las manos… Frente al dictado del silencio, todavía nos queda la insolencia.

***