Ida Vitale. Recorrido por un bosque de palabras

A todo lo que ocurre
sin ser más que eso: algo…
… Al que se acuerda de mí.
Al que me olvida.
Ida Vitale 

La creación poética ha generado un universo reflexivo en el que brotan melifluas definiciones y frases incandescentes. Una de las acotaciones más seductoras la hace Jorge Luis Borges cuando dice que la poesía quiere volver al origen mágico e irracional del lenguaje, “sin prefijadas leyes, obra de un modo vacilante y osado, como si caminara en la oscuridad”, al estilo de un “ajedrez misterioso, cuyo tablero y cuyas piezas cambian como en un sueño”. Es seductora porque invita al juego y al deleite de extraviar el camino cierto que conduce de los significantes a los significados, de una expresión verbal a su referente, e incita a romper la cadena que ata un discurso a una realidad. Sugiere crear otro lenguaje, quizá más cercano a la sensación que a la razón. Esa vuelta a la raíz, siguiendo la idea de Borges, implica dejar de creer que los significados de las palabras están en los diccionarios, o que las obras literarias, y el arte en general, tienen sentidos específicos que están ocultos y que es necesario descifrar o interpretar.

El origen del lenguaje nos lleva a la analogía entre las palabras y las cosas, entre los sonidos y el mundo que estos erigen; el poder que se le atribuye al Dios judeocristiano de crear el mundo al tiempo que lo fue nombrando, y la posibilidad infinita que tiene la literatura de desplegar y crear universos. La poesía tiene adicionalmente la facultad de hacer que las palabras y los versos se fundan con los sonidos, la música, para desplegar sentidos y sensaciones que no nacen solo del poeta sino también del receptor. Juan Ramón Jiménez es categórico:

El poeta es un creador. Lo que aparentemente no existe lo crea, y si lo crea es porque sus elementos existen. Si un científico inventa, y a todo el mundo le parece natural el invento, sea práctico o no, ¿por qué no ha de inventar un poeta que puede hacerlo, un mundo o parte de él? Es lo que le acerca al mito divino, que es el del Narciso verdadero, como dije tantas veces; crear a imajen y semejanza. Todo dios es narcisista… Nombrar las cosas ¿no es crearlas? En realidad, el poeta es un nombrador a la manera de Dios «Hágase, y hágase porque yo lo digo»” [La j en el lugar de la g es criterio ortográfico del autor].

El trasfondo de lo que han llamado “evolución de la poesía contemporánea” tiene que ver con la relación que hay entre las palabras y la forma como ellas nombran, elaboran o se liberan del referente exterior. Es el juego entre el yo del poeta, la realidad externa, los símbolos, el objeto estético verbal, el alejamiento de la razón, el lugar de la sensación. De este análisis hecho por los críticos literarios, han surgido los nombres de movimientos poéticos como el romanticismo, el parnasianismo, el simbolismo, el impresionismo, la poesía pura, el suprarrealismo y otros ismos que florecen por doquier y atraviesan fronteras y tiempos, sin que la poesía, que es arcilla, agua, soplo y luz al mismo tiempo, logre dejarse reducir a recetas o se deje empacar en cómodas vasijas para consumo rápido y fácil digestión.

Tal como en la música, en la que la forma es el fondo, hay en la poesía una imposibilidad de separar las palabras de sus sonidos y estos de sus significados, y como hija de la lira se la enmarcó dentro de formatos preconcebidos, que en términos genéricos se conocen como el verso clásico. Paul Verlaine, Stephane Mallarmé, Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y el gran Federico García Lorca, revolucionaron el lenguaje poético y han tenido una resonancia trascendental en posteriores generaciones de poetas.

La consecuencia de esta reinvención de la poesía no es solo el verso libre sino la necesaria transformación de las palabras y de las figuras retóricas, el cambio de la relación entre los símbolos y la llamada realidad verdadera, la creación de realidades subjetivas, la fragmentación, la fugacidad y el movimiento, el imperio de la sensación y de la irracionalidad simbólica. El Juan Ramón Jiménez de la llamada poesía pura escribe:

Inteligencia, dame
el nombre exacto de las cosas.
Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.

Por esta vía la palabra crea el mundo, no al revés. De otro lado, esta expresión poética exige un cambio en la forma de recepción del poema porque el autor no se limita a adornar lo que cuenta, o a utilizar la alegoría o los símbolos fácilmente interpretables, sino que borra, esconde, sugiere, transforma, deja el espacio y el tiempo para la imaginación del lector (introduce el silencio, el espacio en blanco), exige su participación creativa y la de sus sensaciones. Este tipo de poesía suprime la anécdota como suceso o historia contada, en ella no hay un antes ni un después, no se cuenta algo de alguien, no pasan cosas concretas, el yo del poeta es una ausencia que convoca, es una mano invisible a la que no nos podemos asir.

Mallarmé dice que el poema siempre debe encerrar enigma, insinuar imágenes que se evaporen, pues nombrar un objeto es destruir el placer que consiste en la “adivinación gradual de su verdadera naturaleza”. De ahí el gusto por la elipsis, la ruptura de la sintaxis, el uso de frases inconclusas, hasta llegar a la fonética poética y al tratamiento de las palabras como una masa que ha de ser trabajada, como una carne (vocales y diptongos) y una “delicada osatura que es preciso disecar” (consonantes).

“Cada palabra debe ser la punta de un iceberg”

Si la palabra oculta más de lo que muestra, si ahonda más de lo que presume, si solo empina su cabeza para sugerir el volumen de su cuerpo, es porque está cargada de un contenido dinámico que viene viajando desde su origen mítico, arrastra toda la carga simbólica que recoge a lo largo de la historia, la imaginación añadida por todas las generaciones y los tiempos, hasta llegar a nosotros plena de sentidos, pero aún deseosa de sinsentidos, sólida en apariencia, incierta, generosa en emociones, ávida de sentimientos y cada vez menos necesitada de razones. La palabra es inacabada y móvil pero de ella nos sostenemos para crear certezas.

En esta atmósfera, con esta carne sensorial está hecha la poesía de Ida Vitale, criada en Uruguay, reposada en México y madurada en el mundo de la literatura universal. Entre sus maestros destaca a Juan Ramón Jiménez y dentro de sus devociones a Mallarmé. Como ellos, cree en el poder de las palabras, afirma que son apenas la punta de un iceberg que esconde “todo su misterio”. Estos versos revelan la primacía que les atribuye:

Ármase una palabra en la boca del lobo
y la palabra muerde.

Entramos al universo de Ida Vitale para dialogar con esa voz que fluye en “procura de lo imposible” e inacabado: “Inacabado es el espacio que uno le da al silencio, que sería equivalente al blanco en la página”. El metalenguaje atraviesa su obra en una continua reflexión que sentimos como propia porque logra abstraer su voz personal para involucrarnos como hablantes, escritores o usuarios de una lengua. Sus versos fluyen de un yo que es cada uno de nosotros para inquirir por el ser y el lugar de las palabras, pues estas parecen haber sido condenadas a la muerte del uso desalmado o a la amputación de los sentidos:

Palabras de mar profundo
a cada instante suben a morir
por cientos, contaminados peces…

Lengua del mundo, acorralada:
cuánta muerte recibes, nos destinas…

Las palabras no desaparecen, mutan: “un breve error / las vuelve ornamentales”. Y para que la sensación de levedad sea gráfica, deja entre ellas espacios en blanco, las convierte en escalera, en flor que se desgaja hacia el fin de la hoja y las llama

airosas,

aéreas,

airadas,

ariadnas.

Como son inseparables de nosotros, corremos el riesgo de desaparecer con ellas, como sucede con la palabra olvido: “Su indescriptible exactitud / nos borra”. Tampoco su uso es azaroso, es el preciso en el instante justo, aunque la palabra instante es tan fugaz que desaparece tan pronto se pronuncia, como es eterna la expresión eternidad: “La palabra infinito es infinita, / la palabra misterio es misteriosa”. El lenguaje es la única ruta de salvación (¿qué otra cosa es la botella para el náufrago?) y si lo desatendemos o descuidamos, algo perderemos para siempre. La figura de Ida Vitale es casi literal:

Perdida en la espesura
del lenguaje,
dejaste caer guijarros mínimos,
signos de salvación,
para que los recogiese el advertido.
No era efímero pan.
Pero, incomibles,
se los traga la tierra.

Como los árboles, las palabras son seres vivos que se alimentan en la profundidad y buscan la altura, pero como todo símbolo es dinámico, rápidamente introduce un contraste: “Son menos que los árboles; pueden tener raíces hacia lo hondo, pero no crecen hacia arriba. En el fondo, les perturba el cielo. Si lo descubren, ya no se sienten nunca más cómodas en la bárbara garganta de los hombres”. En el poema “Reunión” es casi imposible separar lo que se dice del cómo se dice, el continente del contenido:

Érase un bosque de palabras,
una emboscada lluvia de palabras,
una vociferante o tácita
convención de palabras,
un musgo delicioso susurrante,
un estrépito tenue,
un oral arcoiris de posibles
oh leves leves disidencias leves,
érase el pro y el contra,
el sí y el no,
multiplicados árboles
con voz en cada una de sus hojas.
Ya nunca más,
diríase, el silencio.

Como lo dice Juan Ramón Jiménez: “la forma poética perfecta sería, para mí, la que pudiera tener el espíritu si el cuerpo se le cayera como un molde; el agua de un vaso, si el cristal se pudiera separar”.

Hay en la poesía de Vitale un juego verbal que remite al lenguaje mítico y a ello contribuye el uso de figuras retóricas como la repetición de palabras, consonantes y sonidos silábicos, que son una constante en varios de sus libros, y que quizá en una primera lectura pueden parecernos arcaísmos, vocablos automáticos, versos gratuitos, sin lógica aparente. Pero si nos dejamos llevar por su insistencia musical, por su toque juguetón, terminamos poseídos por una suerte de encantamiento, como la sensación que transmite el “Vértigo”:

Varada, velocísima en
tu borde,
veraz de veras,
en vilo, en vela
virando hacia,
en ti guarecida,
guarnecida quiero seguir
imaginando cómo se amanece,
capaz de maullar
por las azoteas del frío
o del ardor final,
feliz naciendo
de la diaria muerte.

Gran parte de nuestro aprendizaje pasa por lo irracional, por la emotiva confusión. En la oscuridad hay lugar para la sensación y el sentimiento. La poeta se refiere a la atracción que produce “la falta de claridad”, porque también entendemos algo “a través de otras formas, del ritmo, o incluso del absurdo”. Refiriéndose a este estilo de escritura dice: “A veces recordamos las metáforas más extrañas porque son las menos obvias, esto también es una tarea de la poesía. Aunque a veces la belleza es obvia, eso no quiere decir que no haya que buscarla de otra manera”.

En enero morimos,
febriles de febrero,
frágiles
frente al fatuo fuego frustráneo
de este tiempo

La música es su gran estandarte: “Aún el árbol engaña. / Sólo la música dice un paraíso”. Por eso se ha dicho que sus poemas vuelven a la era sonora, fonocéntrica: “Al silbo de las sílabas subía / de siete en siete vuelos / hasta alcanzar un cielo”.

En los versos que siguen se muestra el efecto de una repetición que logra calar en el tacto mediante el filo, la dureza, en tanto permanencia, contrastando con la fragilidad y la caducidad generadas por el paso del tiempo. Pero además de la sensación punzante, penetra el sentido trascendental de la afirmación:

Una espina es una espina es una espina
y dura mucho más que la rosa precaria.

Esta necesidad de entrar por los sentidos, de prescindir de la razón, no encarna un interés de confundir al lector, de complicarle su relación con la obra para dejarlo en la nebulosa. Tampoco se trata de alejar el poema del mundo exterior, pues la visión del mundo es intrínseca a la obra y en Ida Vitale no desaparece el referente, la historia que la define y el mundo que la rodea. No se aplica aquí la intención de sustraer los versos de la comprensión popular, de hacerlos más sublimes y elitistas, como lo llegó a plantear Mallarmé desde su torre poética. Mucho menos de entablar un estéril debate entre los ornamentos y la fastuosidad barroca, de un lado, y el verso ligero y fácilmente digerible, del otro.

Es necesario tener presente que la palabra poética no es funcional, que contiene emoción y símbolos que requieren una decantación que pasa por el sentimiento. Se trata de entender, lo dice Ida Vitale a propósito de un verso que se le pide aclarar, que en la creación hay “etapas intermedias”, procesos interiores que no son explícitos ni siquiera para el autor y que conspiran contra la claridad que pide el lector. Aquí interviene su maestro Juan Ramón en una suerte de remate verbal: “La poesía es lo único que se salva de la razón y que salva a la razón, porque es más hermosa y superior que ella, porque la supone, asimilada en lo que de autocrítica de destino lleva dentro de la poesía, y la supera en todo lo demás”.

No nacerá la luz que no miremos.
Y sin embargo, algo
desde el perpetuo barro
ordena la constancia,
juega proposiciones contra el tiempo,
fía en la salvación por la palabra.

“El buey que pesa sobre mi lengua”

Esta obra se solaza en su propia naturaleza de ser aire, sonido, música, arcilla, con el sentido mutante que le da quien la recibe. Hay una constante en los poemas y es la presencia de lo súbito, lo móvil, realidades u objetos inaprensibles, como el agua o la arena entre los dedos, las “manos que no tocan”, una “burbuja que estalla si la rozan”, el “ácaro horrendo”, “el movedizo fulgor del cielo” (dos vocablos inasibles calificados por un adjetivo que también lo es); en ellos se destaca lo mínimo, lo errátil, eso que difícilmente imaginamos y solo logramos sentir cuando el poema lo invoca o lo revela. En uno de los más difundidos y elogiados, “Colibrí”, Vitale parece haber sido tocada por un dios al crear con sus versos esta sensación aérea, esquiva, que vibra por el arte de las palabras precisas:

La resolana que vibra,
un breve sol en el seto,
un ts ts que al aire libra
su peligro secreto

y ya la flor disminuye
ante el prodigio de pluma
que surge y deslumbra y huye
y sólo alcanzo por suma

terca de años, en que presa
del hechizo, sigo en vano
la milagrosa destreza
que lo suspenda en mi mano

y entonces por un segundo
sentir cómo late el mundo.

“Paloma” es el símbolo que escoge para la palabra, no solo por el gracioso encuentro de los fonemas, sino porque es un retorno a la magia del lenguaje al hacer que el significante sea inseparable del significado y el poema como objeto resulta una imagen idéntica a lo que nombra. Aquí vuela algo más que la paloma:

Posada la paloma
en la pared blanquísima
blanca es y reverbera,
es de veras,
es verbo,
nos venga.
Blanca posada pide,
Pasajera.

De pronto es negra.
Vuela.

Esta obra reclama una actitud abierta y creativa del lector. En ella es difícil hallar el yo personal o la anécdota porque su voz no cae en las quejas narcisistas que gustan tanto a los poetas. El poema está por encima de las pretensiones autorreferenciales, se omite el sujeto y se utilizan verbos en infinitivo para que alguien los conjugue en una persona, un espacio y un tiempo abiertos. En “Nuevas certezas” lo reitera:

Poesía
no complace a la historia,
no cuenta cuentos,
no dialoga
con más palabras
que paciencia el que escucha.
No es caricato ni cariátide.
No se produjo nunca.
Muere, en aire indelicado,
crematísticamente organizada.

A lo largo y en lo profundo de sus libros hay contadas excepciones de esta que parece ser la regla poética de Vitale y son bellas singularidades en las que el lector logra vislumbrar una alusión sobre alguna experiencia personal, y ello tiene lugar especialmente en sus primeros libros, sobre los que establece distancia en los prólogos a sus últimas antologías y que recoge con cierta benevolencia. O en poemas como “Mi homenaje”, que es un bella declaración a la vida y una exaltación de lo invisible cotidiano (en una de sus prosas poéticas, Byobu aspira a ser nombrado ministro de “la cartera de conocimientos inútiles”); en “Calesita” recrea la experiencia de infancia en el tiovivo y la sensación de “volar con las manos aferradas / a crines que me sueltan y yo arcilla / que en el horno del aire recupera / su forma quieta, forma del principio, / de ser sola y sin alas”. “Agradecimiento” es una abierta e irónica alusión a su experiencia de exilio:

Agradezco a mi patria sus errores,
los cometidos, los que se ven por venir,
ciegos, activos a su blanco de luto.
Agradezco el vendaval contrario,
el semiolvido, la espinosa frontera de argucias,
la falaz negación de gesto oculto.
Sí, gracias, muchas gracias
por haberme llevado a caminar
para que la cicuta haga su efecto
y ya no duela cuando muerde
el metafísico animal de la ausencia*

*Peter Sloterdijk

No es posible dejar de citar el infaltable en todo gran poeta, el poema de amor y su contrario, “Despedida”: “La piel no dijo adiós; / la mano fue a negar el vacío, / la mirada siguió mirando, / quiso argüir / desesperadamente. / Fue la alondra / o qué pájaro siniestro. / Algo gritó muy lejos de nosotros / y se partió la tierra / En dos mitades”.

A medida que nos internamos en esta obra, más profunda que extensa, nos domina el deseo de continuar, de prolongar el recorrido por este “bosque de palabras”, nos invade la sustancia de su delicada espesura. Estas líneas apenas rozan sus versos y sirven de abrebocas, abreojos, abreoídos, abremanos, abrealma. Siempre quedará un poema por mencionar, un poema flotando “En el aire”:

Un jardín de geranios y su aire.
Junto a su cerca dejo a que paste
el buey que pesa sobre mi lengua
y digo: Aquí te quedas, come
en verde dehesa, pero terrena,
y canta, luego, si puedes,
si nadie escucha,
lo que te queda por no decir.

La obra de Ida Vitale contiene el misterio y la complejidad necesarios, sin rayar con la pedantería o la triquiñuela, acercándose a la idea de Borges cuando se refiere a la suerte del escritor que “al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez, que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad”.

(2012)

***

Yasunari Kawabata o el alma en la palma de la mano

Detalle de la portada del libro “lo bello y lo triste” de Yasunari Kawabata

Alma: ¿de qué sirve esta palabra,
sino para calificar la energía
que circula en toda la creación?
Yasunari Kawabata 

“En primavera florecen los cerezos; en verano el pájaro cuclillo”. Y si dudamos de que en otoño y en invierno algo pueda florecer, el poeta lo aclara enseguida: “En otoño, la luna; en invierno, la nieve, clara, fría”. Versos escritos en el año 1200 en caligrafía japonesa por el monje Dogen. Yasunari Kawabata los escogió como preámbulo de su alocución al recibir el premio Nobel de Literatura en 1968. Sorprende que en su discurso, en lugar del acostumbrado paseo retórico que hacen los ganadores por su biografía para ensalzar el ego, evoque poemas de hace 800 años por considerarlos una muestra de “extraordinaria ternura y delicadeza”, palabras con las que también podría definirse la cultura del sol naciente. Decir que la nieve es blanca y fría es una obviedad en nuestra literatura, pero en la poesía japonesa aludir a lo que entra por los sentidos parece ser la condición para acceder a la cima del conocimiento y a la mística de las sensaciones. Tal como lo dice Kawabata en su intervención, sería como equiparar la nada de Occidente, vacía y sorda, con la nada de la disciplina Zen, plena de significados y de vínculos con el universo. “¿No sientes el viento dentro de ti? ¿No sientes la nieve? ¿No sientes frío?” pregunta el poeta representante de “la esencia exacta de Japón”. Es esa esencia espiritual, si cabe el pleonasmo, la que quiere enaltecer y contar al mundo a través de su literatura.

La obra de aquel a quien Yukio Mishima describió como “un hombre capaz de entrar auténticamente en contacto con la tristeza del cuerpo, con la belleza del cuerpo, es decir, con la carne de la divinidad que lo habita”, se construye con la delicadeza y la sencillez propias de esa herencia cultural que engrandece con su talento. Su escritura es el arte de descubrir y hacer brillar la belleza oculta en las situaciones, en los objetos; de traer a la conciencia el ánima que tienen todas las cosas y que toma su fuerza o su significado a través de los sentidos, a través de la emoción, del sentimiento que acompaña todos los actos humanos, por mecánicos o simples que aparenten ser. Un paraguas no es solo un objeto para protegerse de la lluvia; en un relato de Kawabata es “el sentimiento mismo de esposa”, ya que está investido de un poder expresivo que quizá resulta cifrado para nosotros. Esa dimensión estética suele estar permeada por el dolor, la tristeza, la soledad y la muerte, que se perciben de modo distinto en su cultura.

La suya es una narración en la que seres humanos, objetos, animales, paisajes y “todo lo que pertenece al dominio físico y espiritual” deviene en personaje literario y adquiere tal peso alegórico que resulta vano todo esfuerzo por jerarquizar o construir tipologías. Esta fuerza reveladora reside en las palabras sencillas, en el poder que tienen para elaborar estéticamente el mundo y fundar realidades que podríamos llamar psíquicas, subjetivas o interiores (corriendo el riesgo de que estos apelativos empobrezcan lo que se pretende destacar) y que son tan vívidas y ciertas como esas otras que se designan como objetivas o externas, y a las que se confiere el monopolio de la verdad.

La sustancia de su escritura se resume de manera contundente en el cuento La luna en el agua: Kioko cuida a su esposo en su lecho de enfermo y le ofrece su espejo de mano para que pueda ver el color del cielo, la imagen de la luna y todo cuanto sucede afuera, a través de su reflejo. Pronto las imágenes se convierten en otra realidad más resplandeciente que la exterior: “Habían nacido dos universos y el que se creó en el espejo comenzó a fusionarse con el real. –El cielo brilla color de plata dentro del espejo– dijo Kioko. Después miró por la ventana y agregó: A pesar de que el cielo está gris y nublado”. Si la belleza o la felicidad también pueden nacer en la imagen de una imagen, entonces el arte y la literatura tienen la clave de esta revelación.

En Mil grullas la ceremonia del té es descrita con tal cuidado y detalle que nos convoca a un ritual milenario en el que los objetos tienen una carga simbólica asociada al tiempo de uso a través de generaciones. Una jarra y un cuenco que han pasado de mano en mano y de boca en boca por cuatrocientos años, hacen temblar a quien los utiliza por primera vez. Es grande el contraste con nuestro mundo atorado de cosas inanes y desechables. La fuerza de la tradición y de los valores reside en todas sus obras. En La casa de las bellas durmientes, Kawabata teje con el más sutil lenguaje (quizá con el espesor que tienen las palabras en los sueños) el erotismo, el amor, la vejez, la soledad, la muerte, lo bello, como si fuera fácil enlazar con armonía estos elementos en una habitación cerrada donde duerme una muchacha desnuda que, pase lo que pase, nunca habrá de despertar.

En sus cuentos mezcla situaciones aparentemente intrascendentes con hechos pertenecientes a lo real maravilloso. Penetra en las disyuntivas y conflictos del ser, dibuja el alma humana con tal pulcritud que logra condensar la brevedad, la hondura, la magia de lo cotidiano, en relatos sutiles como las Historias en la palma de la mano, hermoso título que reúne escritos de distintas épocas de su vida. Justamente una mano contiene elementos que caracterizan la narrativa de Kawabata: lo sensible, lo que nos es propio y conocido, lo perfecto. La poesía, no como artefacto formal o como intención estética, sino como alma, como mirada, como fuerza, es inmanente a toda su obra.

El 16 de abril de 1972 Yasunari Kawabata trazó su partida con el cuidado y la precisión con que un calígrafo japonés utiliza su pincel de bambú. Como la primavera, su obra siempre nos traerá el aroma de los cerezos, el vuelo de las grullas, el brillo de la nieve, el ritual del té, la placidez de hermosas durmientes, los mundos que surgen en los espejos y que pueden hacernos más bella la existencia. Es el tipo de literatura que nos transforma el modo de mirar, de percibir, de leer, de escribir. La literatura que nos cambia la vida.

(2012)

*** 

La novia de Lázaro

Para el poeta Antonio Conte, en su memoria.

Vienes siempre tú mismo, a salvo del tiempo y la distancia,
a salvo del silencio: y me traes como regalo de bodas,
el ya paladeado secreto de la muerte.

DULCE MARÍA LOYNAZ «LA NOVIA DE LÁZARO»

 He llegado a La Habana para buscarte en los lugares que habitabas hace unos veinte años. Mucho tiempo para que los vecinos te recuerden, muy poco si pensamos el tiempo que tiene esta ciudad hermosa que se cae a pedazos: «Habana, Habana, si bastara una canción para devolverte todo lo que el tiempo te quitó…» canta Carlos Varela. Volver a Cuba después de haber dicho de esa agua no beberé y en ese mar no he de bañarme nuevamente. Después de tanto fuego cruzado, de tantas discusiones en las que volver era casi una traición, un acto de afrenta a quienes se marcharon cargados de hastío y dolor, a punto de catástrofe, altaneros y tristes, parias de sí mismos, señalados con banderines, tachados con cruces, caínes de su generación, ángeles derrotados, expulsados de su propia historia, roto el encanto y la esperanza, bautizados como «gusanos», como si la libertad no fuera también poder huir del «paraíso» porque sí, porque estoy harto de sacrificios y de fe.

Volver se había convertido en deslealtad con esos nostálgicos detractores, con los heridos amantes que andan por las avenidas de otros países buscando siempre el brillo del mar, la brisa del Malecón, aspirando el olor de las panaderías como si se tratara del vuelo de las maripositas de un restaurante del Barrio Chino. Esos mismos hombres y mujeres insomnes, borrachos y locos, desandando por las calles de la memoria de esa Habana que les azota los huesos con la fuerza con que golpean el aire los cañonazos del Morro a las nueve de la noche, y un día se mueren ahogados de sí mismos, solos y abrazados al frío de una madrugada bogotana, o a cualquier remedo de escollera que deja entre la boca un sabor a algas. Porque La Habana los persigue en Nueva York y en Cancún, en Nueva Jersey, en Madrid y en Miami, y la retahíla se repite en el recuerdo de tantas conversaciones, de tantas discusiones en que las lágrimas son puntos suspensivos y la nostalgia un brindis inagotable.

¡Quién lo hubiera creído! Estar aquí de nuevo pero esta vez contigo, después de tantos años en los que tus palabras me pintaron La Habana con los colores de tus ojos y de tu recuerdo reiterativo, incansable. Lograste que me enamorara de esta ciudad a través de las historias que contabas y reinventabas en tantas noches en las que el sueño me vencía y el frío bogotano me hacía un ovillo junto a tu cuerpo. Tú, como Gerardo Diego, deambulabas insomne por los acantilados, con tu alma en pena, hasta que en la madrugada abría los ojos y estabas mirándome fijamente. Entonces proseguías las descripciones, los relatos, el llanto contenido, la alucinación.

Estar en Cuba es también un ritual para despojar el alma de resentimientos. No solo los que deja el amor después de su cataclismo sino los que tu historia te fue tatuando en el corazón. Es extraño encontrarnos aquí, en este punto, en estas páginas, viniendo cada uno del pasado y del futuro, al mismo tiempo. Tú retornando a tu ciudad con la magia de las palabras, yo visitándola como si fuera la primera vez. El tiempo se desdobla, los años se pliegan, se superponen y se presentan de manera simultánea, como en los sueños.

«Siempre te dije que a La Habana tenías que venir conmigo». Lo dice con ese aire de maestro que suele tener. Es su frase de bienvenida después de reconocernos. Nos damos un abrazo y tengo miedo de descubrir en sus ojos un asomo de rencor o una mancha de tristeza que logre derribar mi aparente sosiego. Nos saludamos como si tan solo hubieran transcurrido algunos días desde nuestro último encuentro, cuando en realidad han sido quince años de separación. ¡Vine cuando tenía que venir! Este viaje era uno de tantos imposibles –se lo digo con toda mi convicción–. Veo que su mirada ha perdido brillo y en los labios le asoma una mueca que contraría mi recuerdo de su sonrisa. Cuántas cosas habrá pensado mirando mi rostro, que ahora trato de ocultar con unas gafas oscuras. «Si algo no es posible, es porque se requiere crear otra realidad» —dice—. Ya la estamos creando, por eso estamos aquí. «¡Cierto!» La literatura hace milagros, como el amor. «El amor siempre será un milagro». Recuerdo que esta era una de sus frases preferidas.

Nos hemos encontrado en El Capitolio y, sin acordar una dirección, atravesamos Dragones y nos internamos en el parque de La Fraternidad, guiados por la necesidad de escapar del sol. A esa hora algunas bancas se encuentran vacías. Escogemos una bajo la sombra protectora de un árbol. En un banco contiguo un muchacho descansa mientras nos observa. Recostada contra la verja se encuentra una mujer con un carro que contiene implementos para limpiar, ha hecho un alto en su trabajo para tomar su merienda. Había imaginado tantas veces este momento, y ahora no sé cómo cortar el hielo de tanto tiempo transcurrido, el pavor de estar aquí. Como un centelleo, como una asociación repentina, se precipitan en mi memoria aquellos versos de Enrique Lihn:

Tú en mi memoria, yo en la tuya como esos pobres amantes
que mientras se buscaban de una ciudad a otra, llegaron a morir
–complacencias del narrador omnividente, tristezas de su ingenio–
justo en la misma pieza de un hotel miserable
pero en distintas épocas del año.

Los amantes, sin saberlo, se encontraron para morir justo en la misma habitación amoblada y sobre el mismo lecho, pero con una semana de diferencia. Ella había estado allí antes que él y alcanzó a dejarle su olor, el aliento que fue perdiendo sin darse cuenta. Él llegó derrotado y en algún momento supo que la había encontrado. Los muebles, los objetos del cuarto le contaron su historia, a pesar de que desesperadamente creyó que nunca la sabría. Los indicios, el corazón, el aroma de la reseda, lo acercaban a ella, pero la esperanza de hallarla se evaporaba con el olor rancio y desalmado de los muebles. Después de abrir el gas selló los agujeros del cuarto con paños, sábanas y papeles arrugados, los dispuso casi con pulcritud, con el temor a un último impulso de auto compasión. Cerró los ojos con la misma actitud de entrega de ella, poseído por el mismo desamparo. Perfidia de la casera, crueldad, delirio de William Sydney Porter, un escritor oculto bajo el nombre de su gato: O. Henry. El mismo que buscaba siempre un final inesperado para sus cuentos pero que tal vez ya conocía de antemano el suyo. El poeta Enrique Lihn trae a colación este relato en un momento desgarrador del poema de despedida a Nathalie y esos versos son la reiteración figurada del ocaso del amor.

Antonio solía recitarme estos versos con los ojos iluminados, una y otra vez, sin asomo de cansancio, como si los llevara tatuados en el alma. Los citaba con sus comas y comillas, en negrillas y en mayúsculas, como un mantra, grabándolos con letras de sangre para evitar que los olvidara, para impedir que el amor se extraviara con sus palos de ciego y cayera justo en el desencuentro. No olvidé el poema pero el amor cayó malherido. Era inevitable. Es una vieja lección nunca aprendida. En su versión del cuento el amante se ahorcaba. Yo podía ver la habitación y sentir el dolor del encuentro imposible.

Por eso ahora le digo: Igual que esos amantes, en tiempos distintos, nos hemos encontrado aquí… «¡Sí, chica, ¡quién lo iba a creer!» Entonces hablamos de Enrique Lihn. Me dice que lo conoció en Varadero en 1967, durante un encuentro de poetas en que celebraban el centenario de Rubén Darío. «Me invitaron con un grupo del Caimán Barbudo. Éramos los poetas de moda en aquel tiempo, siendo sólo un bando de pendejos imberbes. Enrique murió en Santiago en 1988, era un ser atormentado, neurótico, vivía intensamente. Como intelectual era denso y todo se conjugaba en su poesía y en su compulsión por la bebida». Igual que O. Henry, el autor de La habitación amoblada –lo interrumpo–. Leí en internet que murió de cirrosis hepática, siempre las vísceras acumulando rencores, inquietudes, miedo, siempre las pobres vísceras, vociferando nuestro dolor de manera silenciosa… «Nada, no le creas a esas pendejadas que escriben para aliviar la ignorancia de los internautas. Yo siempre pongo en duda lo que dicen, es mejor seguir con los libros y también dejarle un espacio a la imaginación». Es cierto –le digo– yo no sé cómo hacían Balzac o Tolstói sin internet. Ahora no damos un paso sin consultar en la red. El inicio de la conversación me ha sosegado y ahora me siento libre para aproximarme y dejarme ir por la marea de sensaciones.

Por Prado ruedan vehículos multicolores de los años cincuenta que parecen puestos allí para una película de época. Si no fuera por el olor a combustible quemado que despide un humo negro, o por el ruido de los motores y de las conversaciones que nos envuelven, creería que estamos fundando otra dimensión de lo real. ¿Por qué estamos aquí después de tanto silencio, tratando de recoger el hilo roto de una telaraña que el tiempo se había encargado de tejer para un desencuentro?

Antonio se distrae viendo el movimiento de los carros, parece no dar crédito a sus ojos. Estos vehículos han sido reparados y vueltos a reparar de manera incansable, restaurados con toda clase de repuestos y recursos creativos para mantenerlos en circulación, casi todos ellos sirven como taxis colectivos y los llaman almendrones. Por el momento está permitido que nacionales y extranjeros los utilicen. Mientras que para los turistas son una solución, para los cubanos resultan un medio de transporte costoso. Junto a ellos viajan los taxis oficiales que son vehículos con menos años de uso. Algunos son verdaderas antigüedades rodantes, con sus colores llamativos, cuidadosamente maquillados para orgullo de turistas ostentosos. A su lado pasan autos de servicio oficial, particular o diplomático, autobuses y guaguas con forma de gusano, con rutas diversas, que se pagan en moneda nacional. Los diversos colores de las placas son un código incomprensible. Otro gran espacio de la calle está ocupado por motos y bicicletas con techos y sillas hechizos, adaptados como taxis para acomodar dos pasajeros. Sus conductores son cubanos agrupados en una cooperativa oficial. El espectáculo de los automóviles lo sorprende y lo lleva a comparar con la escasez de transporte que lo atormentaba en los tiempos en que dejó el país. Entonces no había más remedio que caminar largas distancias o tratar de moverse con la escasa gasolina que podía conseguirse al mes.

El parque de La Fraternidad se llena cada vez más de visitantes, fotógrafos, parloteos, risas. «¿Sabes que aquí hay árboles sembrados de todo el continente y pedestales con efigies de héroes y mandatarios célebres de todo el mundo?» No, no lo sabía –respondo–. «Ya ves, todavía conserva sus símbolos y sus verdes y esa es una buena noticia para mí, temía que los árboles ya fueran chamizos, pensaba que las efigies se habían cambiado por mamuts, por gorilas, Ahmadineyads, Evos o Chávez». Me hace reír y recordar: ¡Y esa es la ceiba, el gran árbol de la fraternidad del que me hablaste muchas veces! –lo digo como si se tratara de un gran descubrimiento–. «¡Sí, nos ha de sobrevivir!» Ahora está seca –continúo– ¡Es una mala señal porque los otros árboles están muy frondosos! «Siempre es así por esta época, pero en unos meses ya verás reverdecida la fraternidad». No sabía que la ceiba es sagrada para los cubanos y que esta lo es mucho más porque fue sembrada con tierra de diferentes países de América. «Así es. Fíjate que está bien resguardada y supongo que ya leíste la frase de Martí que la enmarca: “Lo pueblos no se unen sino con lazos de amistad, fraternidad y amor”». ¡Qué bello símbolo! ¡Cuántas cosas cuentan los árboles y nosotros sin oídos! No olvido el olmo centenario del poema de Antonio Machado –agrego–. «Ni yo el limonero de su casa de Sevilla». Y comienza a recitar los versos: «“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero…” Siempre imaginé, de muchacho y de hombre, aquel limonero en el huerto del patio, soñaba con ir a casa de Machado, tocar su cama, sus libros, su torpe aliño indumentario». Lo dice con una profunda tristeza. Algún día iré por ti y será como si hubieras estado allí –le digo a modo de consuelo–. «Suena lindo, aunque no lo hagas nunca. Pero no es lo mismo que ir y tocarlo con los ojos. Lo que más me dolió no fue la cercanía a la muerte, sino que los sueños de Machado y Lorca se fueron a bolina. Y eso me dejó el corazón más roto todavía». Estoy segura de que tú conoces más el patio de Machado que los miles de turistas que a esta hora llegan para fotografiarlo y convertirlo en trofeo. Has ido muchas veces en sueños. ¿Sabías que el cerebro no logra diferenciar lo que hemos vivido, de lo que hemos soñado o de lo que imaginamos? «No lo sabía, pero suena muy poético». Yo tengo clara conciencia de eso, ¿sabes?, si es que se puede hablar de conciencia en los sueños. En ese momento siento el impulso de contárselo:

No hay comienzo. Soy una mujer sumida en una profunda depresión. Un dolor inenarrable se extiende por todos los recodos de un alma que flota en la mitad de algo que debe ser mi cuerpo y que no puedo ver, porque estoy adentro de esa desazón. No tengo ojos que puedan escrutar afuera ni más allá del adentro. Siento, vivo la extensión, la magnitud, la fuerza de la palabra «sufrimiento». Conozco por primera vez su significado. No soy yo quien lo siente, es él quien me toma para significar, para ser a través mío. Es sufrimiento gracias a mí. Sólo hay una evidencia externa del abatimiento y son las lágrimas que chorrean mi cuerpo. Soy un estremecimiento húmedo, un dolor que se retuerce y nada más. El llanto es el único lenguaje que puede expresar esa palabra que me habita: depresión. No hay causas ni explicaciones. Se sufre de manera pura, sin más. Que no haya motivo, añade más dolor. Todas las salidas están clausuradas.

Entonces sucede algo imprevisto: frente a mí aparece una mujer que está delante de mis ojos llorando. Ella, que soy yo, sufre del mismo modo. La miro y me compadezco. No es posible que sufra tanto, es necesario que ocurra algo para que cese el dolor. Es necesario que ella muera para que se libere. La muerte es la única salida.

Tú apareces a mi lado y ves también a la mujer que soy yo, sientes su tristeza y me preguntas: «¿Tú la matarías?» Dudo por un instante, pero sé lo que ella siente y por eso respondo sin más: «¡Claro que la mataría!» Es cuestión de encontrar la forma de acabar con su vida. En ese instante surge la solución. Ha llegado una mujer vieja, la madre de la que sufre, solo ella podrá liberarla. Esperamos que suceda.

No es fácil la trama de esta tragedia. Aún quedan sorpresas para el espectador. En primer plano está el rostro de la vieja, que se compadece de la hija y sabe que es su responsabilidad ayudarla a terminar con su situación. Pero cuando se espera el desenlace fatal, la madre saca de su bolso un cuchillo y allí, ante nuestra perplejidad, se hunde el puñal en la garganta después de decir con ojos entornados su parlamento final: «Yo soy quien debe morir». Entonces una palabra empieza a martillarme hasta hacerme despertar: «hamartia, hamartia, hamartia…» El error o punto ciego de la enseñanza trágica: «¡Acabo de matar a mi madre!»

Cuando desperté, el sueño estaba intacto. Había protagonizado una tragedia de la que también fui espectadora. Seguía repitiendo la palabra y me preguntaba qué era la realidad. ¿No era la ficción dentro del sueño otra realidad que dejaba huella en mi memoria? ¿Y si ninguna era realidad, por qué conservaba su huella? Mientras hablaba había mantenido los ojos cerrados, como si quisiera penetrar en la oscuridad del sueño para no dejar escapar ningún detalle. Al abrirlos me sorprende ver su cara de perfil, muy cerca de la mía, procurando que mis palabras vayan directamente de mi boca a su oído, sin atravesar el aire.

Ante mi silencio gira su cabeza, mira fijamente mis labios y deja escapar un soplo largo y profundo. «¡Muchacha! ¡Me has dejado sin palabras! ¡Qué intensidad! ¿Por qué no escribes eso?» No reparo en su pregunta y continúo hablando: A veces fantaseamos estar en un lugar que hemos visto muchas veces en imágenes y casi lo sabemos de memoria. Cuando logramos estar allí nos invade una sensación de irrealidad. El sitio a donde llegamos no coincide con el lugar soñado y entonces siguen existiendo dos lugares: aquel donde nos encontramos y el imaginado. El resultado es una extraña conjunción de realidades. A veces uno no sabe si realmente estuvo allí o solo imaginó estar…Y remato con una pregunta: ¿Crees que realmente estamos hoy aquí, juntos?

«La literatura funciona igual –me dice–. Logra que sean reales personajes y espacios ficticios y el lector termina armando un mundo con ellos». ¡Claro! eso es encantador y por eso es cierto que la vida imita la literatura, como dice Oscar Wilde. Son los mundos imposibles que se interconectan con los posibles. A estas alturas, los lugares que he visitado me parecen ficción –continúo hablando mientras él mira a lo lejos escuchando atentamente– y con el tiempo todo se destiñe. Solo quedan sensaciones, imágenes y unas cuantas imprecisiones, como diría Borges. «El tiempo y la vida te han hecho más sabia. Es cierto lo que dices, pero la vida necesita ser vivida para que se llame así. Los recuerdos se hacen retazos que se quedan ahí, en el olvido y la memoria, si no hubiéramos tocado las cosas con todos los sentidos, cómo íbamos a recordarlas y de qué modo iban a martirizarnos hasta el delirio. Ya que nombras a Borges, acuérdate de su Elegía del recuerdo imposible, no sé si conservas el libro todavía». Y empieza a declamar:

Qué no daría yo por la memoria
de una calle de tierra con tapias bajas,
y de un alto jinete llenando el alba,
largo y raído el poncho…
Qué no daría yo por la memoria
de mi madre mirando la mañana
en la estancia de Santa Irene,
sin saber que su nombre iba a ser Borges…
Qué no daría yo por la memoria
de que me hubieras dicho que me querías,
y de no haber dormido hasta la aurora,
desgarrado y feliz.

«Creo que siempre hay que vivir, aunque las cosas luego se te confundan en un laberinto de estrellas». De pronto descubro en sus ojos un fenómeno que hasta ahora no había logrado entrever, es como si una luz del pasado estuviera tratando de asomarse, pero una mácula de infinita tristeza lograra deslucirla y ahora su mirada se hace oscura, casi tenebrosa. No puedo seguir penetrando en ese pozo que amenaza con herirme. Busco otro tema para continuar la conversación. Lo miro de soslayo y engarzo una pregunta para salir airosa del silencio: ¿Entonces seguiste mal de la presión y tu corazón no resistió Sevilla? «Si te contara de mí, no lo creerías –dice–. En realidad me morí cuatro veces y resucité, lo mismo de siempre, con más años en las costillas, presión alta, el corazón no bombea bien, los pulmones se llenan de tus propios líquidos y te asfixias lentamente…» ¡Claro que te creo! Recuerdo muy bien tu presión incontrolable… «Sí, nunca me bajó. Un día una cardióloga me dijo: su corazón es un tulipán de acero». Suena bonito, es una bella metáfora, es la medicina que necesitas. Es como si tu sangre respondiera a otra lógica, como si tus sístoles y diástoles tuvieran que medirse en un código poético. ¡Al menos te queda la poesía para seguir respirando! ¿Recibiste el poema que te envié cuando saliste de la clínica?

«¡Qué lindo, chica, qué lindo! Nunca podré agradecerte lo suficiente. Cómo agradecerte tanta ternura e intensidad, como el vuelo de un águila, eso me ayuda a respirar mucho mejor». ¿Cuánto tiempo estuviste en el hospital de Sevilla? «Doce días y tres en la sala de cuidados intensivos». ¡Qué triste! Recuerdo que cuando nos conocimos acababas de salir de una hospitalización en Bogotá. «Fue una de tantas, la primera y única en tu país. Mientras estuvimos juntos jamás volvió a suceder». ¡Menos mal! –suelto esta expresión casi con alegría– ¡No lo hubiera resistido! «Yo tampoco quería eso para ti». Recuerdo que muchas veces te miraba dormir y tenía miedo de que no despertaras. «Me gustaba jugar al muerto, como hacía papá conmigo». ¡Qué cruel! «Siempre juego con la muerte para distraerla. Hasta en el hospital de Sevilla con mis pocas fuerzas andaba pidiéndole a las enfermeras que me cantaran sevillanas, y como el médico andaluz se llamaba Cristóbal Colón, cuando me recuperé le dije: Oiga, compadre, déjese de joder con ese nombre, su padre se la hizo buena, pero está a tiempo de rectificar, cámbiese el nombre que Cristóbal Colón sólo puede haber uno, el gran almirante. Me dijo que lo iba a pensar, ¡muerto de risa!»

Reímos en coro por primera vez desde el momento de nuestro encuentro. Siempre me gustó su humor, esa forma de decir las cosas sin pelos en la lengua, sin atisbo de timidez, sin temer qué pensará el otro. Recuerdo que en nuestra primera cita le pregunté por qué lo llamaban «el niño». Me dijo que le gustaba hacer pilatunas, decir mentiras piadosas, dejarse consentir y decir las cosas sin disfraces, como suelen hacer los niños. Aunque también le decían «el diablo» por su verbo punzante y su capacidad para despertar las más prohibidas pasiones. No estaba acostumbrada a esa forma de desnudez, a ser despojada de toda defensa con las palabras, me hacía preguntas directas y antes de intentar una respuesta ya estaba adelantando hipótesis y lanzando otra pregunta como un latigazo. «¿Por qué tienes ganchitos en los dientes? ¿No hay riesgo de que puedan herir tus caricias?» Me miraba más allá de los ojos, me atravesaba la timidez, el pudor, me quitaba cualquier argumento que sirviera de excusa para dilatar un próximo encuentro, invadía mi tiempo, echaba la puerta abajo, entraba en toda mi vida… Cuando no eran sus miradas a quemarropa, eran sus cartas las que entraban por debajo de la puerta. Sus cartas que empezaron a crecer en los cajones y que no me atrevía a quemar, las cartas que amenazaban con delatarme en cualquier momento.

En La Habana sobresale la ropa colgando en los balcones, como banderas descoloridas, sábanas que se agitan, toallas que parecen haber secado a generaciones, ropas raídas, alambres que sostienen ventanas, plásticos donde hubo vitrales, junto a arcos, espirales, columnas torneadas, el anciano barroco adornando todavía la modesta existencia de habaneros que respiran sal en los balcones. Las antenas de la televisión arañan el azul. Se le ha hecho tarde al hombre de camiseta roja que está a punto de atravesar el cuadrante inferior de la foto, lleva una gorra azul y mira hacia la izquierda, hacia el punto donde una señora de vestido rojo avanza hacia el pasado. Las cuerdas de la luz se descuelgan casi con desidia y se dejan mecer por el azar, interponiéndose entre el lente y el otro edificio de estilo moro con sus paredes de azulejos, las columnas coronadas con arcos cuyas concavidades se adornan con sesgos que semejan guirnaldas, balcones que en su parte superior rematan en tréboles, paredes con calados y un reborde donde se lee «Palacio de Las Ursulinas». En el zaguán del Palacio, dos hombres sentados parecen simplemente esperar que el tiempo transcurra. Junto a la puerta, escrito con letras desiguales y blancas un letrero dice «plomero». ¿Qué es lo que va mordiendo el hombre flaco que atraviesa de derecha a izquierda la fotografía, sin prisa, quizá repasando un sabor que ya no existe? Un niño vestido de blanco se ha quedado mirando la bolsa que lleva una mujer rubia, pero su abuela lo sigue halando para que avance. Todos son espectros que la cámara ha capturado y que empiezan a tomar vida ahora, cuando recobro las cosas que nunca vi.

Hay un balcón redondo en el que gotean tres bluyines cerca de una antena de televisión, las ventanas están cubiertas con tablas, hay una puerta entreabierta y quizá una mujer en su interior. De vez en cuando una maceta puesta en cualquier lado refresca el ambiente. Todo el conjunto está sostenido por una estructura majestuosa de relieves y boceles. Las puertas formidables recuerdan palacios y en los cielos rasos todavía se conservan los colores de los frescos con los consabidos angelitos de rostros regordetes. Los edificios de La Habana parecen sacar sus brazos y estructuras para salirse de sí mismos, para escudriñar la calle, hurgar el horizonte y tocar el mar. Están hechos para que la gente se muestre, se asome al mundo. Tal vez a eso se deben sus formas sinuosas, su arquitectura coqueta.

Algunos transeúntes pasan afanados, contrayendo el ceño. ¿A dónde irán? llevan una pregunta que los lacera, mastican un dolor, un resentimiento. Otros caminan lentamente, levantan los brazos y parece que fueran a volar, esperan que el viento o el tiempo les marque la dirección, o tal vez quieren que el azar los detenga. Los habaneros que vemos pasar visten ropas para una temperatura más baja. Se esperaba un frente frío y lo que cae es un sol abrasador. Los turistas siempre esperan el sol del trópico y por eso llevan gorras y camisetas con lemas publicitarios, tenis de marca, cámaras digitales o filmadoras, sus laptops y sus iPads, que aquí permanecen desconectados de la red, a menos que pagues tarjetas de costo exagerado. Llevan prendas con anuncios de grandes casas comerciales junto al rostro del Che recién planchado: «Revolución o muerte». Su ansia de aventuras tropicales y la sed revolucionaria se les apacigua con el primer mojito. Una revolución de pocos días que se agota al recibir la cuenta del hotel y se difumina con el humo de los puros que se guardarán en la caja de vanidades. Los habaneros hablan fuerte mientras sacuden las manos para dibujar las palabras, para que no queden dudas de su significado, que no puede estar completo si se le quita la música o las muecas.

¿Cómo encuentras la ciudad? ¿Así era cuando te fuiste? «En realidad, las calles y muchas de estas construcciones parecen no haber cambiado, o tal vez lo hacen a ralentí, se destiñen de un modo imperceptible». Reitero la pregunta: ¿Es decir, se parecen a las que guardabas en tu memoria? «Sí. Es extraño. ¿Sabes? Todo es intacto, aunque todo sea distinto. Porque las calles que recorrí son y no son, están y no están». Te entiendo, es el río de Heráclito. Se voltea para verme de frente y esta vez su mirada deja traslucir su estupor: «¡Chica! tenía miedo de llegar aquí y encontrarme solo con ruinas, pero ahora veo que las ruinas son mis recuerdos y yo soy parte de esas ruinas». Y sigue: «Veo a esta gente pasar, miro los jóvenes que tienen la misma edad que yo tenía en los años sesenta y te aseguro que no entiendo nada. Hasta me parece que voy a encontrarme con ese muchacho de camisa azul, que lleva un libro bajo el brazo, que lo ve todo con mis ojos de cuando tenía veinte años y que sueña con cosas inmortales. Tengo miedo de encontrármelo de sopetón, en cualquier punto de Galiano y Virtudes». Seguro que lo vas a encontrar, debes prepararte para eso. Ese muchacho nunca se fue de Colón y menos de La Habana. Me recuerdas a Ricardo Reis, que después de dieciséis años vuelve a Lisboa y la encuentra casi idéntica, salvo los árboles que están más altos. Y entonces viene ese recurso de Saramago cuando en tan solo una frase hace que el lector se entere del motivo del viaje: Ricardo Reis, después de desembarcar, ha tomado un taxi, pero en ese instante se da cuenta de que no tiene rumbo. La pregunta lógica del conductor: «¿A dónde se dirige?» le cae en el centro de la angustia porque se trata de la primera de dos preguntas fatales: «La otra, la peor, sería “¿para qué?”» Ahora temo preguntarte lo mismo: ¿Para qué has venido a La Habana? No vayas a responderme, ¡por favor! «Saramago ya te respondió» –me dice–. Ricardo Reis llegó para encontrarse con el fantasma de Fernando Pessoa y para morir en Lisboa –le digo–. «Y yo he venido para encontrarme contigo y para acabar de morir».

Otra vez percibo un dejo de tristeza en su voz y ya no quiero mirarle los ojos. Enseguida hace un comentario jocoso sobre mis piernas: «Se mantienen como columnas dóricas». Quiere distraerme, me pregunta por cada persona de mi familia. Le respondo con frases cortas que él siempre intenta alargar, al tiempo que hace apuntes sobre sus recuerdos de cada uno. De pronto un mulato se acerca para saludarnos y preguntarnos de dónde somos. Mi respuesta es cortante porque ya sé que es una forma de abordarnos para luego ofrecerse como guía turístico. ¡Qué equivocado está! No sabe qué calidad de guía tengo, pienso. «¡Oye, chico! ¡ven acá!¿desde cuándo permiten transportar turistas en estas motos–taxis y en esas bicicletas?» –señala hacia el Paseo del Prado–. «Desde que está Raúl, con él hemos tenido un alivio» –responde el muchacho– y enseguida le pregunta a Antonio: «¿Eres cubano?» «¡Soy más habanero que el Malecón y más cubano que el Pico Turquino! Bueno, era, hasta hace muy poco tiempo». «¡Seguro que te fuiste a la yuma!» –grita el joven mientras se aleja sonriendo–. «¡A la yuma no! ¡Al carajo!» Eso no lo escucha el muchacho, que ahora aborda a otra pareja que camina por el parque.

Es un amor difícil La Habana. En el momento en que uno está más enamorado de esa belleza añeja que pervive en cada calle y que asoma en los caserones de paredes andaluces y escaleras de mármol, siempre surge algo que está a punto de estropearte la alegría. Un viejo famélico de ojos abismales, un perro con la carne desgarrada que merodea en la basura, un niño que se acerca para pedirte un dólar, una bodega en donde no está lo que una mujer está urgida de comprar, los jirones de una toalla de color indefinido que cuelga en el balcón, un lavabo inservible, un pan fosilizado, un músico que afina su instrumento con desgana, como sorbiendo la amargura. Y junto a todo eso, como borrando cada mueca de dolor, El Malecón con su espectáculo de mareas, con su inextinguible redada de amores posados en el borde, de cara al infinito, deambulando entre el ser y el querer. La ciudad los expulsa y los recoge en cada resaca.

«Cómo ha hecho esta ciudad para resistir los embates del tiempo y del mar, para conservar su ajada belleza, para no cambiar sus joyas arquitectónicas por rascacielos, sus grandes casonas por cuadrículas, su parloteo musical por enjambres de vecinos anónimos… La respuesta es sencilla: ha decidido morir de muerte natural, el mal que ha de matarla es el mismo que hasta ahora la preserva. El capitalismo la hubiera salvado matándola de tajo, ahora no estaría a punto de derrumbarse, pero ya no sería ella misma, cada cosa que hagamos para salvarla, será algo que la destruirá». Interrumpo su reflexión con una ironía: ¡Pero existe la Oficina del historiador! «¡Ese es un embeleco! la restauración de cada edificio de La Habana Vieja cuesta un cojonal de dinero. ¿De dónde vamos a sacar para reconstruir toda la ciudad? La gente hace lo que puede y cada vez que intentan arreglar una fachada, después de haber hecho tanto esfuerzo para conseguir los materiales y la pintura, terminan arruinando una obra de arte». Sí, lo he visto en estos días. Unos hombres pintaban una fachada en la calle Belén y era tal el contraste entre el color rosa que esparcían y la textura del muro que embadurnaban, que daban ganas de echarse a llorar. Se notaban tan felices, que habría sido un exabrupto decirles que lo que estaban haciendo era una chambonada. «Así es, chica, así es. Esto no tiene pie con bola, y lo peor es que muchos creen que la yuma es la solución. Ya lo dijo Ramón Grau San Martín en los años cuarenta después de que un ciclón embistió La Habana: “¡Cuba no se hunde porque es de corcho!” pero después de La Revolución tuvo que añadir: “¡Pero estos muchachos sí la hunden!” Pero nada, ya ves que el viejo tenía razón, todavía flota».

Hace un gesto de apatía y mira las nalgas de una prieta alta que pasa dando largos pasos de venado y cambia el gesto por picardía. Sonrío disfrutando la escena y miro más allá. Al fondo, caminando en dirección al Capitolio, va un grupo de jóvenes con instrumentos musicales y percibo una parodia. El bajo es tan alto que parece llevar de la mano a su portadora, una chica diminuta que, inútilmente, intenta alcanzar a sus compañeros que la dejan atrás, en medio de risas y comentarios. Vuelvo la mirada hacia la fuente de La India y le pregunto si tampoco ha cambiado. «Es la misma de siempre, la noble Habana sigue sosteniendo sus frutas, aunque ya no se cultiven como en el siglo XIX. Su mármol de Carrara es una verdadera belleza». La verdad, no le veo cara de india, o en todo caso es una india con rasgos europeos, digo. «Sí, así lo hacían todo, imitando sus modelos y sus figuras míticas. La noble Habana debería haber sido negra y hecha de bronce, claro, pero no le vas a corregir la plana al viejo Giuseppe porque ya es un poco tarde». ¡Qué raro que Fidel no la mandó quitar! «No, si él es de ascendencia gallega, europeo igual».

Caminar por La Habana Vieja en donde nos recibe el Caballero de París, sentir otra vez la conmoción al entrar en cada plaza, caminar por Obispo, detenerse en las esquinas para comprobar que la ciudad sigue disociada entre las galerías de los turistas y las mansiones convertidas en nichos o en pocilgas, comprobar que La Bodeguita del Medio o El Floridita, donde los extranjeros consumen mojitos y daiquirís a precios escandalosos, convive con la ciudad de los callejones oscuros y los portales descascarados donde el brillo de muchos ojos nos acecha casi con rencor. Ante tanta belleza arquitectónica desvencijada por el paso del tiempo, decir tiempo es solamente una convención, ¿por qué hemos de culpar siempre al tiempo del deterioro? Parece recorrer por las calles una sensación de impotencia, de inutilidad. Pasean hombres, mujeres, niños, niñas, que van en busca de resolver el día a día y para quienes los detalles de la arquitectura hace rato dejaron de tener sentido, si es que algún día lo tuvieron. Porque esos brocados en los balcones forman parte de su ambiente natural y quizá muchos no imaginen que en otros lugares del mundo las casas o los apartamentos son cuadrados perfectos de un orden desaliñado y tristemente lineal.

Ya es más de mediodía y empezamos la caminata por el paseo del Prado hacia Neptuno para buscar la calle Galiano y así visitar el Cine América en donde tus recuerdos se pierden en las butacas de un lujoso teatro venido a menos, que ahora permanece cerrado. Allí ibas a dormir la siesta para escapar del calor. Cerrabas los ojos y escuchabas todos los idiomas, según la película que pasaran, hasta que las voces se confundían con los sueños. «¡Coño! da grima saber que nunca más volverá a ser el mismo teatro, que nunca más ese cine que me arrebató felizmente de la realidad». Seguimos caminando por Virtudes, atravesamos Águila, Amistad y ya estamos en Crespo, tu barrio de infancia, el mismo de Lezama, el de los prostíbulos en donde hiciste tus primeras lecturas de poesía. «José Lezama vivía entre Industria y Consulado. Lo visitaba en las tardes y María Luisa, su mujer, amablemente me invitaba a pasar y a sentarme junto a la ventana, de espalda a la calle Trocadero. Enseguida llegaba con un buchito, literal, de café y me decía: “Perdone lo poquito, pero es lo que queda de la cuota, ya usted sabe lo que trae un paquetico”. Luego llegaba Lezama con un tabacazo apagado entre sus labios y me extendía la mano».

Recuerdo tus emocionadas descripciones de la arquitectura de La Habana. «¡Claro, chica, no es para menos! En ninguna otra ciudad se ve algo semejante. Puedes recorrer grandes trechos de la ciudad a pie, bajo los pórticos, llegas al mar bajo los portales, el habanero no se da cuenta porque lo vive a diario, pero es una cosa alucinante. Al otro lado del paseo del Prado encuentras hermosos edificios republicanos del siglo XIX, con balcones de puertas altas, con columnas y arcos que se unen armónicamente para formar los portales y que rematan en esquinas redondas y amables a los ojos. Al pasar la calle estas formas se encuentran con las del siguiente edificio que, a su vez, tiene columnas y arcos que prolongan el portal de la cuadra siguiente, el otro, el de más allá, que es a su vez el inicio de la próxima calle. Esta sucesión de largos, anchos y bellos pórticos se extiende de manera interminable para dar sombra y hospitalidad a los peatones que caminan por ellos, quizá sin darse cuenta, sin tener conciencia del hermoso espacio que recorren y que constituye una joya arquitectónica inexistente en gran parte de las ciudades del mundo, excepto en las zonas históricas de las grandes capitales. ¡Qué locos estaban los que construyeron La Habana! Incluso hay una calle, Águila, que nace y muere en el mar. Te estoy hablando de distancias enormes…»

Esta arquitectura que en aquellas ciudades es un patrimonio histórico restaurado y preservado, aquí se presenta como algo corriente, como el pórtico de cualquier casa, el lugar de la complicidad, del coqueteo, del cotilleo, el sitio fresco para acomodar las plantas, para sacar las sillas y ponerse a conversar. En las noches, la luz de bombillos y lámparas proyecta sombras juguetonas que hacen del portal un sitio encantador. Por los balcones se asoman enredaderas, ojos de niños, de ancianos, gatos, perros, o cualquier testimonio de humanidad. Alejo Carpentier se preguntaba «si no se ocultaba una gran sabiduría en ese mal trazado de las calles habaneras que parece dictado por la necesidad primordial –trópica– de jugar al escondite con el sol, burlándole las superficies, arrancándole sombras, huyendo de sus tórridos anuncios de crepúsculos». Sobre la increíble profusión de columnas y la mixtura de estilos decía que existe un mestizaje que no percibe el caminante desinformado: medio cuerpo dórico y medio cuerpo corintio, jónico, figuras mitológicas de cemento… que La Habana es un «emporio de columnas, selva de columnas, columnata infinita». El barroco se tomó las mansiones y casas de El Vedado: arabescos, colas de pavo real, metales trabados, enredados, entrecruzados, rejas, encajes de madera calada, mascarones, puertas superpuestas, mamparas, abanicos de cristal, vitrales…

Por Trocadero volvemos al paseo del Prado, con sus bancas de mármol, su piso de granito y el brillo de sus laureles. Miro la gente que conversa a gritos, aquellos que venden cachivaches, los que salen al paso de los turistas para ofrecerles un paseo en coche de caballo, en moto taxi, en un auto de los años cuarenta. Un prieto que va empujando su bicicleta se me acerca y promete llevarme a lugares inimaginables. «¡Descarado! ¿Sabes dónde quedan esos lugares inimaginables?» –me pregunta Antonio–. No. ¿Dónde? «En la punta de su lengua». ¿En serio? pensé que se refería a mansiones con tesoros ocultos. «No te hagas la inocente, chica, que ya estás muy vieja para eso». Seguimos caminando en medio de una aglomeración de turistas armados de cámaras. Noto que mi acompañante está fatigado, se sienta en un banco y me pide que siga sola. «No puedo más, es mucho para mí. Mucha distancia en el espacio y en el tiempo, mucha carga para mi corazón». Lo veo pálido, lo siento muy frío, tengo miedo. Le pregunto si lleva la pastilla y me dice que hace meses no la toma. Ante mi cara de angustia me consuela diciéndome que ya no la necesita. Comprendo que no solo le falta el aire sino que lo aplasta el peso de sus recuerdos. Dudo si quedarme a su lado o continuar, pero él me hace una mueca para animarme a seguir. Me doy vuelta y a mi lado aparece un niño que me lleva de la mano hacia el Museo de Bellas Artes. Antes de alejarme lo escucho decir: «La calle donde nací, Crespo, sale al mar luego de atravesar Trocadero, Colón, Refugio y San Lázaro. Ahí está el malecón, donde me bañaba con los mataperros, yo era uno de ellos, nos metíamos en las pocetas…»

Ya en Bellas Artes me detengo ante el encanto del inmenso patio central. El guardia me dice que debo comprar un boleto y que el museo cerrará en una hora porque es el último día del año. Suena muy entusiasmado porque ha llegado su tiempo de vacaciones. Me molesta la noticia. No quiero recorrerlo tan de prisa. Pero es ahora o nunca. Rápidamente inicio una maratón hacia las exposiciones permanentes de pintura cubana. Las salas están casi vacías y las guardianas que encuentro a mi paso tienen cara de impaciencia. A cada rato miran el reloj como queriendo acortar el tiempo para empezar a espantar los escasos visitantes. La angustia no me deja disfrutar, como quisiera, las obras de Amelia Peláez, Wilfredo Lam o Fidelio Ponce. Es tarde para lamentaciones y antes de que me expulsen salgo a toda carrera. En la calle me percato de que estoy saliendo del pasado que representa el museo para ingresar al pasado que me espera en una banca del Prado.

Llego al lugar donde te dejé, miro a todos lados pero ya no te encuentro. Quizá te he soñado todo este tiempo en que aparecías y desaparecías a tu capricho, como el fantasma de Pessoa ante Ricardo Reis. Me calzo tus zapatos para encontrar la magia del viento que levanta las faldas de las muchachas. Un hombre con sombrero que está sentado en otro banco me detiene para decirme que hace unos minutos pasaste por aquí, que llevabas una camisa azul y un libro bajo el brazo. Prosigo, atravieso Refugio, Genios, Cárcel, pero en ninguna de esas calles veo tu figura. Los leones del Prado me contemplan con su furia de bronce y recuerdo el poema de Virgilio Piñera en el que decide sacar de paseo a uno de estos leones para llevarlo frente al poeta bayamés Juan Clemente Zenea, que desde 1920 está sentado sobre un muro de mármol, mirando al mar. Fue fusilado en 1871 por los españoles, lo mismo que los ocho estudiantes de medicina, que comparten con él su condición de mártires.

En el parque de Los Enamorados voy en busca de la celda en donde estuvo preso José Martí, el monumento de la antigua Real Cárcel de La Habana donde fueron ejecutados varios próceres de la independencia. La encuentro escoltada por una mujer que se interpone en mi camino para decirme que el sitio está cerrado y no me es posible ingresar. Siempre pasa lo mismo. Llego tarde o no me abren –lo digo en voz alta por si alcanzaras a escucharme–. Esto me pasó en Santiago, cuando quise ingresar al Cuartel Moncada. Fui tres días seguidos y nunca pude entrar. El primer día era festivo y no abren los festivos. El segundo día estaba lloviendo y cuando llueve no se abre. El tercer día los encargados estaban de permiso o decidieron no abrir. «Es la mecánica nacional», dirías.

Ya estoy frente al mar y su visión me roba o me devuelve la memoria. Sé que te has ido en la pirueta de una ola, que esta ciudad es como esa habitación amoblada en la que estuviste hace varios años y ahora llego a buscarte y solo encuentro tu olor. Todas las cosas permanecen con la ruina del tiempo, huérfanas, pero continuamente repasadas por manos que escudriñan, que sacan el alma de las paredes sin dejar mucho a cambio. Las calles parecen hablar con la voz del pasado y las ventanas son ojos por los que cuelgan señales de vida.

Tienes veinte años, me haces un mapa de tus pasos y del color de la tarde cuando caminas hacia el mar con un libro bajo el brazo. Huyes del sol bajo los portales preparándote para el festín de las palabras, o de los labios y los cuerpos, en otra habitación del recuerdo. Esas calles te traen el jolgorio, las advertencias de Cachita, tu madre, temerosa de que seas engullido por la boca de la noche o raptado por una medusa de perfumes y carnes envolventes.

La Rampa te lleva de la mano hacia el Malecón donde te espera una muchacha de labios hinchados por el deseo. La calle te ve bajar desde Coppelia, con esas gafas enormes que no logran ocultar tu picardía. Un mechón indomable cubre tu frente, te cubre los ojos y te impide ver la bandada de muchachos que a esta hora comienzan a invadir las aceras con su algarabía, sus canciones, ese licor que ocultan bajo sus ropas, el humo de los cigarros que retienen con ansiedad. Sigues con esos pasos lentos que siempre te conducen al pasado, a una noche fría, a unos ojos que te perturban y te atrapan, mientras el mar te embiste dejándote en la boca la sal de las palabras. Te lanzaste al mundo de cabeza y pediste ser devorado, disuelto en las mareas. Te has hundido en la eternidad.

Y yo, como la novia de Lázaro, huelo tu ausencia. He llegado a La Habana para el encuentro imposible y repito con Dulce María Loynaz:

Vienes; sin contar con más esperanza que tu propia esperanza
ni más milagro que tu propio milagro. Impaciente y seguro
de encontrarme uncida todavía al último beso.

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Preámbulo

A Efrén, por el viaje interminable

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PÁJARO del olvido
jamás te tuve más cierto en mi memoria.
JOSÉ ÁNGEL VALENTE

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[pág. 21]

Estas crónicas son una exploración en la memoria, en los sentidos, en la ficción del pasado. Sabemos que los recuerdos, como los sueños, son materia inestable y cambiante, caóticos, libres, se niegan a la linealidad espacial o temporal. Los relatos están atravesados por preguntas, o por saltos caprichosos del ensueño. Algunos surgen del recuerdo todavía tibio, otros de una distante evocación. En algunos puntos se teje con las hebras de la imaginación o del deseo, en otros con la poesía, con la literatura, que es otra forma de viajar. La memoria se compone, como diría Borges, de «unas cuantas tiernas imprecisiones», las mismas que conforman el mundo, la vida. Hay itinerarios y encuentros que solo son posibles en el papel, en los sueños, en el cine, en un mundo virtual. ¿Quién duda de estas realidades?

Las crónicas tienen múltiples tonos, ritmos, colores, voces. Así como un viaje nunca es igual a otro, quien viaja se transforma, deja de ser. «Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos». La voz que cuenta también se transfigura: la que alucina en el desierto, esa que tirita en la noche del lago; la que se espanta ante el exceso, o aquella que explora en el mapa para encontrar el país de los sueños, no son la misma voz. Todas y ninguna es la que ahora escribe. Cada una tiene su tiempo, su modo de vivir y contar. Todas tienen aquí la palabra.

Es posible que el lector, como el viajero, se sienta perdido. Quizá quiera anticipar el final, devolverse, cerrar el libro. O querrá seguir, dejarse llevar, tomar su propio rumbo, quedarse a explorar un solo lugar. Será como estar en situación. No hay otro orden que el deseo. Ojalá esta lectura pueda vivirse como un viaje…

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[pág. 51]

Los viajes realizados empiezan a formar parte de la ficción del recuerdo. Es la huella del déjà vu, esa sensación que nos invade a veces cuando llegamos a un lugar, o vemos una imagen, y tenemos la certeza de que ya habíamos estado allí, que esa situación ya la habíamos experimentado, y no logramos comprender si se trata de la memoria del pasado o de la memoria de un sueño. Para el cerebro no hay diferencia. Ambas son realidades vividas. Con la memoria de los viajes ocurre algo más: sabemos que estuvimos allí pero no logramos recordar los detalles o rescatar la sensación, es como si los hubiéramos soñado.

La deuda con la memoria empieza a saldarse cuando las palabras retienen aquello que se escurre, que se escapa por las grietas. Cuando logra nombrarse, lo vivido vuelve a ser parte de la realidad. El viaje se hace vida cuando se convierte en palabra incesante y retoma el movimiento del tiempo que lo alimenta hasta el infinito. Contar es volver a vivir. «El verbo se hace carne». Mientras el cuerpo se complace en su roer de huesos, en su ruta de aire y flujo de sustancias, la mente se alimenta de infinito, de sensaciones en las que coexisten soles, océanos y nieblas.

El viaje nunca concluye en el recuerdo. Vuelve a iniciarse en el relato para quien lo escribe, para quien lo escucha o lo lee…

***

[pág. 109]

Los viajes se van acumulando en la memoria como un revoltillo de pequeños sucesos, recortes y fragmentos de lugares guardados en un cajón, retazos que reclaman una mano que los zurza. La memoria tiene un asunto pendiente, una espina que perturba sin que sepamos en qué lugar se aloja y dónde ha echado raíces. Hay una deuda con el tiempo ido; con esas horas que rápidamente se vuelven espuma, sonidos disueltos, alma de cosas ausentes, visiones que surgen en el insomnio o que se mezclan con los sueños.

Los viajes se desmoronan en la memoria y son como las migas de pan que en el cuento se dispersan por el camino. Son imágenes, voces, historias, sensaciones… Se siente la necesidad de atraparlas antes de que se desvanezcan, antes de que se conviertan en polvo y nadie, ni siquiera uno mismo, pueda creer que alguna vez tuvieron lugar. Entonces echamos mano de notas sueltas, colillas de tiquetes, postales, fotografías, esa forma congelada del tiempo, esas imágenes en las que a veces no nos reconocemos…

***

[pág. 161]

Marco Polo en la cárcel siente la necesidad de contar ese viaje que ha hecho a territorios desconocidos, allende las fronteras. Entonces le dicta al amanuense sus aventuras y a medida que cuenta, surgen historias y personajes inusitados, reinicia la travesía, mezcla en su memoria lo visto con lo oído y lo imaginado, pues todo le resulta igualmente verídico y digno de ser creído. La realidad y la invención fundan los lugares, como en el caso de Ítalo Calvino y sus viajes imaginarios por Las ciudades invisibles.

En los viajes vemos lo que sabemos y además lo que imaginamos. Nadie viaja con la mente en blanco. No solo se camina horadando la tierra que pisamos, también se dan pasos hacia adentro. Así, un viaje es un trasegar interior, una exploración para dirigirse hacia algún territorio de la mente, del alma, del sentimiento, o como queramos llamar a ese adentro, en el que no estamos solos. Allí habita una multitud…

***

[pág. 219]

En ocasiones, al hurgar en los recuerdos, así como en las fotografías, se nos revelan cosas que nunca vimos; otras veces se omiten las escenas que quisimos capturar con el visor. O quizá las dos realidades se superponen. Julio Cortázar nos recrea las dos posibilidades. En Las babas del diablo un fotógrafo descubre un delito, gracias a las imágenes que está revelando en su cuarto oscuro. Antonioni en Blow up, hace una versión libre de esta historia para el cine, y en ella la realidad y la fantasía se conjugan, de modo que no sabemos si creer al ojo de la cámara o a la visión del fotógrafo. En El Apocalipsis de Solentiname, otro cuento de Cortázar, el narrador descubre que ninguna de sus diapositivas ha capturado las escenas campesinas que retrató, y en su lugar aparecen imágenes de violencia política. Es el arte rebelándose en el momento de la revelación.

Este prodigio no pertenece al plano de la fantasía sino a la fantástica de la realidad, es decir, a otras dimensiones de lo real.

***

Así como el cambio existe, así
en el paso de los años se alcanza la permanencia.

FRIEDRICH HÖLDERLIN

Múltiple soledad

UNO. EL DESIERTO

La palabra desierto se ha usado como sinónimo de la nada, sinónimo de soledad, de ausencia de vida. Sin embargo, pocas palabras entrañan con tanta intensidad la sensación de paradoja. Ella misma parece ser su negación. Exuberancia e imponencia natural, enigma, matriz del mundo y confín siniestro, jardín y «anti–edén», amenaza y refugio, tentación y prueba, peligro y éxtasis, muerte y promesa, laberinto y espacio abierto, soledumbre y vaciedad. Todo esto es y ha sido el desierto. Alguien dijo que el desierto «no tiene otra alma que la arena». En la escritura poética es una metáfora de la desolación interior, del desamor o el abandono. Uno de los poemas más bellos sobre lo que entraña el desierto es el de Jorge Luis Borges. Porque nunca deja de sorprenderme y porque me siento incapaz de fragmentarlo, lo transcribo en su totalidad:

Antes de entrar en el desierto
los soldados bebieron largamente el agua de la cisterna.
Hierocles derramó en la tierra
el agua de su cántaro y dijo:
Si hemos de entrar en el desierto,
ya estoy en el desierto.
Si la sed va a abrasarme,
que ya me abrase.
Ésta es una parábola.
Antes de hundirme en el infierno
los lictores del dios me permitieron que mirara una rosa.
Esa rosa es ahora mi tormento
en el oscuro reino.
A un hombre lo dejó una mujer.
Resolvieron mentir un último encuentro.
El hombre dijo:
Si debo entrar en la soledad
ya estoy solo.
Si la sed va a abrasarme,
que ya me abrase.
Ésta es otra parábola.
Nadie en la tierra
tiene el valor de ser aquel hombre.

Entrar en el desierto es abandonarse en sus brazos estériles, renunciar a la humedad, a la caricia del agua. Se convierte en héroe quien logra salir vivo de la travesía, si es que no cuenta con las medidas indispensables que le permitan sobrevivir, si no es nativo de la zona y se encuentra desprovisto del conocimiento imprescindible para manejar la inclemencia del clima o el misterio de la jojoba. La naturaleza cobra cara la ignorancia o la temeridad.

Pero hay otra cara del desierto que es descubierta por la filosofía y por la literatura cuando estas ahondan en sus múltiples significados. Chantal Maillard es una poeta belga–española que en sus Diarios indios explora otras formas de contemplar el desierto:

El desierto no tiene sombras, por lo cual no puede medirse el tiempo ni la distancia de las estrellas a no ser que el propio cuerpo haga oficio de gnomon. Uno es su propio tiempo. Alrededor el tiempo no existe. El tiempo de las cosas se mide por su sombra, y solo el que no tiene sombra es eterno. El desierto, por eso, es eterno. Con el sol en el cenit un hombre pierde su sombra. Puede decirse que entonces se le otorga la posibilidad de estar en su propio centro, de no distinguirse de sí mismo. Por un instante, es un iluminado.

El sol y el desierto componen una alianza que puede ir de la saña a la iluminación trascendental del yo. Depende del punto de contemplación, depende de si estamos caminando desnudos en busca de una grieta para refugiarnos o para escarbar, inútilmente, una gota de agua que haya sido reservada para nosotros desde una lluvia legendaria. El sol desnudo se extiende y penetra las cavidades de la tierra y de los cuerpos y el viento aleja la esperanza del agua. Que no haya sombra puede ser una calamidad o una hermosa parábola sobre la identidad. Jean Baudrillard dice que «el silencio del desierto también es visual. Lo conforma la extensión de la mirada que no encuentra sitio donde reflejarse. Al contrario, en las montañas no puede haber silencio porque gritan mediante su relieve».

Un desierto no se parece a otro y por eso debemos abandonar los convencionalismos cuando lo nombramos. Es la primera lección que me ha dado el desierto de Arizona. En él la nada no existe y todo en él se encuentra habitado. Decir cactus es hablar de una familia no solo numerosa sino pródiga y diversa. Los hay aterciopelados, empinados, serpenteantes, antropomórficos, de vientres redondeados, con uñas felinas, de verdes inagotables, con flores inverosímiles, cactus enmarañados como la memoria.

En Arizona los saguaros, como los frailejones en nuestros páramos, son los amos y señores de la vegetación, los vigías del desierto, los candelabros, los maniquíes, los fantasmas «atrapa pájaros», los gnomos, las criaturas mágicas que nos abrazan cuando queremos tocar su piel, que incitan, pero al mismo tiempo esquivan las caricias. Están por todos lados bebiendo el sol y jugando con los colores del atardecer, creciendo en el rojo, estiran sus brazos al violeta, ensanchan los amarillos o abren las cortinas del cielo para empezar a danzar a lo largo de la carretera, como llamando al viajero para que se detenga, para que abra sus ojos al espectáculo que surge en la oscuridad, en el momento en que todas las cosas, supuestamente quietas o vacías, recobran movimiento y profundidad. Igual que los desiertos, un saguaro no es igual a otro y sería necesario recorrerlos con asombro para entender el sentido de sus brazos esculpidos al capricho del viento, moldeados por la luz, para entender el misterio que recorre sus espinas, la fuerza con la que lamen el alma de agua de la tierra.

El cielo del desierto de Arizona está escandalosamente desnudo, aún en invierno. Por eso los atardeceres nos hacen correr, nos roban los ojos y nos llevan a exclamar esas palabras que no alcanzan, que se gastan o se queman bajo los escarlatas, los púrpuras o bermellones, pasando por los rubios y anaranjados que no se pueden describir en una hoja blanca con trazos negros y homogéneos. Hay que inventar otro lenguaje para contar la intensidad del atardecer en el cielo de Arizona. Una tarde tras otra se superponen con su brillo desafiante y estamos a punto de quedarnos ciegos de tanta exaltación. Las fotografías son copias imperfectas que no alcanzan a retener el grito, o ese silencio súbito que se ha convertido en sombra cuando posamos con el fondo del atardecer. La línea de la frente, el ángulo de la nariz, el croquis del pelo, las curvas de los labios. Allí estamos convertidos en espectros, mostrando ese rostro que nos resulta desconocido y que solo es posible ver en el espejo del crepúsculo.

En este lugar el paisaje asume la forma de parques y reservas naturales. Se pide no pisar la vegetación, no penetrar en áreas resguardadas. Los pobladores y los vecinos se enorgullecen de su entorno y destacan su geografía. Se saben dueños de uno de los territorios más hermosos de América, aunque esta belleza también debe pagarse con el rigor de la canícula. Sedona está hecha de montañas rojas como catedrales petrificadas, campanas que tañen la luz, fantasmas de eremitas que asoman en los picos rocosos, bosques de piedra que guardan los secretos de generaciones de apaches o del tiempo en que los coyotes y jaguares pintaban sus huellas sin temor a los cazadores. Las carreteras hieren el paisaje, pero este se impone y sobresale en los picos y en el escarlata que hace sangrar el cielo. Las construcciones se levantan tímidas, camaleónicas, imitando los colores y los guijarros; otras imponen sus columnas y sus fuentes, se erigen en mansiones de gloria incomprensible. Poblar el desierto sigue siendo una afrenta contra las dunas.

Estamos allí, trepando La Campana, pisando su arcilla húmeda, las rocas por las que descienden los hilos de agua, que de lejos brillan y de cerca juegan en las grietas, helados en su curso y más helados en su nacimiento. Perderse entre aquellas sinuosidades mientras se respira un aire de leyenda, sabiendo que nunca encontraremos el camino del origen, que estas montañas vienen de una edad remota de la tierra. La roja campana de Sedona es anterior al tañido del primer bronce que haya construido ser humano alguno, fue templada antes de la existencia de la música, gracias al arte del viento y el agua del desierto. Se escucha con claridad su vetusta melodía. La roja catedral antecede a cualquier templete, incluso a la devoción por seres sibilinos o cosas inanimadas. Ese ocre encendido, la forma como corta con el grisáceo de las nubes algún día, el modo como contrasta con el intenso azul en otro día, son imágenes que se mantienen en la memoria. La erosión, sinónimo de destrucción y de muerte en tantos lugares, aquí se ha encargado de tallar la suave roca para dejar su impronta. Es la belleza de la muerte que se vuelve vida en el grabado de aquel paisaje.

El desierto es la mejor metáfora de la memoria: tan cargada de vida y al mismo tiempo tan esquiva, tan sola en su mudez. El desierto es un oxímoron: múltiple soledad. Se define por lo que no es, aunque lo llena todo.

DOS. EL BOSQUE DE LOS GIGANTES

Tal como esa estampa en la cartilla de la infancia que ilustra el cuento del ogro come niños; aquellos niños perdidos en el bosque regando migas de pan para no perder el camino de regreso, y tras ellos las aves que se alimentan de las suculentas huellas; así como esos cuentos donde temblábamos de espanto en el momento en que el gigante aplasta con sus «botas de siete leguas» las raíces de grandes árboles y aspira con su enorme nariz el olor de los chiquillos extraviados; con esa misma mezcla de curiosidad y asombro, con esas ganas de avanzar y ese miedo en las botas que hacen crujir la nieve, que penetran en el blanco del hielo con placer y temor de romperse los huesos. Así, hemos llegado al Bosque de los Gigantes, al Parque Nacional de las Secuoyas en California.

Dejamos el desierto de Arizona con su color dorado, su aire de arena, , su inmensidad de cactus y saguaros. Al oriente y al norte, vamos en busca de Isabella Lake y lo encontramos muy cerca de Kernville, después de dormir una noche en este pequeño pueblo en donde ya se dibuja la Sierra Nevada de California. Por un paisaje azul de montañas ascendemos al lugar donde nos aguardan los árboles más altos y más viejos del mundo: las magníficas secuoyas que alimentan siglos de vida y de historia.

El Bosque de los Gigantes, expresión literal que nos lleva a la ficción de la infancia; árboles en cuyos troncos hay grutas, caminos, en cuyos troncos se enrolla el gran libro del tiempo. La Secuoya es un mundo en sí misma, un reino, un imperio de la naturaleza. A la más antigua se le calculan tres mil doscientos años, tiene ochenta y cuatro metros de altura. ¡A esta hora sigue creciendo! y el diámetro de su tronco puede alcanzar diez metros, de modo que solo puede ser abrazado por veinte personas tomadas de la mano. Su nombre suena a batalla: General Sherman Tree. Pero podría llamarse «Milenia», «Gruta del tiempo», «Catedral», «Vía savia y sabia», «Vida», «Eternidad». Las secuoyas contienen la sabiduría de la inmortalidad, tienen la capacidad de reproducirse y renacer, resistiendo los cambios estacionales, pues sus hojas son perennes. Las viejas se acoplan a las que nacen en la primavera, siempre permanecen verdes,las corazas de sus troncos las protegen y tienen un mecanismo que parece encerrar el misterio de la aleación entre la vida y la muerte: las secuoyas necesitan de los incendios naturales para liberar sus semillas y para nutrir la tierra donde crecen. Los árboles nuevos surgen de los restos de troncos y ramas muertas, de los conos quemados brotan las semillas. Además del fuego, el escarabajo y la ardilla ponen su cuota de larvas y dientes para que sea posible la eternidad.

En ese recorrido de ficción, hemos visitado el Grant Tree y hemos visto al Monarca caído, ese gigante convertido en túnel vegetal, ahora cubierto de nieve, que alimenta millones de colonias de insectos y desde su condición terrena vigila a sus secuoyas hermanas que van camino del cielo. El musgo viste los troncos con ese verde recién nacido, en donde el sol se refleja. Y por doquier la increíble maraña de hongos y sus micelios, en la superficie y en el subsuelo, tejiendo las infinitas conexiones, estableciendo puentes, llevando y trayendo mensajes, conectando toda forma de vida. La niebla llena el espacio y penetra en los pulmones. La secuoya ni siquiera nos ve, somos menos que diminutos insectos que intentan escalar su falda de nieve. Agitamos los brazos para anunciar que existimos. Por fortuna, tenemos la voz para menguar esta sensación de seres invisibles, ínfimos, breves y casi ridículos.

De repente, una lluvia de plumas blancas ha empezado a caer y es el momento del salto y la algarabía. Nieva sobre los colosos y sobre nuestras cabecitas. Somos los infantes perdidos en el bosque, hollando la nieve con pasos inseguros, intentando penetrar en la gruta del gigante, haciendo una ronda con nuestros brazos quebrados, ávidos de tiempo, suplicando una gota de eternidad.

TRES. VERDE MÚLTIPLE CON COYOTE

La Sierra Nevada de California es una gran espina dorsal que nos guía al encuentro de ese lugar paradisíaco llamado Yosemite National Park, la reserva natural en la que habitan gran parte de las especies de Estados Unidos y que en su mayor proporción es todavía silvestre. Se dice que su nombre proviene de la tribu Miwok que habitaba la región y que tenía fama de asesina, de modo que Yosemite significaría literalmente «los que matan». Sus más de tres mil kilómetros cuadrados comprenden valles, ríos, cañones formados por estructuras majestuosas de granito coronadas con nieve, por cuyas faldas se precipitan cascadas heladas, saltos de agua de distintas proporciones y alturas, de modo que de las rocas azules respira vida por todos los costados.

El valle de Yosemite contiene una gran área boscosa, vegetación propia de diversos pisos térmicos, desde los seiscientos hasta los cuatro mil metros. El granito de sus rocas se formó hace diez millones de años, por los antiguos glaciares que al derramarse esculpieron los cañones, tallaron valles y montañas, hasta diseñar esa majestuosa obra de arte que hoy nos arranca un grito de conmoción.

Queremos devorarla con los ojos, mientras la boca se nos abre en un gesto de alelamiento, pero no alcanzamos a percibir siquiera la mínima parte del misterio que encierra. Yosemite nos recibe al anochecer y a medida que nos adentramos en el valle, sentimos una fuerza que nos succiona y nos introduce en un gran laberinto blanco. La nieve forma murallas a lado y lado de la carretera y la niebla se interpone, amenazante, para cerrarnos el paso. Avanzamos con temor y deseo, ávidos del vaho del hielo, de encontrarnos de frente con osos, hipogrifos, pájaros trueno, hadas o silfos, y pasará un tiempo largo (medido más por la ansiedad que por el reloj) para que encontremos rastros humanos. En la caseta de la entrada no hay nadie que atienda el ingreso. Igual que nosotros, otros visitantes indagan por alguna orientación para encontrar el lugar de hospedaje. Continuamos el camino en sentido contrario a la oscuridad, siguiendo la única luz que proviene de la nieve. A medida que avanza la noche, el blanco se hace más intenso, como reflejando la luna que no vemos.

En algún punto del laberinto se encienden algunas luces pero pasará un tiempo más para encontrar nuestra cabaña. En ella nos aguarda una chimenea encendida, aunque sin el crepitar de la madera ardiente, pues el fuego viene de un fogón de gas. El interior es cálido, amplios sillones confortables, adornos y lámparas. En la pared de madera, un gran reloj con campana, con números romanos, antiguo en apariencia. En realidad es eléctrico y ha quedado detenido a las once y siete minutos. Todo muy aparente, american style. La cocina bien equipada y con el confort necesario para sus huéspedes. Tenemos suficientes provisiones para armar una cena y suficiente hambre y sed para sentarnos a comer y a brindar por nuestra primera noche en Yosemite. Una escalera de madera nos conduce a las camas, dispuestas con sus mantas.

Aquella noche aun tendremos tiempo para vivir una historia de terror en la cabaña, rodeada de nieve, en medio de la nada. Vendrán personajes oscuros que asaltarán nuestro sueño, dejarán ver sus extrañas sombras tras las ventanas, como en aquella inolvidable primera noche de Lockwood en Cumbres borrascosas. Transitarán manos por el papel de colgadura de las paredes, como lagartijas, mientras el reloj, que nadie ha conectado, empezará a mover sus agujas para indicarnos que las once y diez era la hora señalada para el grito.

A la mañana siguiente, el misterioso lienzo gótico queda atrás. Al asomarnos al balcón, el espectáculo nos sorprende de nuevo: abajo la nieve nos cerca y arriba nos espera un cielo intensamente azul, en donde el sol ya ha puesto su llamado de urgencia para que salgamos del sueño y entremos en otro sueño. La euforia de las exclamaciones y los flashes de las cámaras hacen su primer acto. Nos deslizamos por la carretera y en el primer mirador nos detenemos para ver el gran cañón del río La Merced, en donde las rocas azules hacen su fiesta de hielo y agua. Su piel marmórea brilla como si se tratara de un traje de lentejuelas, por sus pliegues y concavidades bajan chorros de agua en ese deshielo permanente. Los verdes del valle se beben la luz y el agua para vestirse de profundidad; hilos cristalinos en una orquesta de colores. No es posible siquiera presentir la vida que se agita entre esos bosques como océanos. Vemos el pico llamado Catedral, el cerro Capitán, «¡Oh Captain, my Captain!» Seguimos el curso de las rocas para ir descubriendo cientos o miles de cascadas. Algunas antes de descender se evaporan y se convierten en humo y niebla. Otras forman riachuelos que buscan al gran río para seguir su curso. Hay senderos y recodos para los caminantes, lugares para jugar en la nieve, lagos con playas y las Islas de la Felicidad.

Uno de los senderos que se adentra en el bosque conduce hacia Mirror Lake. Como Narciso, queremos mirarnos en el lago. Pero ante la belleza el ego se encoge y retoza. La caminata hacia «El Espejo» es una experiencia metafísica.Su agua helada refleja el verde y es como si el bosque se hubiera hundido en el lago. Sensación visceral del placer, si es que existe placer que no se albergue en las vísceras. El paraje nos invita a tendernos sobre el piso de paja y musgo, junto al lecho del río, y nuestra mirada horizontal descubre grupos de venados, ardillas, mariposas, un pino diminuto que se incorpora como si acabara de nacer. Su delicado tallo se sacude el hielo que le ha aplastado la cabeza y justo ahora, frente a nuestro asombro, ha logrado vencer la gravedad y se incorpora, como si fuera un niño que se despereza y nos desborda la ternura. Mientras la escarcha gotea de sus ramas, el bebé pino se esfuerza por erigirse hacia el sol y tenemos la certeza del crecimiento de la hierba y recordamos otra vez al viejo hermoso Walt Whitman: «Gústanme los ecos, el vago zumbido de los murmullos silvestres. Gústame sentir el amoroso empuje de las raíces a través de la tierra…»

En el segundo atardecer, mientras regresamos a la cabaña, nos espera otro asombro al filo de la carretera: como una aparición, parado en el asfalto, un coyote gris, de ojos fijos, tan humanos, nos observa desde su marco de nieve. Ni las exclamaciones, ni las risas infantiles, ni los destellos de las cámaras parecen perturbarlo. Calcula y aguza la mirada, no advierte peligro ni expresa agresión. Solo se complace en mirarnos. Cambia de escenario, se da vuelta, avanza, nuevamente se detiene y continúa mirando. Desafiante hermosura, ofensiva belleza. ¿Qué ven sus ojos de coyote? ¿Qué somos en su paisaje? La bestia solitaria se ha ofrecido como un regalo y ha quedado para siempre detenida en algún sitio de nuestro cuerpo. Se ha hecho sentimiento, instinto, memoria, augurio, poesía. La tarde blanca en que habita ya forma parte de nuestra historia.

Nos iremos del Yosemite con una deuda pendiente por los sitios y paisajes que no vimos, que no veremos. Nos llevaremos el tatuaje de la luz, la seducción de la roca radiante, las caras del agua.. Al alejarnos jugaremos al verde múltiple: verde Amazonas, verde biche, verde manzana, verde esmeralda, verde ocre, verde brillante, verde tierno que se incorpora, verde oliva, verde limón, , verde sol, verde cristal, verde rana, verde oscuridad, verde gris coyote, verde musgo que viste los troncos de los pinos, verde ritmo de venado, verde hierba pata de ardilla, verde canto, verde mar, verde piedra, verde murmullo, verde Whitman, verde que te quiero Lorca. Y digo que si Dios es, verde es.