Detalle de “Bodegón con gato y pescado” (1728) de Jean Simon Chardin

Lucero se ha recuperado de una manera increíble y su pelo de tigre está creciendo. Todavía no tiene mucha confianza con los habitantes de la casa. Me rodea permanentemente con sus maullidos, restregándome su cola, como si me preguntara ¿cuándo volvemos a casa? No sé qué hacer con su impaciencia felina. La alzo, la sobo, pero nada que se tranquiliza.

Hoy dimos un paseo por los alrededores. No reconozco este lugar. Los dos días de caminata nos trajeron a un sitio desconocido. Temo que Lucero pueda perderse si se aleja de mí. No sabría qué hacer sin ella.

La gata nació de Natacha y Satanás, la pareja de gatos consentidos de mamá. Nata, así la llamaba yo, tuvo cinco gaticos pero mamá regaló cuatro a la semana de nacidos. Yo escondí entre mi cama al último que quedaba y lo bauticé Lucero porque me gustan las estrellas.

“Lucerito de plata, no le digas a nadie que me has visto llorar…”

Le cantaba esta canción mientras ella dormitaba sobre mis piernas. Jugaba a que la noche en que ella nació dos luceros juguetones bajaron para meterse en sus ojos azules y así poder estar cerca de mí. De otra manera no podía explicar el extraordinario brillo de su mirada.

No fue fácil proteger a Lucero de la impaciencia de mamá, quien no quería que la casa se llenara de gatos. Mis lágrimas la hicieron ceder, pero no evitaban sus ataques inesperados de mal genio. No sé si era la gata la que no quería separarse de mí, o yo quien no podía prescindir de su ronroneo, del jugueteo de su cola gris, que era como la varita mágica de un hada traviesa.

– Le va a pegar una enfermedad. A los animales no hay que besarlos como a la gente. Samuel, por Dios, le voy a matar la gata.

Las amenazas no valían de nada. Por el contrario, con mayor gusto la cargaba por todos lados para defenderla de todo mal. Cuando se hizo grande, empezó a llegar en las noches con la trompa llena de plumas ensangrentadas. Muchas veces pensé que se había comido a Pascual y me alegraba. Pero parecía respetar al gallo más viejo de la casa.

Un día los trabé en una pelea y por poco Pascual le saca los ojos. Desde ese día Lucero le huía. Parecía increíble que un felino pudiera resultar vencido por un ave. Yo no podía aceptar eso.

– Es que los años se respetan -decía papá. Hasta los animales saben respetar.

– Seguramente si fuera gato no respetaría años, ni picos, ni nada. Pero claro, siendo gata se vuelve cobarde como las mujeres.

De esa manera lograba que mamá entrara en la discusión y ya éramos dos contra una. Que si las mujeres son más valientes que los hombres, que ellos no soportan ningún dolor, que siempre están echados mientras la mujer continúa trabajando, que por aquí y que por allá…

No sé de qué sirve ser valiente o cobarde. Alguien me dijo que somos como los valientes pajaritos que desafían la gravedad de la tierra y un día son derribados por cualquier balazo de la nube en que vivían. También me dijo que a veces los cobardes sobreviven.

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