Minicuentos autores universales 8

Minicuentos para arrullar gigantes 

 Episodio 8

  Voz: Luz Helena Cordero Villamizar

  Edición: Efrén Piña Rivera

Imagen: Olivetti M1. Dominio público.

Música: Suite para Cello Nº 1 Op. 72 Benjamin Britten. Lamento. Intérprete: Robert Cohen.

"La vieja Olivetti" [Raquel Fernández Alcalá]

  RAQUEL FERNÁNDEZ ALCALÁ (Madrid, 1978)

De ella solo sabemos que es española, que ha ganado premios de microrrelatos, de historias de viajes y de poesía. Su primer libro de relatos es “La Casa de los Lirios”. “La vieja Olivetti” da cuenta de una atmósfera de misterio y de una historia sugerente y cargada de poesía.

El dolor viaja con “Alas de cemento”

“La muerte de Chatterton” de Henry Wallis (1856). Dominio público.

Por Luz Helena Cordero Villamizar

¿Quién puede detener a un hombre
que lleva un suicidio en el ojal?
ANDRÉ BRETÓN

Después de algunos meses de tenerlo entre la vigilia y el sueño, como sucede con los libros que aguardan sobre la mesa de noche, después de muchas pesadillas sobre la muerte, al fin logré ajustarme estas Alas de cemento. Por fin pude calzarme nubes para sobrevolar sus páginas, para sortear tanta historia que duele. Cada poema es un ser y un mundo. Poetas atormentados, poetisas que no caben en su tiempo, ángeles adolescentes como Thomas Chatterton, que hizo de su final una insignia y una fuente de arte. Jaime Londoño es el oficiante, nos conduce a la intemperie para sentir las tempestades de la poesía. A través de estos poemas seguimos las vibraciones de las voces, los sacudones frenéticos de un tren ciego que recorre los siglos, las guerras, que atraviesa los cuartos, las cocinas, el rincón más triste de la noche.

¡Qué dolorosas son estas alas de cemento! Jaime experimenta la compasión, ese sentir compartido, y enaltece esa última hora de vida, ese último segundo de los poetas. Nos lleva a escanciar los jugos de la melancolía y, al mismo tiempo, el arrebato fulminante de la dicha. Porque cada poema es una celebración y un sentir fraterno, desde la carne, desde el zumo y el espíritu de cada escritor. En estos versos probamos «la flor del veneno», la embriaguez del silencio y de la sombra, vestimos «el abrigo de grava» para sumergirnos en el río, vemos nuestro rostro en la carta del suicida, surcamos el tiempo en un navío de hiel y queremos patear el futuro.

Entre verso y verso, entre poema y poema, hay abismos, historias hondas que el autor bebe y destila con su ser y sentir, con su propio cansancio, con su sangre en ebullición, y en ese proceso surge la luz con que teje sus versos. He sentido esos «alfileres de hielo» de Ana Cristina Cesar; he visto a Celan cómo sube hacia abajo, mientras Berrymann asciende por la lluvia; he contemplado el vuelo de Deleuze en pos de la inteligencia, el modo en que el ahorcado saca la lengua a la rutina. Me he llenado los ojos con todos los colores con que el poeta pinta los «ángeles de la muerte». «El ocaso azul entre los rieles», el amarillo y el ocre con que Van Gogh viste el sol antes que Tamiki Jara logre que el astro se recueste a llorar. He alucinado con el azul insistente de las olas que se empeñan en salvar a Kariotakis, en contra de sí mismo; me han trastornado los trazos violetas en las manos de Sylvia Plath.

Y ese travieso, ese genial embustero, Chatterton, aún sigue en su lecho, intoxicado de heterónimos y diciendo «perdonen este último acto de miseria». ¿Qué hacer, José Asunción, si hasta las rocas se hacen trizas pensando, si los armarios «de dos lunas solo reflejan sombras, deudas y cansancio»? Con ironía Londoño denuncia que los psiquiatras son antimotines de las dendritas, del yo, del ello, «como si ignoraran que la supuesta cura no empieza donde uno ya no es uno».

Estremece confirmar que los nombres y el material para un libro como este son incontables. Algunas historias nos harían reír, si no fueran tan trágicas, como aquella de José Zorrilla, quien gracias al suicidio del escritor español Mariano José de Larra, ha sido hasta hoy el único poeta sacado en hombros de un cementerio. En el “Suicidio de Papus”, aunque no es claro quién ha tomado la decisión de arrojarse desde el piso 17, el poema canta la ironía, parodia lo cotidiano, los instantes del ridículo, la perra que ladra al oler la caída, las horas tediosas del portero que al fin tendrá algo nuevo para anotar en su cuaderno.

Alas de cemento no es solo un bello homenaje a tantos poetas suicidas. Después de sorber, degustar, inhalar, sofocarse, volar y sumergirse en cada poema, tenemos la sensación de haber experimentado estas muertes y, al mismo tiempo, de amar cada una de esas vidas. Y, claro, sentimos la necesidad de penetrar en las obras que nos legaron. Es como si el poeta Jaime Londoño también hubiera muerto y renacido, y ahora nos entregara una dolorosa expansión, una dosis de hondura, desazón y belleza, que es en últimas la esencia trágica y sublime de la poesía.

(Sobre mi lectura del libro de Jaime Londoño “Alas de cemento” publicado por la Editorial Tanto Sur Airoso, 2023)

Febrero de 2024

Nerval en diario roto

A las cinco deshuesa fragmentos de ensueño
que se abren heridos como rosas de cristal.
A las seis cena el alma
nudos ciegos
y masculla praderas de pesadilla.
A las siete los trancos finos
que recorren su memoria
dejan de corretear,
se echan con dulzura sobre el tapete
del cénit estrellado.
A las ocho canta lunas ebrias
y empieza a obedecer,
día eclipsado por día eclipsado.
A las nueve, con ínfulas bizarras,
espanta almas acechantes.
A las diez nombra astros que echa a rodar,
como gorriones de piel en la locura.
A las once se balancea feliz
atado al poste que lo ilumina.

Letras de metano

Ya declina el bullicio
en la tarde que se extiende
con trazos violetas
hacia las manos de Sylvia Plath,
metanos de belleza en la inclemente noche.
Y las bellas sombras azules,
desde el borde oscuro del horno,
se lanzan a bailar entre los objetos
como pensativos suspiros.
Más allá de la alborada
la oigo flotar recordando en el zaguán
seres que partieron en submarinos de pino.
Frente a la mesa somnolienta la saludo.
Ella dibuja con su dedo azul
el dolor que guarda en sus entrañas.

Kostas Kariotakis

Escucha, es el mar de ópalo
que se aproxima,
viene a recordarme con trizas griegas mi vida
ambulante de ventanas pasajeras
hubiera tomado el revolver infalible.

Lascivas olas me golpean
con su marea espesa,
pero no hunden mi presagio y mi deseo;
ahora, como a un viejo tronco de balso,
la marea me hace tornar hacia la nada,
maletín vacío de viajero sin rumbo.
Lo dejé dormido en el ropero junto a las polillas.

Otras horas llegan y se quedan
largamente azules en su quietud,
como vestidas de brisa festiva.
Recuerdo su cacha de nácar.

Las olas luchan por salvarme
entonando susurros.
Así se abre la muerte que naufraga.

Lo tuve entre mis manos,
amigo mío, amigo mío, me decían sus balas,
nunca postergues nada.

“Tarde de vacaciones de Chatterton”. Grabado de William Ridgway a partir de una fotografía de W.B. Morris [1875]. Dominio público.

Sobre “Búsqueda incesante” de Felipe Agudelo Tenorio

Fotografía de Juan Cristóbal Cobo, de la serie “La luz opaca”. Dominio público.

Por Luz Helena Cordero Villamizar

«Esa fría mañana bogotana —excúsenme, por favor, la redundancia— gastaba las horas hojeando las revistas que compra mi secretaria». Con esta frase se abre la historia de Gotardo Reina, el investigador privado que se nutre de las excrecencias y putrefacción del bajo mundo bogotano. Sí, uno de esos hombres que vive del dolor de otros, que ronda por bares y calles que asustan y va en busca de las claves y los responsables de las desapariciones de niñas y de «personas perdidas de manera involuntaria».

Este detective proviene de un hogar de clase media alta, ha entrado al negocio movido por una situación familiar, se mueve con la misma facilidad en ambientes burgueses que en antros y cuevas del bajo mundo. Sabe que las redes del crimen requieren la asociación entre quienes tienen el poder político y económico y aquellos que administran la miseria y hacen el trabajo sucio, incluida la policía y sus mafias. Por eso con Gotardo, Got para los amigos y lectores, iremos a lujosos restaurantes del norte de la ciudad y a cuchitriles cuya sola descripción crispa. Así ocurre en el «corazón sangrado de Bogotá», donde solo es posible sentir miedo. Los «ladroncitos» son lo de menos, nos dice Got, así nos desafía a penetrar por esos callejones, a los templos de los «oficiantes del mal», donde residen las «manadas de minotauros» que están emparentados con «los principales poderes de la nación».

El escalofrío que experimenta quien avanza por las páginas, mientras acompaña a Got al «Jardín de Las Últimas Santas» —así, con todas las mayúsculas—, se supera por la dosis de ironía y humor que tiene la narración, pues entre el terror y la risa hay un eslabón que en este caso está tejido con una prosa amena, con apuntes finos, inteligentes, con la jerga local, con reflexiones del narrador acerca de la vida, la política, la historia y la cultura de la ciudad y de este trágico país del sangrado corazón. No faltan en la historia otros ingredientes y las delicias del paladar y el erotismo.

A medida que conocemos la vida de nuestro detective criollo, se irán abriendo puertas a historias y personajes, como en un truco de prestidigitación de aquellos en los que nos preguntan en qué caja está la bolita, pues iremos descubriendo conexiones y misterios que quizá no se despejarán del todo, pues en este tipo de novela negra el personaje central se encarga de que los lectores queden con curiosidad y hambre para la novela siguiente.

Felipe Agudelo Tenorio fluye bien en este género, aprovecha de modo ameno e inteligente los materiales, personajes y hechos que abundan en Bogotá y en Colombia para las historias de crimen y terror. De vez en cuando al narrador se le rebela el poeta y revela la poesía de las cosas en dosis tales que añaden mayor deleite a la lectura. En algunos casos emplea unas metáforas e imágenes descabelladas que agradecemos porque nos libera la carcajada.

No es extraño que un poeta incursione en este género. Ya está el insigne precedente de Manuel Vásquez Montalbán y su inmortal Pepe Carvalho con esa saga que sigue la transición de la sociedad española entre la dictadura y el neocapitalismo. Este autor dijo que «toda literatura, absolutamente toda, se divide en novelas policiacas y novelas de amor». ¿Tendrá razón?

La novela cierra con la imagen de la noche sobre una Bogotá que no duerme y esa es la razón por la que ha perdido «todos sus sueños». Got nos dice que todos pisamos, al mismo tiempo, un camino que se dirige a la oscuridad y otro que nos conduce a la luz. De eso se trata la vida. Esas luces y sombras de Bogotá y Colombia se reflejan bien en esta “Búsqueda incesante” que retrata nuestras letrinas, nuestros dolores y esta desesperanza, pero que también encarna ese mamagallismo que nos ayuda a digerir tantos sapos.

(Reseña de la novela “Búsqueda incesante”. Bogotá, Planeta, 2019)

Bogotá, febrero de 2024

Fotografía de Juan Cristóbal Cobo, de la serie “La luz opaca”. Tomada de la página del autor. Dominio público.

Minicuentos autores universales 7

Minicuentos para arrullar gigantes 

 Episodio 7

  Voz: Luz Helena Cordero Villamizar

  Edición: Efrén Piña Rivera

Imagen: El centauro Quirón enseñando a tocar la lira a Aquiles. Fresco romano de Herculano. Museo Nacional de Arqueología de Nápoles.

"Lo real y lo imaginario" y "El amor" [Kostas Axelos]

KOSTAS AXELOS (Atenas, 1924 – Paris, 2010)

Académico y autor de importantes estudios de filosofía, su nombre siempre aparece entre los escritores destacados de minicuentos. En ellos combina de manera inteligente el humor, la ironía, las reflexiones sobre el ser y la existencia. Como filósofo sus reflexiones discurren, entre otras, en torno a los misterios y las idealizaciones con las que usualmente nos aproximamos a la experiencia amorosa, sobre sus vericuetos y errores, sobre los pasos en falso y los saltos mortales.

Minicuentos autores universales 6

Minicuentos para arrullar gigantes 

   Episodio 6

    Voz:  Luz Helena Cordero Villamizar

     Edición: Efrén Piña Rivera

 Imagen: “Olas de mar” de la pintora británica Lia Melia. Dominio público.

    Tema musical: 12 Songs, Op. 21: V. Lilacs (Transcr. Rachmaninoff for Solo Piano). Por Sergei Rachmaninoff. Interpretada por: Sergei Babayan

WISLAWA SZYMBORSKA (Prowent / Kórnik, 1923 – Cracovia, 2012)

En su poesía  los temas cotidianos adquieren dimensiones inusitadas. Conjuga la sencillez en el lenguaje con la complejidad de las múltiples dimensiones de su mirada, de sus juicios, de sus formas de enfocar la realidad. Sus traductores han tenido muy difícil tarea para rozar siquiera la precisión de su léxico y transmitir lo que ella logra con esa exactitud que llaman “farmacéutica”, por el uso y el lugar que da a las palabras. La han llamado “la poeta de curiosidad sin límite”. Sus textos contienen humor, ironía, agudeza intelectual, espontaneidad en los enunciados. Cualidades tanto más difíciles de transmitir en las traducciones.