Desatar la lengua

 “Bodegón con cesta de manzana y pan”, Vincent van Gogh, 1886. Pintura al óleo sobre lienzo / papel. Tamaño original: 55 x 46 cm. Imagen disponible en internet.

Por Luz Helena Cordero Villamizar

Hay poemas que son como bocados o “gotas amargas”, sabores que se repasan con la lengua, en la garganta, con la saliva del recuerdo, con un espasmo de las vísceras. Caen las palabras en algún punto de esa memoria colectiva que nos hace exclamar “he visto eso”, “yo estuve ahí”, “estos versos me interpretan”. Este es un logro de la poesía, es el latido que revela la luz del poema, la vida contenida en las palabras y la mutación que experimentan cuando se encuentran con el mundo del lector.

Poetas de todos los tiempos han incorporado en sus versos la historia, el absurdo, el dolor; ese modo particular de combinar lo triste y lo bello que provoca un «placer estético» y que también toca la conciencia, sin perder conexión con un tiempo y un contexto. Esto es lo que Gonzalo Rojas considera como la única función de la poesía. A diferencia de los discursos o de los panfletos, en poesía los opuestos no tienen un manejo disyuntivo, las cosas son y no son, al mismo tiempo. Cuando un poeta nombra la muerte también habla de la vida y del amor. «Pero, si estás muriéndote, aún vives», dice Joan Margarit.

Esta Caligrafía de la sombra de Luz Mary Giraldo alberga contradicciones, contrastes, antagonismos que llevan a afirmaciones, negaciones que conducen a certezas. En casi todas sus páginas hay cantos de pájaros, amaneceres, viento fresco y jardines que se presienten bellos. Pero esto no puede ser cierto porque los ojos de la poesía descubren el envés de las cosas y el paisaje se torna oscuro por la conciencia de un tiempo que arrastra desamparo y desolación.

Una ventana que puede ser la de la infancia, esa que tenemos al frente, o la que acabamos de abrir entre la página, nos muestra la mutilación de la belleza, «agujas en las alas de las mariposas», un viento que «muerde el esqueleto de los pájaros» y los deja sin picos, sin lengua. A propósito, la imagen recurrente de un pájaro sin pico, de una lengua amputada, tiene en este poemario una fuerte y diversa connotación.

La voz poética es esa mujer que, parada ante la puerta de su casa, mira al horizonte y «lanza piedras contra este planeta de agonías». Sabe que su palabra no logra dar abrigo a los abandonados, que «no hay palabras que les den la mano», «ni versos que alcancen a nombrar su tiempo», pero, como he dicho, la escritura encierra su contrario que es la pertinacia del oficio de nombrar, de crear imágenes que pulsen, que inciten, que provoquen y remuevan la inercia de la desgracia. Porque la imagen estremece e incomoda y la palabra interroga, cuestiona, propone. En otras palabras, la poesía, al tiempo que resiste, crea modos de ver e interpretar.

Emilia Ayarza pregunta a los hombres de este país:

Hombres que nunca hicieron nada:
Respondan uno a uno
a dónde se columpia la tarántula del tiempo
en qué sitio se desnudan las naranjas…

Nazim Hikmet escribe desde la cárcel:

Hermano mío,
enviadme libros con finales felices,
que el avión pueda aterrizar sin novedad,
el médico salga sonriente del quirófano,
se abran los ojos del niño ciego,
se salve el muchacho al que mandan fusilar

Raúl Zurita pone voz a los desaparecidos, a los muertos dispersos sobre las cordilleras; Silvia Plath nombra el rostro terrible de los cisnes y Fernando Charry Lara describe la escena de una masacre para luego decir: «son cuerpos que son piedra, que son nada».

Así Luz Mary Giraldo, con su voz de «escalofrío y agonía», aunque potente, con su modo de poner en cuestión, lejos de lo lastimero, crea imágenes que traspasan el cascarón de la tibieza. Ve «la cicatriz de una piedra» en las heridas del condenado a muerte, un perro que ha perdido el hocico y las orejas, un gato ciego y sin cola, alas rotas por doquier, un mundo roto y más roto. Habla de «la ilusión del plato de sopa», de una «cena miserable» que nos recuerda el poema de César Vallejo o las pinturas de Van Gogh. Esa «cena miserable a la que asistimos todos» y de la que «solo queda un pedazo de pan pintado en el bodegón».

La poeta hace también nuestra aquella escena, aquel cuadro dantesco que partió en dos su infancia, cuando desde el balcón de su casa un «noviembre de un año cualquiera», que sigue siendo hoy, vio pasar una pila de cuerpos con sus miradas turbias y «no pude escribir su nombre en los cuadernos». Quizá porque no pudo escribir aquel horror, brota ahora esta ofrenda entre sus dedos, esta caligrafía poética que acrecienta el asombro y transcribe estéticamente un mundo y un tiempo.

En este libro, gran paradoja, se siente la impotencia de la lengua, ese no poder transformar la realidad como quisiéramos, por arte de magia, por arte de palabras. Son treinta y cuatro poemas como perros que ladran a la luna, como maullido de gato en una casa sola.

Eres lengua a punto de enmudecer
y lamentas la insuficiencia de tus palabras.
Sabes que hay un nudo ciego en todas partes.
No puedes hablar.

No obstante, como acto creativo que es, la palabra poética logra conmover a ese engreído y torpe animal que somos y, así como la música lo sosiega, «este solitario animal vuela sin alas / y aunque desconfía de las palabras / con ellas arma un rompecabezas». Por eso, porque está dolida de memoria y aun así no pierde la esperanza, Luz Mary Giraldo desata su lengua.

Y quiero desatar la lengua
para pedir que el sueño vaya directo al corazón
y no desaparezcan los abrazos
para que los amores no naufraguen en la sombra
y el barro vuelva a crear el paraíso.

Junio de 2024

Imagen tomada del libro El lenguaje de los pájaros o La conferencia de los pájaros, escrito por el poeta y místico persa Farid al Din Attar (c. siglos XII / XIII). Corresponde a los folios de un manuscrito fechado c. 1600. Las pinturas fueron realizadas por Habiballah de Sava en tinta, acuarela opaca, oro, y plata en papel. Colección en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Imagen disponible en internet.

Tres poemas del libro Caligrafía de la sombra. Sílaba Editores. Medellín, 2024.

Anciana con hoja seca

A Christian Sabau.
Entre Curtea de Arges y Piteshti

Entre girasoles revolotean los canarios.
La anciana come trozos de pan y bebe café a sorbos
para que no se acabe.
Un cardenal de intenso color rojo se eleva al infinito
mientras ella mastica despacio porque le duelen las encías.
A diario teje una colcha de retazos.

Las flores se inclinan y la cosecha se recoge.
El viento se oye sobre las hojas secas
y los pájaros vuelan en el amarillo de la tarde.
Es hermoso el escenario.

A la anciana le crujen los huesos y los días
y le duele el invierno.
Está sola desde que inició la guerra.

Se iluminan los rostros que dibuja el verano
y la anciana no los ve
ni las hojas que caen
ni escucha el canto de los pájaros
ni percibe el color de su vuelo.

Tampoco siente calor sobre su cuerpo.
Apenas mastica el saldo de su vida
y da vueltas a las agujas mientras parpadea.

El vuelo de los pájaros sube y baja tejido adentro
y la anciana murmura o tartamudea
con el hilo en la punta de los dedos
donde un pétalo amarillo cae.

La palma de su mano parece una hoja seca.

 

Estado de alarma

Reconozco el aire de la infancia en la cornisa
donde se posaban los pájaros que alimentó la abuela.
Ahora son tierra de miseria
costra sombría y formas torturadas
oscuridad y silencio.

Las puertas se cierran una detrás de otra como bóvedas
y nadie puede abrirlas con sus manos.

Yo intento abrirlas con mis letras.

En las paredes de la guerra

Alguien tiene que arrastrar una viga
Para apuntalar un muro.
Wislawa Szymborska

Busco la infancia en ciudades donde pasó la guerra
y dibujó el dolor que no cabe en los pliegues de la cara.
Ningún niño sonríe en esos rostros.
Vi esa marca indeleble en Budapest
la vi en Guernika y en el muro de Berlín
y en un entramado de alambre en los campos de mi tierra.
La hemos visto en muchas partes
y sin pudor la muestran las noticias de noche o de mañana.

Todas las guerras se parecen en las calles vacías
y en las casas deshechas
en amados que nunca regresaron
en niños envejecidos sin entender qué pasó
en la terrible espera de madres con mirada ausente
en la cara manchada en los espejos
y en estrellas oscurecidas con el pasar del tiempo.

Solo somos infancia
han dicho los poetas
mientras escriben versos y novelas
y elevan los ojos hacia el cielo
como si allá estuvieran los pensamientos.
Como ellos la busco detrás de las paredes
y a veces la encuentro en la vidriera
donde solíamos ver el rostro de la tía regañona
o los ojos de una abuela cariñosa.
La veo en papeles garabateados con todos los colores
en fotografías de lejanos archivos
en juguetes desteñidos en el rincón de un jardín
y en la ropa deshecha en los armarios.

Hoy es noviembre de un año cualquiera
como cuando di vuelta a la página para crecer
y la vuelvo a encontrar en los ojos sin párpados.
Y la recuerdo mucho más atrás
antes de aquel balcón donde vi la mirada turbia de los muertos
y alguien me dio la mano cuando me puse lívida
y no pude escribir su nombre en los cuadernos.

Mi casa era la infancia
y para sonreír me subo a un árbol de guayabas
elevo cometas con mi hermano
juego con bolitas de cristal que brillan en mis ojos
o recojo aguacates en el patio.
Era la infancia, digo, y aprendo a deletrear
a subir y bajar las escaleras
a abrir las puertas del insomnio.

Sin que la llame viene a veces
viene a decirme que regrese
donde estaban los árboles con aturdidoras cigarras
que busque la fuente en el centro del parque
donde echamos monedas a la suerte.

La infancia quedó atrás.
No se entretuvo jugando en cualquier parte
tal vez se escondió en el laberinto de los sueños
y ahora es el aleph de una imagen imprecisa que gira en la memoria
y hace una trenza con vestidos negros
o desteje el horror debajo de las lágrimas.

Cuando el poeta se desborda y toma el cielo por asalto

\después de Babel de Gabriel Arturo Castro

Y voy llegando al comienzo. La palabra sin nadie [Roberto Juarroz]

Al iniciar la confusión de la palabra es una puerta para salir a otros mundos, habitar y asaltar el cielo y vengar a los hombres, subir a los montes y lanzar desde allí proyectiles contra los dioses: rocas encinas, arboles inflamados.

La palabra,

puerta iluminada,

ciudad para el indigente,

todos los horizontes del verbo se hallan en posible cercanía.

La palabra,

tal vez una atrevida vestidura de piel que hiere el desecho del trigo;

la sinceridad de Dante por su viaje a los tres reinos;

la altura en la intuición derrotada de Sor Juana

o la magia de Altazor con sus nombres de gracia y ostentación;

palabra sobre una palabra imposible,

impaciencia

agitación

balbuceo

rastro de incendio perfectamente allanado,

aliento,

paso y huella de cordero,

la sangre de la aurora derramada;

la palabra tierra,

la palabra fuego hasta el presente, tan alta que desde la cima de la torre los lejanos bosques parecen un enjambre de langostas.

Rocas, encinas , arboles, aliento, cordero. Huella sangre, aurora, tierra, fuego, langostas. Langostas, fuego, tierra, aurora, sangre huella, cordero, aliento, árboles, encinas, rocas…

Palabras que perduran y se destruyen y se repiten después de Babel.

 

***

[Poema tomado del libro “Alegoría del buen escriba. Gabriel Arturo Castro. Poesía completa 1990 – 2019”. Editorial Domingo atrasado, 2023].

La imagen destacada en redes sociales de esta entrada corresponde a la portada del mismo libro, ilustración de Rafael Dussan Mejía.

Por Luz Helena Cordero Villamizar

Tengo en mis manos colecciones de poesía completa de autoras y autores colombianos que conocí hace unos treinta años, cuando recién nos atrevíamos a sacar a la luz esas líneas que teníamos engavetadas, que amasábamos en silencio, esperando el momento para aventarlas, para leerlas en voz alta por primera vez. Por entonces se iniciaba el auge de los encuentros y festivales de poesía, empezábamos a publicar en revistas y, para nuestro asombro y dicha, ya nos incluían en alguna antología poética. Con talento incipiente, o sin él, osábamos decir “soy poeta”.

Hablo en plural porque vivimos una suerte de hermandad. Además de escribir, éramos lectores y críticos de nuestros camaradas de versos, nos impulsábamos mutuamente y, aunque fuéramos tan solo aprendices, nos permitíamos opinar sobre las obras ajenas y hasta teníamos el gusto de despellejarlas. Más que un taller de poesía, lo nuestro era un ritual de lectura, un encuentro de soledades, un cambalache de afectos. Los años fueron perfilando el oficio de cada cual y, al cabo de tres décadas, como he dicho, algunos ya publican su obra completa. Entonces me pregunto: ¿En qué abrir y cerrar de ojos esto ha sido posible?

Aunque no compartí el mismo escenario con Gabriel Arturo Castro, sé que merodeaba por los mismos corredores de la Casa de Poesía Silva en donde tuvo lugar nuestro impulso, al lado de Juan Manuel Roca, María Mercedes Carranza, Jotamario Arbeláez, Henry Luque Muñoz, Miguel Méndez Camacho, por solo citar algunos nombres de quienes fueron nuestros mentores.

Todo este preludio me conduce a la Alegoría del buen escriba, la poesía completa de Gabriel Arturo Castro que recoge sus poemas de un período que inicia por la época a la que hago mención, 1990, y llega hasta 2019, año previo a la pandemia. El libro, publicado por la Editorial Domingo Atrasado del poeta y amigo Jaime Londoño, recoge cinco poemarios en los que se percibe la solidez de la obra de Castro. Al punto que, si se suprimiera el orden cronológico de los libros, no sabríamos bien cuál fue el comienzo de su oficio. Esto es lo primero que me llama la atención, a propósito de otras obras en las que se nota el proceso de maduración de la palabra poética, el cambio drástico de tono o de temáticas.

“Arquetipos arcaicos de poder” en El Áttico, del artista colombiano Rafael Dussan. Técnica mixta. Imagen disponible en internet.

Desde sus primeros libros Gabriel Arturo se siente y se oye hondo, complejo, con una vocación de escudriñar las sombras y el silencio. En sus poemas hay una lluvia de imágenes que no dan tregua, que sobrecogen, regocijan y alimentan la imaginación. Versos cargados de animales, no mitológicos, animales de todo género y especie, pues lo que importa no es su naturaleza sino el atributo que el poeta les da para expresar ese más allá de las palabras: roedores que vomitan la tierra, termitas que devoran el sol, la rana es portadora de agua dulce, la noche es «una tempestad de toros negros», «la palabra es un pájaro», «la salamandra siempre habitó en el fuego». Animales que mutan al arbitrio, a la necesidad, a la pericia y a la mística de quien les da otra vida, por obra y gracia de las palabras.

En estas páginas se respira también la exuberancia de lo vegetal, así como la vida, real y simbólica, que alberga lo mineral. Están «las hierbas flotantes de la vieja locura», hay «sal de luz», el agua es sorda y puede ser funeraria, oímos «el quejido de las paredes de madera». Y esa revelación poética de la piedra, «las piedras del ensueño», las piedras que arden, «una piedra flotante [que] reemplaza el pulmón del hombre». El poeta se desborda como ese río que pretende volver a su origen; el poeta alucina porque «en la tinta y en la letra existe el reverso del mundo» y aunque la lengua sea amarga, la palabra es verdadera. Como lo dijo Henry Luque Muñoz, en los poemas de Gabriel Arturo Castro hay «imágenes insólitas», de alquimia, de «un lenguaje que ansía devorar al lector».

No hay «palabras huecas» en esta amalgama de sensaciones, voces, develaciones, hasta llegar a la blasfemia, ese deber que tiene todo poeta de rebelarse y resistir con su palabra, que es también una forma de esperanza para quien se siente interpretado, reparado y, como lo dice Antonio Gamoneda, consolado por la poesía.

La palabra es una puerta para salir a otros mundos, habitar y asaltar el cielo y vengar a los hombres, subir a los montes y lanzar desde allí proyectiles contra los dioses: rocas, encinas, árboles inflamados.

Hay que ir con hambre por sus páginas, extraviarse y tomar el camino propio. Estas líneas tan solo pretenden sintetizar el impacto inicial. Como toda buena poesía, no es un libro para leer de un solo empujón. Conviene ir de un poema a otro, de un libro a otro, descubriendo enigmas, desvelando sentidos, tan lentamente como lo permita el goce. El encantamiento del libro inicia desde el prólogo, escrito por la poeta Lucía Estrada, quien interpreta bella y profundamente a este buen escriba.

***

Tres poemas de Gabriel Arturo Castro

22. __

Paisaje adormilado, el mediodía avanza, lento e impasible por el aire salobre y el cansancio que la humedad provoca. Los espantapájaros repiten su abrazo frente a las rocas. Al final del camino la casa, contraventanas de hierro y cerrojos.

Drástico atardecer. Mi lengua habla con mi sombra, el corazón se abalanza sobre la puerta, mi cuerpo choca con la pared, la luz se apaga.

[Días antes del tiempo, 2006] 

***

HASTA MÍ llegan las palabras fáciles,

un acento de desprecio,

las carcajadas salvajes que hieren a todos.

Risa opulenta,

un gruñido seco,

otra risa.

Gusto atroz,

la boca se llena de pólvora cuando hay miedo o murmullos

de aprobación por el estado insalvable del mundo.

[Tras los versos de Job, 2009] 

 ***

 ME RATIFICO EN LA BLASFEMIA:

Una retahíla por las fuentes desiertas.

El escriba no deja de llorar por su paraíso,

el que habla de un Dios enjaulado

y la iglesia custodiada por dos calaveras.

Todo está en el libro de los engaños,

donde el nombre exacto es la palabra sarna,

las sobras de la última cena,

sus despojos robados por las uñas y dientes

de los harapientos,

cena de cenizas, sueño del peregrino

y de quien hace señales con sus pañuelos sucios.

Y tú, Cristo, todo enlodado,

¿acaso no ves que la turba y los desmanes

de los mutilados escupe su rabia y su asco,

y duerme al pie de nuestra cama?

[Tras los versos de Job, 2009]

 

Lenguas silenciadas

Por Luz Helena Cordero Villamizar

«Lenguas silenciadas» para las que no tenemos oídos y tampoco labios, olfato, piel, conciencia. Sonidos y palabras ante los que somos ciegos, desmemoriados, fatales por ignorancia, mudos por desdén. Nuestra razón ignora la savia, apenas respira aromas empacados, frutos recién intervenidos, colores apetitosos para el mercado. Nuestros bosques y selvas son lindos en fotografías.

Me interno ahora en el Bosque desovando, el poemario de Selnich Vivas Hurtado, recientemente publicado por Sílaba, que da voz a eso que pulula, que nos rodea, nos contiene y nos puebla. A la fertilidad, a la sabiduría de plantas, animales y humanos; a la tierra y al agua, al «tejido de la vida». Quienes estuvimos en la presentación en la Feria del libro de Bogotá, logramos sentir esa «experiencia mística que brota de poéticas ancestrales». Porque este bosque que desova no es solo un libro. Es un ritual en el que Selnich es el oficiante, el médium, el traductor de esas lenguas en las que viaja la energía vital, las visiones y cantos tradicionales, la dinámica de la creación y la destrucción.

En estas imágenes y sentidos poéticos resultan absurdas las dicotomías civilización-salvajismo, cultura-naturaleza, que se establecen a partir de la imposición del poder y que legitiman tantas formas de sometimiento del otro, de lo distinto, al llamado mundo culto o civilizado. Relaciones bipolares que están presentes en La Vorágine y que exhiben la ideología vigente en el contexto histórico en el que “la novela de la selva” fue escrita. El mismo José Eustasio Rivera, autor-creador, nos presenta su mirada crítica al respecto, en algunos relatos y en el discurso de algunos personajes. Por los hechos narrados en la novela, por la explotación inmisericorde de los caucheros, por la forma de resolver los conflictos, comprendemos que la violencia y el maltrato forman parte de la «civilización» misma y que es urgente resignificar «lo salvaje».

La vorágine, esa novela nacional, tan difundida y poco conocida en profundidad, que quizá nos obligaron a leer en el colegio, cuyo centenario se celebró en la Filbo en medio de multitudes, entre tanto bombo y ruido, requiere del silencio y la soledad para volverla a leer, para ser entendida en su contemporaneidad.

Al contrario de lo que ocurre con Arturo Cova, quien habla a la selva con desesperación: «¡Oh, selva, esposa del silencio, madre de la soledad y de la neblina! ¿Qué hado maligno me dejó prisionero en tu cárcel verde?»; en contraste con quien sufre porque está a merced de los ríos, de los nativos, de los caminos oscuros que lo conducen a la nada, en la voz poética de Selnich Vivas hay comunión con la selva. En sus versos escuchamos «el conjuro del abejorro», «las lenguas silenciadas que se esconden en la piedra enmohecida» y las palabras nos conectan a la rana, a la semilla, a la ceiba. Porque

Lo que no decimos en letras
brota y florece en sembríos
de albahaca, bleo y pringamoza.

Estamos al mismo nivel del armadillo, del canasto, de la mota de algodón, de la montaña. Hay un llamado a la conciencia mediante sensaciones poéticas, pues la naturaleza no es esa extensión que nos rodea; somos parte de ella, la llevamos en nuestro ser, en lo material y en lo inmaterial. A ella retornamos porque venimos «desde el fondo de la mar». No solo somos un grano del cosmos, también lo contenemos; nuestras venas son ríos, «los vientres del cosmos proveen los tonos del afecto». ¿Sabemos que «las aves y las nubes se aparean» y que «un cometa anida en la mirada del lagarto»?

La conjugación en femenino no es gratuita. Para Selnich la voz de la vida es energía femenina. La voz se dirige a una segunda persona que es Ebuiño, la hermana de una mujer en la lengua mɨnɨka del pueblo murui-muina.

Los vientres mujeriles son retornos gozosos al inicio,
cada embarazo es el comienzo del cosmos.
Del pico de un ibis cuelgan cuatro lobulillos de oro
Y una vaina atrapada en los extremos.
El soplo no puede ceder al fuego.
Ventea entre las grietas de unos cráneos.
Unas plumas suspendidas se aman
antes de caer al agua y olvidarse.
Y hay lenguas silenciadas que se esconden
en la piedra enmohecida;
morderla no hace daño, estimula las sinapsis.

Una expresión de la cultura ha pretendido separarnos del agua y de la tierra, pero adentro llevamos el origen del mundo. Raíces, cortezas, micelios, hiedras y tatuajes en los huesos, los pies ya tienen «memoria del territorio» «y el estómago se satisface con aromas».

Para ellos el bosque trastorna;
Para nosotras, retorna.
Cárcel verde, le llaman.

Este bosque desova en cada línea, en cada página. Agradezco a Selnich Vivas esta poesía que nos conecta con el origen, con lo mínimo del todo y, además, su don para enseñarnos a percibir las lenguas silenciadas por el mal llamado “mundo del progreso”, ese que nos despoja de aquellos sentidos y significados y nos induce a ejercitar «los músculos del olvido».

Hay amaneceres invisibles a la cuantía de los créditos.
Flores de papas desconocidas en los bulevares hambrientos.
Quinuas de texturas y ríos de colores
ocultos al hombre que navega por las redes.
Venimos de la sabrosura del bosque
y en ella volveremos a germinar.
Respiramos el mismo aire de las abuelas del pleistoceno.
La que te canta entre los cepos, dijiste,
sigue trastornada por el látigo.
Recibe, Ebuiño, mi mano en la tuya.
Dancemos abrazadas a la madre del afecto.
Bajo el bosque desovando
resuena el amanecer del cosmos.
¡Despierta, no hagas esperar al misterio de tus fibras! 

***

El difunto se siembra en el mismo lugar de su placenta.
Ninguna boca letrada alcanza para tales oficios.
Ninguna, Ebuiño, habla como tus manos de huerta.
De nuevo los caucheros y su venta de siringa;
los amos esclavistas y sus goletas negreras;
las tuberías y sus pozos de petróleo.
Nosotras de repente atrapadas en el termitero.
Nos hundimos en el agua del pozo.
El ruido taladra en el lomo de las crías.
La grieta crece en el estantillo
y el oído se pasma de miedo. 

Bogotá, mayo de 2024

Epílogo. La poética del viaje

Se ha hecho del camino la metáfora de la vida; decimos que la escritura y la lectura son formas del viaje; son múltiples y muy bellas las analogías de la caminata con la experiencia poética, ese caminar con las palabras. El «alma errante» visita paisajes interiores. Imaginar es caminar y también vale su opuesto. ¿A dónde nos dirigimos cuando imaginamos? Puede ser a «un río de imágenes», puede ser a ninguna parte, que también es un lugar.

Parto de las voces de algunos poetas y de diversas experiencias como viajera para esbozar lo que llamo una “poética del viaje”. Hölderlin le da a la poesía un carácter sagrado y cree que el poeta educa mediante la belleza. Para él la poesía es la unión de lo estético y lo racional, lo lógico y lo intuitivo. Creo que de estos materiales se compone la inteligencia poética.
María Zambrano dice que la poesía da voz a todo lo que tiene necesidad de ser nombrado: el enigma, el silencio, las fuerzas cósmicas, el amor… ¿Existe algo que no requiera ser nombrado? Aunque para nombrar se requieren las palabras, ellas no son solo signos gráficos o sonidos. Son imágenes, ideas, sensaciones, olores, emociones; todo lo que nos dejan después de haberlas escuchado o leído.

Las palabras son una nuez, dice Anise Koltz, el poeta extrae su fruto y las macera entre los dientes. Un poema no se lee, afirma José Ángel Valente, «un poema se habita, con un poema se convive». Con esta idea tan bella, puedo decir también que el recorrido que hacemos, el vivir, está impregnado e inmerso en lo poético. Por eso hay una poética del viaje, por eso todos podemos viajar poéticamente.

Un desplazamiento en el espacio y en el tiempo no es solo un hecho físico. Está lleno de dimensiones interiores y está conectado con planos externos que nos determinan. El viaje tiene, por lo menos, tres momentos, y todos están atravesados por la poesía. Para que ello ocurra, no se requiere ser poeta; nos ocurre a todos, aunque no tengamos conciencia de lo poético.

Un viaje primero se sueña, se imagina, luego se planea. La planeación implica desplegar la imaginación, saber a dónde vamos, anticiparnos al recorrido, trasladarnos mentalmente a donde queremos ir, vernos allí. Y si imaginamos el viaje, ya estamos en él. No importa que nunca se realice, el viaje ya inició. La cabeza es el primer vehículo con que se viaja. La poesía es vuelo y el vuelo es poesía.

Cuando estamos en el viaje, en situación de movimiento, abrimos todas las puertas, los sentidos, nos lanzamos al recorrido, que no es solo exterior sino también interior. Ahí necesitamos la poesía para ver más allá de lo aparente, para explorar y conocer lo que parece borroso u oculto, lo que pasa desapercibido. Un rayo de luz, un olor, una atmósfera, una historia, una música que nos atraviesa, alguien o algo que surge por única vez, un callejón que conduce al misterio. Hay ojos para ver y ojos para descubrir y sentir. Vemos lo que sabemos, y conocemos más si nos dejamos sorprender; si experimentamos el asombro, ese despejar las sombras, no solo ante lo bello, también ante lo terrible. En todo esto hay poesía.

Cuando finaliza el viaje, sentimos la necesidad de contarlo para estar seguros de que fue real. A menudo el pasado se convierte en ficción y se confunde con los sueños. Relatar o escribir el viaje es recordar, volver a pasar por el corazón. En el recuerdo se activa la sensibilidad y se reinicia el viaje. Aquí la poesía toma nuevamente su lugar mediante la imaginación, mediante las palabras. El relato revive la experiencia, la convierte en algo vívido y permite que quien escucha o lee haga su propio viaje. Además, al escribirlo, el viaje se reinventa y, por qué no, se modifica, se completa. Eso también es poesía.

En estas crónicas viven esos tres momentos. Pero la poética del viaje no acaba en la escritura sino que continúa en los lectores. Cada uno, cada una, al leer despliega su sensibilidad, su inteligencia, su imaginación, su experiencia. Agrega algo, modifica, sueña, hace su propio vuelo. Y, siguiendo la idea de Valente, un libro sobre viajes no se lee, se viaja.

Minicuentos autores universales 19

Minicuentos para arrullar gigantes 

 Episodio 19

  Voz: Luz Helena Cordero Villamizar 

  Edición: Efrén Piña Rivera

  Imagen: “Botella voladora”, 2006, acrílico sobre lienzo, 80 x 120 cm. del artista de origen ruso Serguéi Tyukanov (Poronaisk – Sakhalin). Disponible en la web https: //artgalaxie.com/

ÍTALO CALVINO (Santiago de las Vegas, La Habana, 1923-Siena, 1985)
Autor fundamental, no solo por sus obras sino por sus reflexiones filosóficas, políticas y sobre el quehacer literario. Sus novelas y cuentos reflejan su tránsito de la escritura neorrealista a la fantástica. Calvino piensa que el cuento fantástico expresa la interioridad individual y la simbología colectiva. Por eso le apuesta a la levedad: «Mi operación ha consistido en sustraer peso; he tratado de quitar peso a las figuras humanas, a los cuerpos celestes, a las ciudades; he tratado sobre todo de quitar peso a la estructura del relato y al lenguaje».