Óyeme con los ojos.

Poemas. Trilce Editores, Bogotá, 1996

Contenido

[Epígrafe]

Óyeme con los ojos,
ya que están tan distantes los oídos,
y de ausentes enojos
en ecos de mi pluma mis gemidos;
y ya que a ti no llega mi voz ruda,
óyeme sordo, pues me quejo muda.

SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

  Primera parte

Yo, la peor de todas
Sor Juana Inés, la de la cruz en la falda,
la cárcel en el pecho y las caderas ocultas.
Cómo bordaba palabras en el cielo.
Nunca gozó el amor pero jugó con él en los altares,
le inventó tantos nombres como rostros,
le descubrió garras, abismos, infierno.
Escribió el amor, que es como desarmarlo,
Como desatarle los nudos ciegos,
los remolinos que nacen en el fondo.
Escribir el amor y después dejarlo ir ya sin cuerpo, vacío,
como una armadura sin alma en medio de la guerra,
como una guerra sin odio.
Sor Juana, aventurera de la iglesia,
atada a su tiempo como una premonición,
incrédula de sí, insomne en el convento,
persiguiendo a su alma que ya no puede más,
que se rebela.
Sin tocar el amor, amó sin tregua.
Con tanto vuelo en la pluma
estaba llena de pájaros su frente.
Sor Juana Inés,
después de usted no queda nada que decir.
Todo lo demás es un énfasis.
Después de usted
el amor no guarda ya misterios.

 

Memoria de la sangre
Las manos del abuelo, gigantes negros,
pájaros cansados que me indican el camino,
que me llevan eternamente a la esquina
donde me espera una pregunta,
una ronda de niños ciegos, oscuros.
Sus dedos, barrotes firmes que atan mis venas,
les provocan un picoteo tibio.
Cómo olvidar,
cómo negar que hay memoria en la sangre.
Nos separaba un siglo de palabras,
pero el abuelo y yo sabíamos
lo que saben los viejos y los niños:
que mañana es solo una costumbre,
una forma de aplazar la vida.
Perdí su voz, no su silencio.
No su costumbre de calentar palomas
hasta dejarlas morir junto a su pecho.
Aún los pasos suenan en la acera,
como anunciando el mundo seguro de sus piernas.
No atravieses la esquina
no te sueltes de la mano del abuelo.
Vendrá un loco, un huracán de sombras a robarte.
Pero el abuelo se fue pronto,
creció el miedo en el centro de la calle.
No era precisa la amenaza.
Era suficiente con saber que tarde o temprano
algo siniestro vendría a robarme la mano del abuelo.

 

Happy birthday
Nací a esta hora,
en este día,
años atrás.
Me pregunto
qué soñaba mi madre,
cuánto dolor fui en su sangre,
qué profunda raíz robé a su corazón.
Mi madre, niña cansada, no vencida.
Hoy, a esta hora,
abre su jaula y echa a volar los pájaros.
Ya los sabe para siempre perdidos,
para siempre olvidados,
sus pájaros,
todos los sueños que no fui.

  

Cuando abres tu casa
Cuando abres tu casa
los amigos entran, escarban,
dejan sus cenizas, sus migas,
la risa en las paredes como una araña.
En el piso la sombra bailando, la goma de los días.
Sus palabras son animales muertos que barres.
Si se marchan,
la casa es una boca de lobo
y quieres huir de sus dientes, del insomnio,
de ti mismo.
Pero con frecuencia los amigos regresan.
Vienen buscando un olor perdido, una moneda antigua,
el hueco de su cuerpo en la silla,
la música que olvidaron.
Entonces,
ya nadie sabe dónde comienza el vacío,
si es mejor estar antes o después de la puerta,
si la luna entra o sale de la casa.

 

Extraña condición
Imagino presencias flotando,
cuerpos que arrastras a la orilla
que no quieres sumergir
por temor a llenarte de muertos.
En medio del abismo que te contiene,
sueño con ser la mano de la mujer
que ata las aguas,
la sombra de su risa
como una campana en el insomnio,
el centro de su anillo.
Ser el olor que nunca lavas,
ese pedazo de nube que se enreda en tu cabeza
y se interpone entre el cansancio
y la ruta de un pájaro.
Cálido y turbio me desafías,
arrastras mis pies,
mientras yo lucho por no ser tu ahogada próxima
sino la tierra que te inunda.
Me lanzo, me abro paso entre los cuerpos
y me estrello con tus ojos
en la oscuridad de la razón.
Para cantar bajo los despojos
tardaré un poco más en morir.
Qué extraña condición esta, querer labrarme en ti
y saber que el agua no admite ninguna huella.

 

Poema en pasado
Tuvimos muchos árboles,
grandes canastos amarillos, rojos o violetas
según el color de nuestras frutas.
Docenas de conejos como algodón rodante,
noches de estrellas regaladas,
estrellas que guardábamos en los ojos
y desaparecían en el cielo siguiente.
Pasábamos tardes enteras
cazando palomas en las cestas del pan,
para sentir su temblor en las manos,
el cuerpo casi gaseoso,
para besarlas antes del vuelo.
Repetimos el culto a los muertos
llorando por las libélulas.
Llenamos de flores las tumbas de los gatos
y esperamos su resurrección.
Inventábamos historias de amor
con trazos ocultos,
y a veces la risa, como una guerra,
lo rompía todo.
Tuvimos largos días,
flores disecadas en el pelo,
barcos llenos de tesoros,
flautas, trajes de príncipes,
conchas de música,
la amenaza lejana de crecer.
Cansados de tener, quisimos inventar un juego
en el que todo lo perdíamos.
Vino el mar y se llevó lo que era suyo.
Vino el cielo, la tierra, el viento
y cada uno cargó con lo robado.
Luego llegó el tiempo y no hubo regreso.
Y aquí estamos,
aún tratando de saber cuál fue el juego,
cuál la realidad.

Para Eduardo, mi corazón gemelo

Agua
No hay más que agua en el mundo.
Rugido o caricia,
el miedo del niño en la ola,
sus pies volando hacia la orilla,
las lágrimas presas en un castillo
con brujas de arena.
El agua roja que se agolpa en el costado
cuando suena una voz,
la que parece azul y no lo es.
No hay más que agua entre cielo y terror.
El temblor de la red,
afuera la euforia, adentro la desesperación.
Los ojos de agua de los enamorados
tejiendo sus dedos en la playa,
los cuerpos anudados para que no pase el mal,
para que no se quede.
El pez ciego se desliza en la red
y avanza entre mis piernas.
Podría detenerlo,
pero anuncio su muerte con un grito.
Al final, el escándalo de los bañistas,
y como un trofeo triste,
su cabeza rota entre mis manos.

 

Cartomancia
La carta de la muerte
asoma su guadaña,
se impone sobre las otras cartas.
La mujer iba por la del amor.
Un aullido apaga su canto.
En qué esquina del cuarto
se esconde la mano invisible
que dispuso el juego sobre la mesa.
En ese vaso de agua a medio tomar
agoniza un pez transparente.
La ceniza oscurece el agua
y en el humo viaja un deseo
nunca revelado.
Toda la esperanza del mundo
estaba en esas cartas.
Ella se dispone a cambiar su destino:
va a morirse de amor.

 

Desesperanza
No hay nada, amor.
Nada contra esta sombra
que crece en la ventana.
Nunca se olvida demasiado.
Sólo lo suficiente
para seguir viviendo.

 

El péndulo
En el centro del péndulo
mora la quietud.
Silencio de quien ya no puede decir nada,
la imposibilidad del viaje,
el nudo ciego del viento.
En los dos polos la intolerancia,
el agujero en el pecho del ave,
el hábito de plomo que viste al penitente.
En su recorrido
el vacío, alma de almas,
única posibilidad de movimiento.
Y en el péndulo,
un corazón perdido para siempre.

 

Lázaro
Nadie se llama Lázaro.
Quién podría resistir el sonido crujiente,
el sueño momentáneo de estar vivo,
el peso de tanto desgano entre los huesos.
Quién estaría dispuesto a salir a la plaza
para contar lo que nadie quiere oír.
Dónde está la espada que pueda fulminar la conciencia
Dónde los ojos que miren la otra cara del espejo.
Nadie se llama Lázaro.
Cómo nacer sabiendo tantas cosas.
Después de ser un soplo, cómo ser piedra.
Cómo sacudirse las entrañas
para no albergar más esperanza.
Nadie puede llamarse Lázaro
porque Lázaro somos todos cuando ponemos trampas
a la muerte.
No fue suficiente un solo hombre resurrecto,
ni el horror de sus ojos, color de fango,
para aprender que no habrá otra oportunidad
que la única ya es, ya pasó.

 

Creación
El niño hace su castillo en la arena.
Se cuida de levantarlo muy cerca
y muy lejos del mar.
Entre los muros salidos de sus manos,
hondos túneles para que trabajen los esclavos,
salones de espejos donde se define un reino,
jardines en los que llora un príncipe,
mazmorras para los traidores
y para quienes purgan una pena de amor.
La historia crece a la deriva del niño,
ejércitos invencibles se agolpan en su boca
y cantan el odio.
De repente un beso en algún corredor,
una princesa liberada,
el gesto dulce
y las manos hábiles inauguran el baile.
Hay música en la playa.
El barro ha dejado de ser barro,
el niño saldrá corriendo
y como Dios
nunca sabrá la magnitud de su juego.

 

Noche ciega
Dos en una cama
que miran cada uno hacia el punto
donde la mirada rebota.
Da vueltas la pupila en una tómbola sin suerte.
Se persigue el sueño, se persigue
como a un gato que cruza un segundo de silencio
y su paso es ya un recuerdo, un pudo ser.
Pasa el trineo del diablo.
La soberbia de dos que en una cama
aprenden el cuidado de no rozarse,
de no tropezar en el camino
con un trozo de pelo, con un hueso,
con otro aliento entre los labios.
Hay mucho cuidado en el camino de las sábanas.
Es preferible no dormir
pues los brazos ciegos traicionan,
buscan su lazarillo y olvidan no abrazar.
Esa costumbre de viajar en las noches
atándose piernas y brazos extraños,
esa incapacidad de querer un poco menos,
de no poder atrapar al gato que huye
con sólo cerrar los ojos.
El miedo a despertar gritando,
a pedir amparo, a no encontrarlo.
Ese pecado único, imperdonable,
de dos en una cama
que ya no pueden decir nada,
como no sea el rencor.
Y mañana amanecen de espaldas,
con sangre en las manos,
entre ellos el amor
como un hijo muerto.

 

El único fantasma
Para no dejarnos solos
aparecieron dioses y demonios
reflejo perfecto de los dos rincones
que forman el corazón.
Hubo duendes acechando en los solares
a las niñas que volvían de la iglesia,
brujas celosas que pintaban sus labios en el río
para enloquecer al novio enamorado.
La llorona taconeaba en las calles
acompañada por una corte de perros.
Quien la oía no olvidaba sus alaridos,
era un eterno cautivo de sus cadenas.
La oscuridad estaba poblada de ánimas que huyeron.
El fantasma se burla de sí mismo.
Ya no hay, en mitad de la noche,
una mano venida del pasado
que te crispe, que destienda la sábana.
Estamos solos bajo el techo del mundo.
No hay dioses ni demonios
que hagan planes con mi alma.
El único espanto sale de nuestros ojos.
Solo hay multitudes que atraviesan los días,
ruido, más ruido,
puñales con manos sin misterio,
ventanas enrejadas,
y, para consuelo de todos,
de vez en cuando un loco que grita.
No hay otra salida.
En el balcón imaginario que abro,
como la boca de la noche,
espero al único fantasma que todavía nos hace temblar.
Cada vez que se acerca le ofrezco mi cuello,
siento que sus colmillos salpican mi vestido.
Lo llaman amor y es el ángel terrible,
el que no puede optar
entre el cielo y el infierno.

 

Ausencias y peldaños

Para ti, que me consientes
desde siempre

Este hombre me invita a la casa que no tiene.
Aparece de pronto, pastoreando bandadas de imposibles,
sueña la creación del mundo en una noche
y vuelve a inventar mi cuerpo,
a moldear un nombre entre el caos y las sombras.
Hay una brújula loca que nos ata.
Este hombre repite un poema
como un cuchillo en la mitad del día.
Tiene anzuelos en los ojos.
No hay paredes posibles en mi casa,
entra sin llamar
y toma por asalto la escalera
como un río loco y solo.
De nada valen las escobas tras las puertas,
las oraciones de mamá,
los animales huyen espantados,
el eclipse no es privilegio de los astros.
Este hombre, con su nido de pájaros, se irá.
El rompecabezas del mundo en su maleta.
No quiero entender nada.
Dime por qué la costumbre
de meternos los unos en los otros.
Te irás y me dolerán todas las esquinas.
Yo, una ciudad perdida en tu equipaje,
el aleteo entre los labios,
un peldaño más,
otra ausencia con ojos en tu cuerpo.

 

Sara Ellen Morris
Sara Ellen Morris,
muerta en 1913 en un hospital de Perú,
paro fulminante del corazón.
Una casa siempre cerrada con diez cuartos,
cuatro perros, cinco lágrimas de una vieja criada.
Los trajes de baile como interrogantes,
aves disecadas en su armario.
Todos los espejos contemplaron su mutación de mariposa,
su vuelo en las madrugadas,
los labios transparentes,
heridos al filo de un amor imposible.
Sus trenzas azules
destejidas por manos extrañas,
tejidas nuevamente con el sol,
las trenzas cayendo a manotazos en la tina.
Sara Ellen Morris,
su lengua siempre en lucha
con las palabras persistentes de un idioma lejano,
como el eco en un túnel.
A veces sus ojos en la ventana tiñéndolo todo,
la sonrisa innombrable,
su único lenguaje inteligible.
Quien la vio ya no pudo olvidarla.
Las mujeres hablaban de aullidos
y estertores en las noches.
Pero el día la hallaba en silencio,
deslizándose, lenta como una torre,
los senos desbordados en el traje.
En las tardes un piano contaba de sus dedos
y los hombres se estremecían.
De qué lado de la pared,
en qué rincón soñaba,
cuál era el color de sus mantas,
para quién ponía fragancias en su cuello.
Sara Ellen Morris,
Ochenta años después
Su tumba ha sido profanada con estacas y cruces.
El fantasma de su resurrección
recorre las calles y viaja hasta Inglaterra
donde ya nadie puede recordarla.
No pasa en vano una mujer con un amante oscuro.
En la noche de los conjuros
los restos de Sara Ellen no están,
vuelan como perfume, llegan a mi ventana.
Aspiro largamente el aire en que viaja su corazón
para que habite en mi pecho.
Antes que los puñales atraviesen su muerte,
un siglo después de perder la esperanza,
debe saber que todavía el amor es posible.

 

Pájaros
Todos sabemos del pájaro. Lo entendemos cantando.
Llevando a cabo el deseo de ser un pedazo de primavera.
Una estrella diminuta que asoma entre los árboles.
Lo imaginamos tibio, casi etéreo entre las manos,
salvaje en su inocencia de cristal colorido.
Encanta el pájaro en la anchura de la página,
en la punta de las estrellas electromagnéticas,
inoportuno en la corola del campanario.
Todos saben que basta pronunciar su nombre
para que vuele la línea del poema
o despeguen las alas de los ojos.
Pero no basta con su vuelo a ras del deseo.
Hace falta que el pájaro deje de ser el arlequín,
la palabra que reemplaza el sueño, la metáfora perfecta.
Es preciso entender que los cazadores también sueñan
mientras devoran un bocado de alas,
que el corazón también se alimenta de patos y semillas
y que los dinosaurios perecieron por cazar estrellas.
Tal vez si invertimos el mundo,
hallemos un pájaro que daría todos sus colores
por ser un hombre.

  

  Segunda parte

Cuento para adultos
El viejo Gepetto tenía madera y fuego
y pensó en arder
para exorcizar la soledad.
Tenía clavos y dedos,
quiso construir una cruz a su medida
o un cajón con ventanas diminutas
por donde entraran las raíces
a beber en sus ojos.
Pero pudo más el deseo que sus fantasmas
y una noche, en un acto de amor,
sus manos astilladas modelaron un hijo.
Cuentan que el secreto no estuvo en el uso del martillo
sino en acariciar los duendes que duermen
en el corazón de los árboles.
Todos alguna vez soñamos
con la suerte de Pinocho:
ser armados pieza a pieza
por unas manos testarudas,
perseverantes en el oficio de modelarnos
a la medida de los sueños
sobre una mesa con olor a humo y a macetas.
Qué distinto a nacer
en el mismo sitio donde se tiende la muerte,
entre el deseo cansado
y los alaridos del error.

 

Las armas
Muchos se arman para la guerra.
Es necesario.
Otros se arman para el mundo.
Es preciso.
Algunos se arman para la muerte.
Es natural.
Tú te armas para el amor
y estás tan indefenso
para la guerra,
para el mundo,
para la muerte.

 

Duelo divino
Cuando el primer hombre,
rabioso de frío
entabló un duelo con el sol,
de sus manos brotaron lágrimas
amarillas y rojas
que le cocieron la piel
hasta dejarla en el punto exacto
donde prenden las caricias.

 

Alguien
Alguien se ha prendido fuego
contaminando de rabia
el aire metálico de las calles.
Alguien con entrañas de globo
se elevó sobre la alambrada
para exigir un lugar en el cielo.
El fuego le puso alas
y el odio goteaba infinito.
Alguien que nunca conocí,
ungido con todos los sacramentos,
ha bautizado con aceite rojo
el infierno del mundo.
Algún día volverá convertido en cometa,
arrastrando en su cola
la cabeza de Dios.

 

La anémona
Insaciable,
en cada falsa hoja
esconde una boca
para engullir el mar.
Voraz,
inventora de trampas pegajosas,
atada a la tierra
como una tumba viva,
moviendo sus manos de anzuelos.
Solitaria
y por eso ávida criatura.
Se diferencia de algunos humanos
en que no tiene ojos.
Tal vez si los tuviera
solo le servirían para llorar.

 

Los moluscos
Los moluscos
cuentan su historia húmeda,
saben la canción del barro
y a cada paso la repiten.
No tienen prisa
porque conocen de memoria su destino.
Algunos, como el caracol,
le robaron un trozo de roca al mar,
cargan con ella para no olvidarse nunca de su origen.
Los humanos tenemos prisa
porque nada sabemos,
usamos los días para aprenderlo todo
y lo mejor que aprendemos
es la magia negra del olvido.

 

Eclipse
No mires el eclipse
no sea que la araña de la noche
teja en tus ojos
nidos de mariposas negras.
Acuéstate con los pájaros,
cree como ellos en el reinado de las sombras.
Y no trates de entender el eclipse,
usa solo las gafas del asombro.
Ya habrá tiempo para que los sabios
te vuelvan ascuas todos los misterios.
Después de todo,
el universo insiste en demostrarnos
que es posible tapar el sol con un dedo.

 

Definición
El corazón, bocado negro
que Adán se arrepintió de tragar
y nos quedó para siempre
atorado en el pecho.

 

Moraleja tardía
Lo peor de la lechera
no fue su caída
ni la canción rota
de su cántaro en la tierra.
Lo peor fue
tardar tanto para entender
que entre los amados guijarros
y el precioso líquido,
lo único que tenía valor
eran sus sueños.

 

La bruja
Cuando la bruja llegue
con sus patines de aire,
con su abanico de dientes
acechándome las sábanas;
cuando se acerquen
sus cabellos de maíz
desparramados sobre la cama
y descubra en los poros
la sonrisa de mi piel;
cuando la bruja llegue
con sus diez espadas
y comience a escarbarme
buscándome la vergüenza,
afortunadamente para entonces
ya la habré perdido.

 

Manos
A veces las manos se me caen,
se desgajan como hojas,
se deslizan entre olvidos y ropas,
les nacen grietas por donde pierden las ganas,
por donde lloran como niñas mimadas
o como ancianas solas.
Antes, mis manos y yo,
solíamos tener discusiones
pero ya no les hago caso:
se empeñan en convencerme
de que vivir no equivale a hacer cosas.
Les recuerdo que trabajan para mí,
que existen gracias a mí.
Pero entonces se ríen por sus grietas
y yo sé del dolor de su risa.
Ellas son tercas, como yo.
Con terror me pregunto
qué pasará el día en que mis manos
dejen de vivir por mí.

 

Acertijo
Antes
el miedo tenía muchos rostros
que me aterraban
porque en todos lo reconocía.
Ahora
Lo que me aterra
es que ya no lo reconozco
porque los tiene todos.

 

Inquisición
La hoguera tendió sus tentáculos
quebrando la leña roja,
haciendo un nudo de brazos
sobre los ojos inmensos del absurdo.
Hizo estallar los senos
en una lluvia de semillas blancas,
devoró los muslos anchos del placer
y creció encendida de lujuria.
Luego, las cenizas fueron una catedral.
Algunas mujeres lo contemplaron todo
y con terror odiaron su cuerpo,
otras lo ofrecieron como sacrificio.
Pero las brujas decidimos consagrarlo al amor
como una afrenta para los asesinos.

 

Cuando conocí el miedo
Cuando conocí el miedo
Tenía el cuerpo largo y negro,
sus ojos ardían en el humo de la noche
y amenazaba con robarme en cualquier esquina.
Por momentos tenía cola y pasos de perro,
se bañaba en la misma pila
en la que yo esperaba impaciente
la visita de algún barco de Liliput.
A veces se metía por la piel,
oculto en las uñas de mamá,
o me descubría bajo la cama
escapando de la voz de mi padre.
Cuando saltaba a mi cuello
su abrazo tenía el peso de un gato.
Alguna vez salió de la lluvia
y después me espantaron sus barbas
dentro de un canasto de mercado.
Él solía tener todos los colores
y cualquiera de ellos podía negar la eternidad.
Cuando conocí el miedo,
se enamoró de mí
y empecé a perseguirlo
como solo se persigue lo más temido.
Todavía no sé por qué
pero mi historia comienza
Cuando conocí el miedo.

 

Ejercicio nocturno
Busco otra vez mi trinchera de algodón,
el escenario mágico en el que es posible
convertir horas en palomas,
allí donde hablar es un ejercicio de silencio
y el dolor tiene la profundidad
de un corazón de mariposa.
Vuelvo sobre mis huellas
a buscar como cualquier pájaro
una cuna que me sostenga,
y me recojo como un vampiro
a lamerme las heridas,
a enfrentarme con esos ejércitos
que me visitan
cuando todos creen que duermo.

 

Antes del recuerdo
Ella aprendió a caminar huyendo de la muerte.
Traía su mano dentro de otra mano grande
que pronto la desposaría con el aire.
El camino era demasiado adulto para sus pies como gorriones.
En cada centímetro avanzado
le salían al paso sombras azules, presentimientos.
Muy aprisa era conducida al lugar
donde el azar se inventa.
No le contaron nada
pues no tenía la edad de las preguntas,
y bajo el pelo sus dos caracolas
acunaban el susurro del miedo.
No le dijeron nada.
Solo supo que el molusco de su boca
debía borrar la huella de la primera palabra.
Nadie se fijó en su pequeña sonrisa deshabitada.
Ella traía en la otra mano
el biberón roto de un muñeco imaginado,
sin poder presentir que mucho tiempo después
ese muñeco sería mío.
De esta forma simple fue abandonada mi madre
y yo quise nacer para encontrarla.

 

La rosa
La rosa
teme abrir su piel de labios
y dejar su corazón a la intemperie
pero tampoco se resigna a morir.
Yo sufro con ella,
por su indecisión.

 

Retrato de mujer I
Entonces ella le trajo crisantemos
y una vasija colmada de miel
que le dejó en el armario
para las noches de frío o de amarga espera.
Puso en las paredes
pequeños recortes de pájaros y mares lejanos
al lado de frases leídas en cualquier libro viejo.
En la madera del piso buscaba las grietas con polvo,
brilló los espejos con su bufanda roja,
puso entre sus libros algún papel
con garabatos azules que él reconocería,
le trajo su cortina para taparle el sol,
extravió entre su ropa alguna prenda suya
cosida con piel de mariposa,
la casa tuvo la música de sus tacones,
le dejó su olor entre las colchas
y alguna lágrima seca entre los algodones.
Todo lo hizo en silencio.
Por eso él nunca notó su presencia.

 

Retrato de mujer II
Ella dice la palabra guerra
y al decirla
empuña sus manos en las que brillan
diez puntas transparentes
listas a estrellarse contra el adversario.
Sacude los hombros
y dos delicadas montañas se preparan
para el cataclismo.
Golpea la mesa con su falda
y se adivinan sus caderas rabiosas.
Ella frunce el ceño,
aprisiona las pestañas,
endurece sus labios,
mientras afuera la espera el enemigo
de hermoso cuerpo macizo,
la bandera blanca de su piel desnuda
galopa al acecho,
erguida su antorcha
para cuando ella le pida
que le incendie todas las trincheras.

 

Él
Él ganó todas las batallas.
Su pelea fue cuerpo a cuerpo
con armaduras y sin ellas.
Se armó con flechas,
pudo crear espadas,
hizo alianzas con el veneno,
logró esculpir el fuego,
supo afilar las palabras
y blandir los libros.
Él murió tantas veces
y fue vencedor al alba de otro día.
La guerra es larga
y viene tan cansado.
Él ganó todas las batallas, menos una,
menos una con rostro de mujer.

 

Ayer
Ayer asistimos al encuentro de los cuerpos.
Visitaste los abismos
que obsesivamente con vestidos cubro.
Pero después sentí un odio momentáneo,
como de tierra arrasada,
como de humo al final de la batalla.
Era el amor quien guerreaba
y yo me encontré de pronto
tirada en el camino.

 

Retrato de una niña
Una niña lleva del pelo a su muñeca,
va paseándola a rastras por la calle.
Con muecas de madre le arranca los brazos,
separa el cuerpo de los ojos,
que se abren y cierran en el aire.
Una niña ondea su cola de caballo
y bajo el pecho de goma
escarba el sitio del corazón.
Pero allí solo se encuentra con el suyo,
almeja desnuda que palpita.
La niña de la muñeca muerta, llora.
No sabe que asiste
al nacimiento del amor.

 

Web: Luz Helena Cordero Villamizar luzhelena@porartedepalabras.com 

          Efrén Piña Rivera efren@porartedepalabras.com