Por arte de palabras

Poesía. Universidad Externado de Colombia. Bogotá, 2009

Contenido

Jardín de manos
Una mano reemplaza una palabra,
dibuja una pregunta en el vacío,
suprime el pensamiento,
simula un vuelo en la oscuridad,
va y viene sin dios ni amo,
no sabe lo que quiere
pero siempre lo encuentra.
Las manos tienen los ojos anchos
y los labios dispuestos
para contar su desparpajo.
Suelen deambular en las noches
como gatos hambrientos,
ninfas desnudas en la acera del cuerpo.
Una mano se posa en otra mano
y se funda una medusa de silencio.
Suele morir de frío si está sola,
es su mayor miseria.
Las manos se resisten a matar los cuerpos.
Cuando van a la guerra se persignan,
caen a tierra como flores marchitas.
Alguien prepara un jardín de manos
para adornar la tumba de Dios.

 

Durmiente
Un hombre dormido en el parque
mientras los carros lo cubren con humo,
la ciudad camina por su lado sin verlo,
los perros husmean su olor anodino
y prosiguen con desgano,
el sol y el frío pasan de largo,
nada dicen sus brazos abarcando la tierra que lo acuna,
nada sus pies, inútil extremo del sueño.
Un hombre dormido en el césped
es un insulto al trabajo, a la prisa,
a la reputación de los bancos,
una burla a las obligaciones,
a la estadística, a los ascensores,
a los estantes de las notarías.
Dónde habrá ido tan lejos,
abandonó su cuerpo aquí
y no ha vuelto a recogerlo.
Fiel estandarte del ocio.
Un hombre dormido en el parque,
tan ajeno, tan piedra, tan bello.

 

Cotidiana
Pasa una ambulancia en busca de un herido,
da vueltas el sonido rojo
ávido de golpes, de caídas,
buitre que ruega al cielo su alimento.
Todos nos revisamos el cuerpo
no sea que exista un agujero
y por ahí se nos escapen las ganas de movernos,
de empujar los zapatos.
Alguien ha visto pasar nuestro nombre
en el desfile de los rezos.
Es posible que ya estemos muertos
y sigamos erguidos como troncos
que engañan a los pájaros.

 

Arte sin poética
Hay cosas ajenas a la poesía:
los estantes de los supermercados,
el atoro de un centro comercial,
la avenida más escandalosa,
el insomnio estéril, sin ojos,
una tontería que teje los instantes,
las esquinas sin amantes,
el árbol que nadie ve,
la pregunta circular que va y viene,
yo misma ante la ficción del espejo
que manipulo a mis anchas;
todas las ventanas clausuradas
sin que alguien las redima,
un perro asesinado diez veces
por anónimas sombras que ruedan,
la culpa que alimentas cada noche
por hacer lo que quieres
cuando todo obliga al sacrificio,
la prisa y el corazón que no saben llegar
al sitio de su incendio,
el color amarillo de la melancolía,
una mano sola como un arma siniestra,
la palabra aburrimiento, tan larga
que no cabe en la línea del poema;
la soledad, si nada la contiene,
tu rostro, si no lo habito,
los números, si nadie los repasa,
tanta noche quebrada en la cabeza.
Hay cosas ajenas a la poesía
si no hay alguien que las nombre.

 

Nadie
No hay nadie en esta casa, nadie.
Pasa de largo la mañana, cojea la tarde,
se planta la noche sin que se mueva la puerta,
se corran las cortinas
o un ruido ofenda el sueño del vecino.
No es posible que haya alguien
si parpadean las sombras,
la música enmudece,
el pez repite su cotidiana prehistoria.
No hay nadie. La voz no brota como el agua,
se insiste en las palabras y no llegan.
Hay un hueco en el centro de la casa.
Alguien ha puesto un cartel que dice
No quiero nada con el mundo.
No hay nadie en esta casa. Nadie.
Me he condenado, estoy presa,
me doy de comer casi con odio, con desgana
y no estaré cuando alguien venga a liberarme.

 

Vacío
Estoy al borde de un vacío que sueño
de manera insistente, morbosa.
Los huesos tienen angustia de romperse la cabeza,
la piel es una niña timorata.
Necesito que alguien me libre de ese sueño
en el que estoy a punto de caer,
de hacer trizas la duda que me colma.
En el lecho mi mano tantea,
busca la presencia en que ha de apoyarse.
Tiene tantos ojos esta mano
que no sé cómo aguanta las ganas de llorar.
Busca, averigua en la oscuridad
y de pronto tropieza con el hueco de tu cuerpo.
Entonces caigo aparatosamente,
sin remordimientos.

 

Revelación
Y si no comía nada
era porque me alimentaba de mayúsculas,
de colores que saltaban en la calle,
de historias que contaban mis juguetes,
de la goma del corozo y el tacto de la arena,
de una lluvia de gatos en el patio,
el árbol del pan
y su olor creciendo dentro de mi boca.
Me nutría la sustancia de la risa,
la carne del limón,
las tardes sobre el techo,
la imagen del conejo o del duende,
el frágil amparo del abuelo.
Si no comía nada
era porque en la casa habitaba un lobo imposible
que devoraba mis dedos
y me dejaba tan sólo pedazos
que yo chupaba con angustia;
y si no comía nada
era porque no tenía manos,
porque tenía hambre de aire
y sobre todo
miedo de crecer.

 

Recomendación
Lo conozco desde hace un tiempo,
vive en cierto lugar,
no sé muy bien con qué sueña,
sólo que está cansado de insistir,
de jurar que es decente;
le duelen las palabras y el recelo,
tiene compasión de las palomas
y le da su ropa al hombre
que lo sigue en las noches
y de vez en cuando lo apuñala
con sus ojos de hielo;
conozco su angustia,
su manera de alisar siempre el mismo vestido,
de tragar el hambre con decoro.
Sé que está dispuesto a morir
antes que arrastrarse frente a usted;
por supuesto que yo lo recomiendo
aunque resulta infame
recomendar un hombre
para que lo utilicen como bestia.

 

También sucede

Sucede que me canso de ser hombre…
PABLO NERUDA

Sucede que me canso de ser mujer
ojal en el abrigo del tiempo
canoa en que viajan los deseos
aro en la oreja de la tierra
flor transitoria en la memoria
ola que amenaza y cae como niña
lengua que salpica la conciencia
mano ahíta de silencios
cuerpo sin énfasis en ángulos
jarra responsable del agua
del hambre que gotea en las ventanas
donde hay niños repentinos
y hombres con rostros elocuentes.
Sucede que no estoy cuando me buscan
ardo los anaqueles si es preciso
y para huir también uso silencios.
Rueda la confusión en las paredes.
Quisiera lavar las culpas de los muertos.
Soy esa palabra que no acaba de salir
y se resbala por los dedos
como una miel metafísica.
Sucede que me canso de ser mujer
jardín de adjetivos
menuda
tierna
quebradiza
con la única fuerza que llevo
con el único encargo que tengo
de sostener el mundo.

 

Jardín negro
Hay una música que brota del jardín,
el jardín en que crece tu confusión.
Tocas las flores con la prisa de tus manos
desnudas, atrapadas en caricias que le robas
a la gente que no usa las caricias,
al tiempo que no tienes,
a la indecencia de hallarnos
cuando todo está hecho para el desencuentro.
Has visto la noche tantas veces
pero esta se te antoja infinita,
la envuelves en tus brazos,
la peinas con tus dedos juguetes.
Ella quiere el alma de tu boca.
Hay un sitio en que rodamos
para enredar finales y comienzos,
porque no es fácil entender
ni decir ni explicar
ni deshacer el nudo en la garganta,
la sinuosa raíz del corazón.
Vas y vienes por el negro jardín,
arrancas una a una las flores de la duda
y me las ofreces con inocencia,
como si me faltaran,
como si yo tuviera manos
que pudieran sostener
algo más que palabras.

 

Caballo
Qué trae este caballo entre los ojos
Qué fuerza lo cabalga
De dónde es el barro y la hierba de sus cascos
A qué huele el aire que lo inquieta
A qué sabe su baba
Cuáles voces provocaron su estampida
Qué color mancha su crin
Dónde está su jinete
Demasiadas preguntas para un animal
hecho de praderas y de viento
con su esqueleto de piedras y de ríos remotos
que tiene el encargo de amasar la tierra
y el tozudo sueño de volar
el deber único de ser
de portar esa belleza enorme
Tantas preguntas que enredan mis manos
mientras acarician la pelambre
de este caballo que llega hasta mi cuarto
en busca de ficción.

 

Mi mano o yo
No estás
pero mi mano te toca,
terca en su costumbre de liquen,
es ciega y no cree en tu ausencia.
Antes que persuadirla de su acto fallido
quiero que me ayude a sentirte.
Ella sabe leer mejor la oscuridad.
Mi mano o yo
¿quién calca mejor la silueta de tu falta?

 

Obrapalabra
Y si tan solo las palabras fueran palomas de maíz
que desaparecen en los labios
dejándonos su sal invisible,
su imposible regreso.
Si tan solo pudieran ser
pretendida caricia,
vuelo apenas de la lengua,
sonido que juega formas y matices,
contacto del aire con la idea,
toque del ángel, tañido interior,
ruta, puerto, libertad.
Y si puede haber mundo
donde están las palabras
y si en las letras de rosa está la rosa,
entonces
toma todo lo dicho por hecho
y construye el mundo
con la materia de tus labios.

 

Los quedados
Cobardía o torpeza
o simplemente desgana de partir,
trabados a las paredes y los muebles,
pesada la marcha hacia el olvido,
solos o estropeados de tanta compañía,
siempre mirando por la ventana
a los que se alejan,
incapaces de encender la cerilla
para desalojar el letargo,
tercos en sus juicios, necesarios,
sin ellos se caen las puertas, las certezas,
listos a recalentar la comida, el rencor,
ofenden el aire con sus oraciones,
incansables en su paciencia categórica,
escribiendo cartas como pañuelos estremecidos,
mortificando con la miel de sus preguntas,
pesados como barcos abollados.
En sus pies aprietan fuerte las raíces.
La noticia de su muerte nos ha de llegar tarde,
ni siquiera eso nos hará regresar.

 

Palabras de arena
Construir la casa en la arena,
atar los cimientos al agua subterránea,
dejar que entren los cangrejos
arando con sus patas nocturnas
que siempre conducen al pasado.
Dejar que la casa crezca
hasta el tamaño del orgullo,
hacer de ella un templo,
refugio de un cielo dudoso.
Limpiar la piel de sus paredes
y sentir la caricia o el dolor
atarse a ella como al tiempo,
ser incapaz de marcharse
para que otro la habite.
Dejar que se hunda en la arena.
Luego gritar la palabra casa
y escuchar solo un rumor,
una puerta que se abre al olvido.
Gritar de nuevo y entonces verla aparecer
por arte de palabras.
Saber que la casa y la palabra casa
están hechas de arena
y encontrar en ellas la certeza suficiente
para habitar el mundo.

 

Eso dicen
Dicen que hablar no cuesta nada.
Parece infalible la sentencia.
Se cae la boca con el grito,
pesan las palabras como trenes frenéticos
que atropellan las noches,
el compás del corazón,
la forma de peinarse.
Alguien pronuncia dos palabras
y se desploma el paisaje en la ventana,
deja de salir el agua por el grifo
o sale con desgano, sin sed que la recoja.
Dices adiós y algo se quiebra,
puede ser el espejo o su imagen,
alguna cosa que guardabas,
la secreta esperanza de un algo impronunciable,
su cobarde mudez.
Podríamos andar ligeros de voz y de preguntas,
dos o tres dudas como globos que estallan
sin ruido, sin misterio.
Pero las palabras se cargan de sal y de sonidos,
llegan a pesar tanto que un día nos matan
de memoria, de silencio,
qué le vamos a hacer,
si estamos más hechos de palabras que de huesos
y hablar nos cuesta todo.

 

Para escuchar con los ojos cerrados
Quizá es tu respiración. Óyela, siéntela,
recorre con ella tu estructura,
tu cascarón de sueños,
el murmullo que acuna tu silencio.
No es cierto que el oxígeno, que el alvéolo,
que el diafragma, que la sangre.
Estos son nombres para evadirnos.
Lo cierto son los helechos azules,
los laberintos rojos, los bosques
que te crecen por dentro
en donde habitan aves, moluscos,
raíces metafísicas, planetas,
peces delirantes que saltan en la mirada.
Nunca verás esos paisajes,
no aguantarías su belleza.
Nos han mentido siempre
los doctores, los canallas, los necios,
nos quitan el asombro.
Si cambiamos las palabras
tendrá voz un universo inédito.
Abrir bien los ojos: hacia adentro.

 

Instrucciones para cazar una mariposa amarilla
La tienes al frente y no puedes mirarla,
tan pronto llega, ya se ha ido,
sabes que es amarilla pero nadie te creerá
quizá sea roja cuando atraviese la tarde.
Hay muchas formas de tenerla
y sólo una de poderla cazar.
Puedes esperar su llegada en la ventana
aunque dudes que exista.
Tampoco hay una ventana
pero estás parado frente a ella.
Es necesario querer intensamente ese color,
amarillo salpicado en el tiempo
que nunca alcanzarás, que ya has perdido.
La mariposa no viaja en el aire,
viaja en otro momento.
Nunca podrás atraparla
porque tan sólo tienes diez dedos
que no pueden retener el tiempo.
No tocarás su aérea figura.
Si quieres tenerla
dibuja su vuelo con esta palabra: ma-ri-po-sa
Ya está aquí. Cuidado con sus alas,
suelen quebrarse después de que se nombran.

 

Literal
Cuando digo yo
estoy nombrando una palabra esquiva,
dos letras con una historia común:
el tronco de la ye que se abre
para abrazar al círculo,
viejo emblema del infinito.
Una palabra que se hunde,
que salta por todos los costados
y me acompaña a todas partes,
se arrastra detrás de mi vergüenza,
tose para robarse el aire que sale y entra de mi cuerpo,
una palabra sorda llena de mi sustancia,
que deambula para hacerse notar
pero que a veces es torpe
y se quiere fundir con la palabra usted o
o todas las versiones colectivas
que representan la huída o el encuentro,
para el caso es igual.
Porque cuando digo yo
me estoy abriendo como la letra ye
para abrazar ese círculo que rueda,
que se niega a nombrarme.

 

No puedo hablar
He dicho que no puedo hablar.
Tengo en mi boca la sustancia pastosa,
la sierpe sin fin de las entrañas
que se desdobla perezosamente,
tiro de ella, la halo como si fuera
una cuerda que han puesto en mi estómago
en un instante ciego.
Inclino la cabeza para que nadie vea
cómo sale de mí,
cómo enrollo entre mis dedos
esa especie de alga que fluye
arañando mi garganta,
creo que ha llegado a su fin
pero en verdad no tiene fin
el ejercicio de vaciarme como un odre.
Lo sueño de manera insistente,
más vale decir, lo pesadillo.
Son las palabras no dichas
que forman nudos, raíces,
maleza en la mirada.
Estamos sitiados de lenguaje
por todos los costados.
No puedo hablar,
tengo la boca llena de vergüenza.

 

Lapsus lingüae
Y cuando dije tiempo
quise decir ahora
ventana que se rompe de paisaje
ahora
de quiero enredar nubes con los dedos del sueño
ahora
de tengo ojos y madura el pan en la penumbra
No quise decir olvido
cuando te dije nada
debiste escuchar miedo
miedo de molusco sin concha
de no te vayas nunca
Suprema cobardía de palabras
porque dije imposible
cuando quise decir rabia
rabia de necesito, de hambre
rabia de manos que se quedan sin cuerpo
Y cuando dije adiós
debiste oír un alud de hojas secas
un fuego derretido que cae en el estómago
un temblor, un barranco de no quiero los días
Y si no dije amor
debiste oír silencio
silencio que carcome, que estalla
No eran mis palabras lo que oías
era mi viento enterrado
mi triste frontera del No
mis bien articulados desatinos.

 

Oficio de poeta
Nos tocó cantar con la guitarra desafinada,
llorar cuando todos dormían,
hacer silencio en el jolgorio,
gritar a las paredes
que ni siquiera se derrumban
con palabras horrendas.
Nos ha tocado decir lo que nadie oye,
recibir bofetadas y bostezos,
la trampa del aplauso.
Nos dejaron las palabras
para empacar con ellas los regalos,
qué hacemos sentados en esta mesa
en la que sirven mordiscos de aire.
Cuando habíamos perdido la fe
alguien nos inventa un oficio
y aquí estamos, resistiendo,
preguntando quién se burla de nosotros,
pobres contorsionistas de los verbos.

 

La mosca
Una mosca atraviesa la noche,
va y viene de mis oídos a mis ojos,
del rincón al espectro,
del rumor a la mancha en la cortina,
del fastidio al sueño.
Gira entre la huida y el cinismo,
simula que ha caído pero desafía las manos,
el agua, los colores, la sed cotidiana de matar.
La mosca llena el vacío igual que la risa,
flor transitoria en un rincón de la casa,
viaja vestida de murmullo,
de pronto amenaza, sale y entra a la conciencia,
espectro de sí misma, silueta de la minucia
en el paisaje de lo eterno.
La mosca de la zozobra que atraviesa la noche
va de mi nariz a la muerte
con tanta destreza
que da envidia su levedad.
Nadie quiere escuchar el chasquido
de la mosca que sabe todo
absolutamente todo lo que transcurre en el espacio
donde habitan el silencio y la cobardía.

 

Palabras como dagas
Las palabras caen sobre el rostro
como una demolición.
Ojos, nariz, cejas se precipitan,
párpados como pétalos arrancados
por la crueldad de una niña,
la piel se resbala por la piel,
un labio se disocia del otro
y no queda sitio para la vergüenza
en este rostro arrasado, roto,
lleno de tus frases como dagas.
En el espejo no estoy.
No está la boca en el beso.
Trato de ajustar nuevamente
la cabeza en el cuello
pero he perdido mis manos
tratando de retenerte.
Hace tiempos que no estás
y aún tus palabras arruinan el aire,
las cenizas,
el hueco del corazón.

 

El lazo
Cuando me lo contaron
hasta la piel cayó de mis manos,
el lazo saltarín enredó mis piernas,
quise ahorcar con él las palabras que oía
o ahuyentarlas como moscas,
pero las palabras ya me calaban por dentro:
te vas a morir, todos nos moriremos.
El niño que me lo dijo no paraba de reír,
el lazo murió entre mis pies,
la orina empapó mis zapatos, los ojos,
las pesadillas de las noches siguientes.
El sol no volvió a sonreír en el cuaderno,
perdí las ganas de saltar, de comer.
Tenía seis años y una injusta condena.

 

Para responder una encuesta
Si me preguntan dónde vivo,
diré hay frases que me esconden.
Cuál es mi nombre,
una palabra que me detiene o me despierta.
Con qué sueño,
siempre con escaleras
y con un mar desbocado que me llama.
Qué edad tengo,
la que quiero tener,
la vieja edad de la inocencia.
Si me preguntan quién soy
quebraré mi rostro de arcilla.

 

Otro desayuno

Bebió el café con leche/ dejó la taza/ sin hablarme
JACQUES PRÉVERT

El café vertió su negro sobre la mesa blanca,
el azúcar llegó tarde al llamado de la taza,
los labios se quemaban y no querían soplar,
tampoco pudo la lengua escupir su cobardía.
El pan se despedazaba entre los dedos,
masticar era una forma de moler las palabras,
un ritual obsesivo de los huesos.
Cuando llegó el último sorbo, lleno de abandono,
la burla se asomó al borde de las tazas vacías,
el gato selló el filo con su lengua de sueño.
El mantel y el mundo salpicaron ruido
-los animales huyen en momentos como éste-.
Entre tus pasos hacia el pasado
y mis manos que atoraban el grito
sólo sucedió el golpe de la puerta.
Cuántos días tuvieron que pasar
para poder recoger las espinas,
las semillas de las palabras en pena.
Cuántas lágrimas se necesitan para limpiar
tanta torpeza que gotea.

La puerta
Alguien llama a la puerta:
oigo un sonido que viene de atrás,
estoy corriendo para abrir,
tengo seis años y un perro
que salta sobre mi cabeza
para morder al anciano que ha venido por un pan
y se va con una herida.
Mi culpa tiene un color de mejilla rasgada.
Los golpes se repiten en la puerta,
tengo quince años de esperar este momento
en que tan sólo un beso me libre de la tierra
o quizá otra vez de la culpa
que es ahora un gusano satisfecho.
Ausencias agazapadas detrás de la puerta
que esperan el momento para saltar,
tan sólo una hoja de madera o de hierro o de ruido
separa el antes del después,
y el ahora es correr,
siempre correr hacia la puerta
en donde usted sigue tocando
aunque nadie le abra,
mientras yo espero su llegada.
Tal vez nunca logremos encontrarnos
pero la realidad es que estamos parados
frente a frente,
sobre la última línea del poema.

 

Estar o no estar
Si estuviera en Bogotá
iría a ese concierto del quinteto de vientos
en donde Mozart asiste a las bodas de Fígaro
para oír su Aleluya de los diez y seis años
cuando aún no sospechaba su fiebre,
su tragedia de notas y arqueos de miseria;
si estuviera en Putumayo
conocería la familia Cofán que sonríe por oficio,
los viejos lucitantes que hablan de los tiempos
en que no conocían la palabra guerra
y tejían mochilas para guardar sus pensamientos.
Si estuviera en Bogotá
vería la fuerza del sol a cierta hora de la tarde
cuando los cerros se hacen más verdes
y parece que tienen ganas de sacudirse el letargo.
Si estuviera en Putumayo
visitaría El Afilador, ese Macondo ignorado
con secretos de selva y olor de raíces,
ese reino de hormigas donde los niños
llevan arco iris en los ojos
y el terror es otra forma de lluvia que no cesa;
si estuviera en Bogotá
asistiría al silencio en la noche del domingo
cuando la gente se encierra a componer los deseos
que el lunes se encarga de ahuyentar;
si estuviera en Putumayo
dispararía cerbatanas junto a los pomarrosos
y jugaría con las niñas que en vez de muñecas
arrullan insectos de todos los colores.
Pero no estoy en Bogotá ni en Putumayo,
vivo entre estos dos nombres discordantes
que uno en el abrazo y en el verso
aquí y ahora.
Estar o no estar
no es cuestión de distancia o de tiempo
es una forma del lenguaje,
una conjugación del deseo.

Para Efrén

Los idos
Y de repente todos se han ido
como en el poema de Vallejo,
han sabido irse
que es su forma de perdurar.
Tenían reservado su mejor traje,
su tiempo desparramado sobre la cama,
las ganas de partir se les salían por los ojos,
su cuerpo estacionado y ellos tan lejos,
siempre añorando otro lugar y otro y otro,
desesperados de estar, esquivos de ser,
irse de todos modos era la consigna,
huir, su mejor verbo.
Verlos despedirse en los aeropuertos
donde se les rompen las maletas,
un retrato enorme, el olor que se destiñe,
imposible de embalar la memoria.
Una nueva vida, como si hubiera nueva,
como si no se siguiera gastando la inocencia,
otro sabor en la boca,
pegados de la punta de sus dedos
al cuerpo del pasado,
lugar de apariciones, su cabeza.
No volverán nunca los partidos, los rotos,
los llorados,
a veces no los recordamos.

 

Proyecto de un libro de poesía
Ha de ser vasto como el amor
Debe tener los folios salados
para devorarlo de un bocado
Tiene que ser suave y ofensivo
ancho y lleno de sustancia
Debe venderse por las calles
como los dulces o el agua
para que viaje en maletas escolares
y salga de paseo con los perros
Ha de tener ojos para ciegos
y espinas en las hojas
Debe reciclarse en los muladares
y pescarse en las cloacas
Imagino un libro como cirio en aquelarre
hecho canto o insulto
conejo en la levita de los magos
impertinente y súbito
volando por habitaciones estrechas
riéndose de los libros que yacen
en las estanterías del tedio
Un libro que suplante a Dios
en sus siete días de génesis
Para qué otro delirio pueden servir las palabras.

 

Antes del olvido
Antes del olvido estuvimos aquí,
resistiendo la mirada de los asesinos
que saben persignarse y reír
como si tuvieran con Dios algún pacto secreto.
Ante su devoción suenan jocosas nuestras oraciones,
sartas inútiles, nuestras súplicas les resbalan por el cuello.
Era esta la tierra que fecundamos
(teníamos la prueba entre las uñas)
estos los nudos que trincaban
la casa a nuestros nombres
(llovía un agua melancólica
que no podía lavar el barro de la ofensa).
Antes del olvido alguien dijo
es hora de hablar
y animados por los muertos nos pusimos de pie
(el miedo como una cicatriz)
pero los asesinos no traían oídos
y nuestras palabras estallaron,
las vimos caer despedazadas, rotas.
Con las pocas palabras que salvamos
construimos pedazos de la historia
y algunas canciones para los niños.
Fue todo lo que pudimos hacer:
remendar las palabras
y disfrazarlas de silencio
antes del olvido.

 

Cuchillo y tabaco
El abuelo afila su cuchillo en las piedras del solar,
mudo y vencido
al cabo de los años
nadie sabe para quién brilla la hoja
con tanto cuidado
con esas manos estropeadas,
las mismas que ungen mis piernas con tabaco
para ahuyentar los zancudos.
Su rencor es un largo gemido
que me abraza.
Algo de su historia lo incomoda
y su presente triste lo ciñe a mi existencia
de gata que maúlla bajo la mesa.
La mañana en que nací
sus manos me recibieron,
las mismas con las que afilaba el cuchillo,
esas que lo llevaron a la cárcel.
El tabaco sellaba su silencio.
La mañana en que murió
su memoria quedó tendida en el patio
y yo estuve allí para recogerla,
sin palabras, sin llanto,
solo con estas manos diminutas
que se ahogaban en las suyas.
El cuchillo afilado con esmero
se hunde implacablemente en el tiempo.

 

El patio de la casa de María
La casa de María tenía un patio de lluvia,
ollas rotas en lugar de macetas
donde lombrices de tierra plegaban el misterio,
tréboles morados semejaban mariposas,
un caracol asomaba sus tentáculos
y su concha tenía la forma del secreto.
La enredadera, a falta de pared,
se abrazaba alrededor de sí misma
formando nudos que los gatos reventaban
con sus uñas de juguetería.
El suelo del patio de la casa de María
era verdoso de tan húmedo,
su baba pintaba mis dedos -parientes de las hojas-,
el universo cabía entre mis manos.
Por los canales y las paredes
del patio de la casa de María
bajaba el agua a borbotones
o salpicaba con el sonido triste de las cinco de la tarde,
la hora en que María empezaba a regresar.
Entonces yo, que hablaba el lenguaje húmedo
de la lombriz o el caracol,
iba reptando hasta el tiempo en que habría de saber
que María no tenía casa,
la casa no tenía patio
y el patio era una forma de la memoria.

 

Buga, junio de 2007
La ciudad pasa bostezando al medio día,
repicando su única voz,
tiene tantos pies que no puede descansar,
no sabe esconderse del murmullo,
del concierto de cubiertos que le trinchan el aire
o de los rezos que caen
como pájaros muertos en las calles.
No entiendo nada de esta ciudad con su sol confuso,
araña asustada que habita en los rincones,
de dónde vienen, a dónde van con tanto crucifijo,
qué beben en el agua bendita,
con qué mano se persignan el odio.
Siguen siendo las doce desde hace años
en este banco en el que espero respuestas
y es como si la tarde tuviera noche o lengua
para ocultar el otro lado de las cosas.
Y como si no pasara nada,
quizá llamado por los rezos o por las maldiciones,
Andrés Caicedo ha venido a sentarse a mi lado,
se queja de lo mismo,
su solitario canto repetido me hiere,
me golpea su ausencia en la mitad del día,
su delgadez de paraguas dislocado,
las teclas sueltas de los dedos.
No para el ruido de esta ciudad
y no puedo hacer nada,
nada para resquebrajar las campanas,
para bruñir el sol
o para que Andrés ya deje de llorar.

 

Irse
Cuando te fuiste
hubo un ritual semejante al que convoca la muerte
pero todos llegaron simulando una fiesta,
nunca es temprano para el vino y la música,
la casa se atragantó de comensales,
desayuno y cena se mezclaron para burlar el tiempo,
el tiempo que traía la hora de tu viaje.
No había razón para llorar.
La música agitaba los huesos,
zafaba los botones, las espinas,
hasta que no pudimos más y te dejamos ir,
así, entre risas y choques de copas
te empujamos las maletas, las dudas, el cuerpo.
Fue en el aire y no bajo tierra
que te vimos por última vez
¡Vaya forma de engaño!
Como si la muerte no fuera también ese modo de reír
por miedo a pronunciar el nunca más.

Para Juanita

Cúcuta, febrero de 2007
La carpa del circo está hinchada de colores,
de bullicio, de ojos.
El tigre de hambre en su jaula oxidada,
un perro con naguas de orín,
cuatro micos de miradas abismales,
la escalera invisible por donde trepa la mujer
que piensa en su amante muerto
mientras se iza en las cuerdas.
Llega el salto de los enanos
con sus fofas figuras de alfeñique,
con sus efes y sus risas fingidas
que convocan la burla, no la fiesta.
La danza de los cuchillos, el filo del suspenso,
todo el azar en el pecho de un hombre desnudo.
Después tienen que venir los payasos
vestidos de escándalo, fastidiosos y cándidos.
Se requiere la algazara, el estruendo de los niños
para no oír los disparos que taladran colores.
Allá un payaso de azúcar derretido,
aquí otro imitando un gesto de agonía.
El perro mete la cola en su falda de espanto.
Hay prisa en la muerte y abandono en la prisa
de los espectadores.
Fue una noticia entre tantas.
Quién toma en serio una caravana de payasos
que gritan: ¡Asesinos de la risa!
Solo tengo una prueba: la imagen del perro.
La memoria suele convertirse en ficción.

 

Amnesia
Qué voy a recordar
si de vez en cuando pronuncio mi nombre
como si fuera una cosa que recojo del suelo
con asco, con desgano.
Barro, incinero las sobras del día,
no me gusta la noche porque el sueño
es otra forma de recordar,
desgasto las palabras, las martillo,
me quedan manchas que borra la luz
y así no tengo nada, nada más que este instante
que ya empiezo a olvidar,
que se encoge como un insecto para morir.
Así habla el desmemoriado.
Camina como danzando,
leve y transparente entre la multitud,
pregonando su cultura de cloaca
y dice que es feliz.

 

Un pez para el silencio
Recién arrojados de la calle
prófugos de las aceras
hemos llegado a casa
con las manos heladas
y allí nos espera el pez
flotando en sus colores
recostado en las piedras
como si un sueño profundo
llenara su vientre de burbujas
o cerrara el abanico de su cola
La muerte nos aguarda
con su callado grito limoso en la pecera
verde quietud que lame los cristales
donde hundimos los ojos empapados
y se encuentran las manos
en busca del abrazo del pez
Ya nadie desde el rojo nos espía
Encendemos un cirio por su alma de agua
y en el instante mismo
en que pasa flotando una pena diminuta
pido perdón a los muertos ajenos
por no poderlos llorar
Un pez para el silencio
silencio por todo lo que acaba.

 

Amor eterno
De repente estaba ahí
seco como un grillo del insomnio
mudo de tanto escándalo en la oscuridad
pleno de abandono
despernancado en su grieta de indiferencia
inútil como la compasión
prófugo de una pesadilla
ceniza del olvido
instante etéreo que no vimos pasar.
Todo el amor estaba ahí
fastuoso para nuestra ceguera
eterno para nuestra brevedad.
Viejo truco de dioses mezquinos.

 

Nathalí
Desde que no estás, el mundo no ha cambiado.
El sol tímido sigue con su costumbre de liarse
con los gigantes violetas
que a cada rato asaltan el cielo de esta ciudad helada
que a veces odiamos.
Hay gente que sigue temblando en las esquinas,
autos que atropellan el silencio o la felicidad,
música maltratada,
palomas hambrientas que pintan los andenes
con un vaho de orfandad,
las mismas montañas contando la misma historia
que nadie sabe o todos olvidan,
la tragedia de siempre, esta vez con nuevos nombres,
esta vez con tu nombre atravesado en la garganta.
El mundo no ha cambiado.
Tus amigos siguen escribiendo en el muro
frases de lugares comunes:
Hola, estarás viva siempre en mi corazón,
dejan besos pegados en el espacio sin fondo,
escudriñan tu risa en las fotografías,
tu risa que no cesa.
Todo está igual
salvo el silencio de la casa,
la certeza del amor,
la letra de la ausencia,
el insomnio, la fe,
la laguna en que floreces.
Nada ha cambiado,
salvo la memoria y el delirio.

A su memoria juguetona

Palabra rota
I

Acaso olvidaste ya
que cuando aquí nos miramos al espejo
peinamos también la sombra
para que la confundan con el ángel,
el viejo ángel al que rezábamos de niños
y que inútilmente llamamos
la noche en que incendiaron a la abuela,
como si fuera un cirio ofrendado a la virgen.
Recuerda,
al otro día no quisimos rezar,
ni falta que hacía
con toda la falta que nos hizo la abuela,
sus manos de hilos y de soles,
para qué hablar,
daban ganas de incendiarse con ella.

II

Para entonces el abuelo tenía diez años
y desde esa altura vio arder a la madre,
abiertas sus manos al resplandor,
sin voz para el espanto.
Algo goteaba entre sus piernas,
tal vez el miedo de ser hombre,
la desgana de crecer.
Recuerda que era un viejo
cuando en sus pesadillas jadeaba una palabra rota,
como si fuera la única cosa cierta que pudo salvar
entre tanto residuo calcinado.
Es una historia antigua tatuada en la sangre.
Nunca conocimos la abuela,
nunca estuvimos allí,
pero eso no nos libra del recuerdo.
Dejo aquí esa palabra rota
que alcancé a descifrar en el insomnio.
Me pesa tanto como el miedo.

 

Rosas
Y si te contara,
los niños siembran rosas
en las brechas donde emergen las bombas,
de repente se tropiezan y juegan con ellas
ante el espanto de los adultos.
Las niñas pasan de largo
sin tocarlas, sin dejar de reír.
Una rosa siempre es una rosa
y crece donde menos se espera.
Una rosa siempre es una rosa
y no hay por qué preocuparse
-se lo dice su ángel al oído-
y la niña lo escucha y lo cree, a pesar del dolor.
Un ángel siempre será un ángel
aunque no exista, aunque mienta
-dice la madre para consolarla-
La culpa es de las rosas.

 

Postal
Qué cosa es el país, te preguntas a veces.
Quizá esa memoria fragmentada
que de vez en cuando te asalta
en forma de nombres o de calles perdidas
y no sabes
si es el sitio al que regresas ahora
o el lejano lugar a donde llegabas todos los días
fatigada de voces o de asfalto.
Quizá acabas de llegar a tu cuarto
pero tienes el rostro de hace años
y no sabes
si detrás de la puerta te espera
la sombra de siempre
o es tu madre calentando tantas veces la misma comida
para tu hambre antigua.
El país se te mezcla en la nevera,
hay olores que encuentras aunque vienen de atrás,
pedazos de pan húmedo que vuelven a tus dientes,
el sol a cierta hora sobre cierta maleza
que hace tiempos mandaron arrasar
y sin embargo retoña en tu mirada.
No importa dónde estés
el país se te enrosca en el cuello,
te chilla como un grajo mutilado,
te clava la pena como uña sangrienta.
Pero te sabes inocente, si existe la inocencia,
si no somos culpables por callar,
por seguir vivos entre este olor que pudre.
A veces el país no existe más que en estas postales
que compro para ti,
en el dejo que tienen las palabras de los amigos.
Allá, el país es sólo un nombre que te persigue
con un cielo prestado.
Aquí, el país sucede, palpita en el estómago.

 

Noticias
Dices que malas noticias te llegan desde aquí,
no crees posible lo que acabas de oír,
intentas contarlo, repetirlo,
pero en la lengua los sucesos se vuelven
espuma insoluble,
maraña de vértigo, tos, asco,
sonidos que nadie oye,
piedras que atascan el relato.
No puedes articular el asombro
y estás presa dentro del grito redondo
que un sol oscuro ha estampado en tu rostro,
igual a sentirte preñada de palabras
pero muerta de silencio,
con una sed de cosas que no se beben,
como un ajetreo de agujas
tratando de circular entre la espalda
y el pecho de los días.
Es inútil. No trates de entender las noticias de este país.
Déjalas que agiten el aire como pesados insectos,
siente esta cobardía que nos arrincona
en un ángulo del cuerpo.
Busca tu escondrijo.
La espuma borra estas palabras.

 

Los convidados de piedra
Aquí están los convidados de piedra,
Oigo sus pechos hincharse de aire, llenarse de tierra,
traen sus zapatos y sus hijos, los mandan callar,
los envuelven en susurros, caminan arqueados o erguidos,
colman las avenidas y las cañerías,
se visten con todos los colores, sin vergüenza,
ni la tienen ni la esconden,
van a los cines y a los supermercados,
zarandean los paquetes, satisfechos,
protegen bien sus puertas de ladrones,
de noticias, de afectos, de compasión.
En los bolsillos camuflan el miedo,
no olvidan el paraguas y siempre tienen prisa,
salen cándidos y peinados, libres de ideas y fervores,
en los ascensores miran para arriba, trabajan,
no son culpables de nada,
excepto de sus manos de piedra que aplauden
la desgracia,
excepto de su alma mineral
y de estas ruinas que atesoran, tan pacientes,
los convidados de piedra.

 

Advertencia
Nos han dicho que no nos engañemos
que todo lo que pasa es solo el pensamiento de Dios
nos piden no hacer caso a los gritos
que vienen de la calle
al ceniciento manto de las frutas
a la peste de peces lloviendo por toneladas en las fosas
al vapor de las pesadillas
a la imagen de estrangulados ficticios
al concierto de metrallas que nadie escucha
aunque palpemos los agujeros en los huesos
No hacer caso a las preguntas de los niños
pues llevan oculta la respuesta insolente
Se pide no escuchar tanta palabra que acuchilla
Si es preciso salir
nos aconsejan no abrir los ojos
seguir la ruta paciente de las manos
la cascada de sombras
y una voz que repita nuestro nombre
No es para alarmarse
ya aprenderemos a vivir así
nada es demasiado terrible en tu país
nada es demasiado terrible
nada es demasiado
nada es
nada.

 

Plegaria a la fatalidad
Señora de la fatalidad:
prepare bien su equipaje de moscas,
enzarce con descaro su muy estropeada cabellera,
desate sus pesadillas,
recorra los rincones del pavor,
la orilla del desconcierto,
teja su cadena insensata,
anide tiernamente en los brazos del verdugo,
beba la negra miel de los ejércitos.
Usted,
que es eterna e infalible
y nunca nos abandona,
antes de su próximo arribo
¿Podría devolvernos la memoria?

 

Web: Luz Helena Cordero Villamizar luzhelena@porartedepalabras.com 

          Efrén Piña Rivera efren@porartedepalabras.com